El pájaro carpintero de James McBride fue una de las lecturas preferidas de quien escribe allá por 2017. Así que este El color del agua, flamante novedad en nuestro país firmada por el mismo autor, es muy bienvenida. Aún más, si su publicación viene de manos de Big Sur, una nueva editorial —¡bienvenidos!— de nombre reveladoramente molón. Una celebradísima obra —best seller que hoy se lee en escuelas y universidades de todo Estados Unidos— que, bajo la forma de las memorias de su madre, nos habla y, sobre todo, se pregunta, acerca de su propia historia e identidad.  

Publicada originalmente en 1995, McBride escribió El color del agua en plena treintena, tras abandonar una estable carrera periodística en el Washington Post para intentar vivir de la música, tocando el saxo en la banda del legendario Jimmy Scott —entre otras aventuras a ritmo de jazz y blues—… y pasando penurias. Angustiado, buscó la paz en la historia de la persona más interesante que había conocido, entrevistándola, pese a sus reticencias, en un proceso que se dilató durante 14 años: su madre, Ruth McBride Jordan. En ese sentido, estamos ante una biografía-terapia. Un método para explorar el misterioso, tortuoso pasado familiar, interrogarse sobre sus raíces y, ulteriormente, descubrirse a sí mismo.

Porque el relato que tenemos entre manos se las trae. Fallecida en 2010, a los 89 años, Ruchel Zylska fue una judía ortodoxa nacida en un shtetl polaco y criada en Suffolk, Virginia —americanizada Rachel Shilsky—, por un padre indeseable —rabino itinerante de nula rectitud— y una afectuosa madre lisiada que nunca aprendió inglés. Todavía adolescente, escapó del sur aterrizando en Harlem. Pasó a ser Ruth Shilsky, luego McBride y, finalmente, McBride Jordan. Se casó y enviudó de dos afromericanos —el primero, ¡apenas iniciados los años 40!—. Lidió con varias «mudanzas». Cofundó una iglesia. Y sacó adelante a nada menos que doce hijos —James es el octavo—, pese a la escasez y la discriminación. No me extraña que el subtítulo del libro sea Tributo de un hombre negro a su madre blanca. Lo merece. 

Aunque Ruth es el verdadero epicentro de estas memorias, El color del agua se estructura en la alternancia de dos voces, madre e hijo. Una elección que, lejos de embrollar un género poco dado a las sorpresas, le insufla hábilmente aires nuevos. Factor que, junto a una prosa llana, sin florituras —impecable traducción de Josefina Guerrero—, aleja al libro de la amenaza lacrimógena. Así, por un lado, tenemos la conmovedora narración de Ruth, de una infancia de miseria y abusos a madre coraje contra viento y marea. Del otro, la experiencia de McBride, un crío mulato y pobre con una hermética madre blanca, reacia a explicar los porqués de «su diferencia», y una legión de hermanos. Inmensamente confuso hasta bien avanzada la madurez —vida disoluta incluida—, cuando logra realizarse. Y empezar a entenderse…

Con independencia de los cronistas, tres grandes cuestiones entrecruzándose constantemente son los ejes de El color del agua: la raza, la pobreza y la religión. De los pogromos en la Europa Central al racismo rampante en el sur rural de Estados Unidos —atentos también a la xenofobia inversa del ruin padre— que conllevan una doble huida. Del judaísmo, ya singular en Virginia, al fervor bautista neoyorquino, una reconversión vista como traición por la ortodoxia familiar y con evidentes implicaciones étnicas. Y una ardua transmisión de dichas creencias en un contexto de eternas estrecheces. Hay mucho más…

Seguimos, claro, con los dos matrimonios interraciales, totalmente contra los tiempos. Un delicado añadido a la ya de por sí complicada vida en los barrios marginales —Harlem, Queens, Brooklyn—, vecindarios negros de escasísimas esperanzas y abundantes problemas. Lugares donde su madre era una excentricidad «con patas», a veces incluso vergonzante, otras desafiante y, huelga decir, peligrosa. En definitiva, «herencias» étnicas y religiosas, junto a una realidad muy dura. Tribulaciones que van de la madre al hijo y cuya aceptación —o no— marcan indefectiblemente la existencia. En definitiva, un aprendizaje completo. 

Y es que formar a sus vástagos era la obsesión-exigencia de Ruth, convencida que solo la educación brindaría la oportunidad de salir de la pobreza a su prole, desplazando las congojas identitarias a un salvífico segundo plano. «¿Soy blanco o negro?», «Eres un ser humano. ¡Edúcate o serás un don nadie!». Terca y ferozmente protectora, James McBride se reserva el orgulloso final de El color del agua —la relación de sus hermanos— para decirle a su madre que lo logró. No destripo más, porque Ruth es un mayúsculo personaje real, tan inolvidable como inextricable, que seguro enganchará al lector. El absoluto motor de estas elocuentes memorias, plenamente vigentes dado su trasfondo social e identitario.