El club, Leonard Michaels (Malas Tierras, 2020)

El club-indienauta

Siempre es motivo de celebración que editoriales valientes —normalmente independientes— nos permitan rescatar autores que se encontraban en un preocupante olvido o bajo dudosos estatus, léase «escritor de culto» o, aún peor, «escritor de escritores». Es el caso del norteamericano Leonard Michaels, descubierto con la tormentosa Sylvia en 2017 gracias a Libros del Asteroide y, ahora, de nuevo reivindicado con esta El club, que nos trae Malas Tierras. Una breve y mordaz novela sobre la reunión, fundacional para más inri, de unos señoros rebosantes de masculinidades tóxicas…

Nacido en Nueva York en 1933, tras doctorarse en Literatura Inglesa, Michaels se trasladó a Berkeley, ejerciendo de profesor en la Universidad de California. Debutó en 1969 con Going Places, primera colección de relatos, género que le deparó los mayores reconocimientos. En 1975 llegó su consagración con I would have saved them if I could, seguidos por Shuffle y A girl with a monkeyLumen reunió sus historias en Los cuentos, aparecido en 2010—. Sólo publicó dos novelas, El club, original de 1981 ampliada en 1993, y la ya mencionada Sylvia, en 1992. Murió en Berkeley en 2003 a causa de un linfoma.

El planteamiento de El club no puede ser más directo. Una noche. Siete hombres, algunos amigos, otros completamente ajenos entre sí. Reunidos a las afueras de Berkeley, en la casa de Kramer, psicoanalista —la novela sucede en su época de apogeo—. La intención, al menos del anfitrión —para el resto es bastante confuso de inicio—, es fundar un club de hombres para hablar de… cosas de hombres. Roto el hielo y bien de lubricación y viandas, el cada vez más testosterónico grupo se abre a la propuesta como si no hubiera mañana, deseoso de compartir sus historias y cuitas. No hace falta decir cuál es el tema de conversación, ¿verdad?

Porque el septeto de boomers de manual obligados a ser adultos pronto revela sus ganas de dejarse ir, y rajar sin medida acerca de sus vidas respecto al sexo opuesto. En realidad, eso equivale a, mediante bravatas, anécdotas e intimidades sin filtro, exponer sus sentimientos e inseguridades. Es evidente, gracias a la sutil no obstante quirúrgica prosa —algo particular y cómica, también— de Leonard Michaels, que estos hombres son muy frágiles. Necesitan explicaciones, certezas, y el refuerzo constante del improvisado clan aprobando sus comportamientos, por discutibles que sean. Y es que el autor, sobre todo, muestra la estupidez de sus personajes, que crece sin frenos a medida que las 150 páginas de El club avanzan. 

Diría que no es exactamente misoginia, sino supina ignorancia y ofuscación hacia las mujeres. El lector tiene aquí todo el «arco machirulo». El depredador bravucón de Kramer y sus harenes. El ex baloncestista Cavanaugh, ególatra varado en su fulgor pretérito. Parafílicos como Bernstein, que necesitan la violencia para excitarse. Obsesos de trenes que dejaron pasar como Terry. Además de exabruptos de brutalidad, claro —la pelea era esperable, lo de los cuchillos es de traca—, palmarios ejemplos de «rancismo» y masculinidad herida. En definitiva, El club lo forman hombres bastante patéticos. Y esto era antes de incels, Return of the kings, pollaviejas bestsellers, machotes articulistas de moda o votantes de Vox. 

El riesgo de la novela es alto. Primero, debido a un estilo narrativo singular —bien captado por la traducción de Nicolás Cañete—, ágil aunque esquivo y disonante. Ligado al anterior, el texto flirtea con lo artificioso, sus personajes, a veces, dan la impresión de ser esbozos de caracteres que no llegan a desarrollarse. Tercero, los tiempos cambian —afortunadamente, mal que le pese a «españolazos» o proud boys—, y tanto exceso de virilidad o batallitas sobre adulterios pueden agotar al lector no-cromagnon.

Y, finalmente, porque Michaels hila muy fino, haciendo equilibrios con un tono en el que lo bufo planea durante toda la obra. Ello brinda escenas brillantes, especialmente el soberbio final, donde la pandilla, boba y cerril hasta lo risible, cierra filas tras el súbito «encontronazo» de Kramer con su mujer. Pero también abre la puerta a una sensación de empatía confundible con tolerancia. Y nos sobran cuñados y presentadores de El hormiguero para compadecernos de tipejos como los de El club en el siglo XXI.  

Dicho esto, yo me decanto a interpretar la novela como una parodia que funciona precisamente por su realismo. Factor que dota de total vigencia a El club. Además, queda el Chauceriano Canterbury, quizás el más sustancioso de sus protagonistas. En un momento del libro le dicen: «No es necesario que te gusten las historias». A lo que él responde: «Gracias. He estado sentado aquí temiendo que me agraden». Es el elemento discordante que, no obstante, transige y, en última instancia, forma parte, de forma pasiva si se quiere, de la manada —elijo el término adrede—. Es decir, un hombre que, casi cuarenta años después, nos retrata más de lo que quisiéramos… Leonard Michaels tenía un ojo y una pluma clínicas.