Segundo encuentro en apenas un mes con la La Fuga ediciones, que tras el más que recomendable rescate de Ring Lardner, ahora nos propone el descubrimiento de Stanley Elkin, autor de culto en Estados Unidos pero prácticamente inédito en nuestro país. Y lo hace de la mano de una novela breve en su extensión pero poderosa, expansiva en su alcance. Bienvenidos a El condominio, o cuándo el sueño americano adquirió la forma de complejo residencial.

La verdad es que Elkin creó un artefacto extraño con estas páginas, una de esas obras que, una vez terminadas, se quedan revoloteando en tu cabeza, a veces de forma amable, en forma del recuerdo de un diálogo imposible, tan hilarante como kafkiano. Otras, en realidad la mayoría, acompañándote de forma inquietante y turbadora, como si fuera un molesto picotazo que no puedes dejar de rascarte. Hay elementos demasiado rocambolescos en la historia de Marshall Preminger como para tomársela completamente en serio. Pero hay tantas pequeñas derrotas, renuncias, deudas y chantajes en estas 150 páginas que el lector va a sentir ese movimiento incómodo del estómago en numerosas, múltiples, excesivas ocasiones. El condominio es un espejo deformado, sin duda algo grotesco. Pero el reflejo está ahí.

Como si fuera una matrioska o las capas de una cebolla, El condominio nos sitúa en unos Estados Unidos que han pasado vertiginosamente de lo bungalós de veraneo para trabajadores con aspiraciones a la vorágine por las urbanizaciones de supuesto lujo y paradisíaco retiro. Harris Towers, en Chicago, es uno de esos complejos residenciales, que pronto se revela como un auténtico universo paralelo para nuestro protagonista, Marshall Preminger, alguien sumido en un mar de frustraciones, complejos, temores y culpas. Elkin necesita sólo una línea, maestra, en la página 27 para definirlo y casi sentenciarlo ante los ojos del lector. Treinta y siete años. Soltero. Con problemas cardíacos. Estudiante. El apartamento dentro del complejo fue el lugar donde falleció su padre y al que Preminger aterriza en busca de una vida nueva, alejada de su insustancial, varada —cuidado redactores de tesis, el que avisa no es traidor— existencia en Montana.

Pero pronto el nuevo entorno se revela en toda su naturaleza de sumisiones, favores y, como decía anteriormente, chantajes. Preminger es un amargado de manual —atención a la cuestión sexual— y en Harris Towers, comandado por una legión de ancianos sabedores de su poder frente al pobre diablo, va a ser presa fácil de esa en apariencia inocua pero demoledora plétora de obligaciones que cumplir, reglas que respetar y legado —entrecomillado— paterno que honrar. Es una maquinaria lenta pero inmisericorde, ante la que Preminger es víctima. Hay momentos de agria reacción, pero son explosiones vanas hasta el irrefutable desenlace. A medida que el libro avanza, el lector tiene la descorazonadora impresión de que, pese a su frustración, Preminger está más cómodo dejándose mangonear que luchando por descubrir qué quiere hacer con su vida. Detrás de los momentos cómicos, de un absurdo descacharrante en forma de confrontaciones verbales —mi preferido es el del ¿por qué era brillante?— hay un personaje patético y terriblemente real, incapaz de hacer frente a los miembros de su nueva comunidad, al pasado reciente de su padre, pero sobre todo, a sí mismo.

Pese a la aparente hilaridad, Elkin dispara con bala. El apartamento en una zona privilegiada como la nueva y reluciente promesa de prosperidad convertido en cárcel y fútil autoengaño de éxito en vida. El condominio como uno de los ejemplos más palmarios de la esperanza y estatus que proporciona la propiedad —eje central del capitalismo— transformado en elemento de represión. La cruel y burda confusión entre riqueza y libertad, llevando a un personaje tan frágil que sólo será capaz de ver una escapatoria. Tras una fachada irónica y divertida, El condominio es una desasosegante lectura acerca del mundo que hemos construido y… lo vacío que está habitualmente. Una inversión literaria más que recomendable. ¡Oportunidad de mercado!