El cocinero de los últimos deseos: la última receta

El cocinero de los últimos deseos lleva implícita en su historia su naturaleza como película. El talentoso chef protagonista del relato, Mitsuru Sasaki (Kazunari Ninomiya), se debate entre desarrollar una cocina exigente y complacer a sus comensales. Este rigor obsesivo lleva al chef a fracasar con su restaurante para convertirse en un improbable cocinero contratado por los desahuciados para recrear los platos de su memoria sentimental. Mitsuru tiene la capacitadas de recordar cualquier sabor degustado, lo que le permite cobrar cifras astronómicas por su poética habilidad para recrear la ‘magdalena de Proust’ de cada cliente. Pero la película aborta esa premisa para embarcarse en una trama casi detectivesca en la que Mitsuru deberá investigar un legendario menú perdido, consistente en cientos de recetas, creadas por un chef, Yamagata (Hidetoshi Nishijima), en los años 30. Esto nos lleva a un nuevo relato dentro de la película, un drama histórico de corte pacifista, durante la ocupación japonesa de China.

Las dos tramas temporales corren paralelas como espejos que reflejan lo que tienen en común estos dos personajes, su genialidad gastronómica. Así, la demostración de la preparación de los platos que Mitsuru y Yamagata son capaces de elaborar, es sin duda fantástica, por su capacidad de trasladar al espectador olores y sabores, además de una belleza coreográfica conseguida mediante el montaje, para mostrarnos el arte culinario como pocas veces hemos visto en el cine. Es en la descripción de los ingredientes, de las recetas, del afilado de los cuchillos, de la degustación de los platos -se puede sentir y escuchar cada bocado- donde El cocinero de los últimos deseos vale realmente la pena. Luego está la historia de sus personajes, claramente fabricada para complacer al espectador, sin sutilezas, en un melodrama con varios excesos lacrimógenos, una música que subraya las emociones y un final predecible.

El director de la cinta, Yojiro Takita, repite aquí la jugada de su mayor obra, Despedidas, que le valió el Oscar a la mejor película extranjera en 2009. Con temas y personajes similares, aquella cinta tenía también en contra algunas escenas francamente cursis -el protagonista tocando el violoncello sobre una montaña- que empañaban las estupendas secuencias en las que asistíamos al ritual de preparación de los muertos, rodadas y montadas con especial cuidado y equiparables a las escenas de preparación de platos en El cocinero de los últimos deseos. Una escena estupenda conecta ambas películas: en Despedidas, tras un funeral especialmente duro, los protagonistas se dejan llevar por el placer primario de comer -un pollo frito- en una acción que convierte la comida, protagonista absoluta de El cocinero de los últimos deseos, en una reafirmación de la vida ante la muerte.