La víctima cuestionada

El cuento de la criada (2017) comenzó siendo una fiel adaptación de la novela de Margaret Atwood en la que conocíamos a June (Elisabeth Moss) -entonces DeFred- en unos distópicos Estados Unidos regidos por una dictadura de extremistas religiosos que consideraban a la mujer como poco más que una esclava. Tanto la novela original como la serie nos sometían a la macabra idea de Atwood de mostrarnos maltratos, discriminaciones y vejaciones que las mujeres sufren realmente en algún lugar del mundo actual. Aquella soberbia primera temporada era un ejercicio claustrofóbico -casi toda la acción ocurría dentro de la casa en la que la protagonista vivía con el comandante Fred Waterford (Joseph Fiennes) y su mujer, Serena Joy (Yvonne Strahovski)- y un ejemplo de rigor con respecto al punto de vista narrativo. Solo veíamos y conocíamos lo que June experimentaba de primera mano, y eso mantenía fuera de campo todo lo que ocurría en el amenazador mundo de Gilead. El primer plano de June es la imagen más representativa de los inicios de esta serie.


Terminada la primera temporada, esta dinámica, obviamente, no podía mantenerse durante muchos episodios sin agotar el argumento (y al espectador). Así, June fue saliendo poco a poco de la casa de los horrores para mostrarnos el resto de Gilead. El argumento se fue interesando por otros personajes y aunque los guionistas intentaron devolver a su heroína a las coordenadas de la primera entrega -devolviendo a June a la casa de los Waterson o adjudicándola como criada al comandante Lawrence (Bradley Whitford)- en la actual cuarta temporada hemos visto cambios de escenario en casi cada episodio. Durante la serie, June ha pasado de ser una esclava prisionera, a una fugitiva e incluso ha llegado a tomar la iniciativa con acciones revolucionarias -como rescatar a 86 niños y sacarlos de Gilead- y a convertirse en una suerte de heroína de su causa. Debido a todo esto, podemos decir que, aunque El cuento de la criada sigue teniendo altos niveles de producción, buenos guiones, una estupenda realización y fotografía y sobre todo un alto nivel interpretativo, la serie en su cuarta entrega es muy diferente a aquella primera temporada. Diferente, que no necesariamente, peor.

De hecho, esta ficción sigue fiel a muchas de sus constantes, como la denuncia del machismo y la desigualdad de género; seguimos emocionándonos con dolorosas separaciones y reencuentros; se siguen explotando miedos femeninos sobre la maternidad -o la dificultad para engendrar- o sobre la posible pérdida de los hijos. Pero además se añaden temas de ficción política, como el enfrentamiento entre esos distópicos Estados Unidos y Canadá; se desarrollan temas sociales como el de los refugiados de Gilead, o la dificultad de criadas y martas -caso de Rita (Amanda Brugel) en el episodio Nightshade– para adaptarse a la vida en libertad. Nuevos asuntos que tienen un claro reflejo en la actualidad política de Estados Unidos e internacional y que buscan revitalizar un argumento desgastado, pero ¿Lo consiguen?

A partir de ahora paso al análisis breve, con spoilers, de cada episodio. La temporada se inicia con Pigs y con la reunión de dos actrices de la recordada Mad MenElisabeth Moss comparte escena con Mckenna Grace, que aquí interpreta a un personaje interesante pero algo extremo. En The Crossing -dirigido por Elisabeth Moss– la serie da un giro de 360 grados: June es capturada y escapa para volver a ser una fugitiva. Este capítulo recrea además momentos ya vistos, por ejemplo, en la segunda temporada, con nuevas escenas de tortura, y recupera a esa gran villana que es la tía Lydia (Ann Dowd). June sigue siendo una fugitiva en Milk, adoptando la trama aires más aventureros. El episodio Chicago tiene varios pasajes interesantes: presenta a un grupo de resistencia en el que Janine (Madeline Brewer) parece adaptarse a una nueva realidad, aparentemente más libre -aunque sin liberarse del todo de sus obsesiones-. 

Vows Home representan un verdadero cambio en la trama, que coloca a June en un estatus completamente diferente y la hacen afrontar nuevos conflictos fuera de Gilead, donde debe comenzar a afrontar todo lo que ha vivido, sin haber resuelto aún la pérdida de su hija, Hannah, a la que no ha podido rescatar. La transformación del personaje se completa en el episodio Testimony, dirigido también por Elisabeth Moss, en el que June se muestra obsesionada por vengarse de sus torturadores. Su monólogo, mirando a cámara, en un plano sostenido, relatando todo lo que ha sufrido, es tremendo. Su violento enfrentamiento con Fred y Serena seguramente había sido muy esperado. Esa sed de venganza es una interesante reflexión sobre las víctimas -de agresiones sexuales, del terrorismo, de dictaduras- y quizás un reflejo de la etapa post Trump que vive Estados Unidos, planteando una disyuntiva entre venganza y reconciliación. Otro apunte interesante es cómo Fred y Serena, a pesar de todos sus crímenes, encuentran apoyos y simpatizantes: vivimos en una época en la que hasta los peores crímenes pueden ser justificados. Seguimos con el episodio Progresstambién dirigido por Moss, quien con ironía convierte una comida de ‘tías’ en la última cena cristiana, con la tía Lydia en el papel de Jesús. La trama se centra en el conflicto emocional de June, dividida entre Luke (O-T Fagbenle) y Nick (Max Minghella), o lo que es lo mismo, sufriendo por el divorcio entre la que era su vida anterior normal -en un estado de bienestar- y la víctima/superviviente en la que se ha convertido tras todo lo sufrido en Gilead. El guión coordinado por Bruce Miller coloca al espectador ante el dilema de seguir identificándose con June tras convertirse en una persona llena de rencor y deseo de venganza, un ejercicio interesante ¿Estamos dispuestos a perdonar ese odio que lógicamente siente tras haber sufrido lo indecible?

Convertidos definitivamente June y Fred en víctima y violador, en el episodio final de la cuarta temporada, The Wilderness, ella toma una decisión que desde luego, merece una reflexión. La protagonista apuesta por la venganza. Al parecer, incluso renuncia al rescate de su hija Hannah, con el fin de vengarse personalmente de Fred Waterford en un clímax polémico, discutible y violento, aunque contenido, que no se recrea especialmente en el final del comandante. El cuento de la criada otorga a las mujeres una venganza que pocas veces ocurre en la vida real. No estamos hablando de justicia -¿O sí?- sino de un ajuste de cuentas primitivo y catártico que debería dar mucho que hablar. Un final, por cierto, que recuerda al de un dictador linchado por su propio pueblo -pensemos, por ejemplo, en Muadar El Gadafi, ajusticiado en Libia-. No se trata de un final festivo, como, por ejemplo, el de Death Proof (2007) de Quentin Tarantino, en el que también un grupo de mujeres se toma la justicia por su mano. Aquí, la violencia pasa factura, psicológica y personalmente a June, como demuestra la mirada de horror de Luke y la mancha de sangre en el moflete de su hija, la bebé Nicole. Una mancha que, además, expresa las razones por las que June ha hecho lo que ha hecho: para que la siguiente generación no vuelva a sufrir la discriminación y la violencia contra la mujer.