En una maravillosa conversación de 3 horas que ningún ‘cinéfilo’ debería perderse, Quentin Tarantino Edgar Wright hablan con entusiasmo -y casi con nostalgia- de la experiencia cinematográfica para el podcast de Empire Magazine. Tras repasar sus mejores momentos vividos en un cine -puedes leer los míos en el texto Yo voy al cine-, el director de Pulp Fiction (1994) y el de Zombis Party (2004) llegan a la conclusión de que las películas deben disfrutarse en una sala con público. Que es necesario participar de las reacciones de los otros espectadores para potenciar al máximo la experiencia de un film. De hecho, Tarantino llega a afirmar que, algunas obras, si no las has junto a más personas, realmente no las has visto (de hecho, compara el visionado doméstico con una masturbación y el de salas, con un trío). 

Si lo pensáis bien, hemos visto la mayoría de los grandes clásicos del cine -los anteriores a la década de los 70- en una pantalla de televisión y en pésimas condiciones hasta la llegada, reciente, de las 4K. Por suerte -y quizás por culpa de la pandemia- estamos viviendo la milagrosa recuperación de grandes películas con la excusa de las mencionadas restauraciones en 4K. En el momento de escribir estas líneas, conviven en las salas una buena parte de los títulos más celebrados de Wong Kar-Wai y el Crash (1996) de David Cronenberg. Pero escribo esto para hablar de El chico, de Charlie Chaplin, que vuelve a la pantalla grande -en circuitos comerciales- exactamente 100 años después de su estreno en el mes de febrero de 1921. 

Estamos hablando de la época en la que se estaba inventando el lenguaje cinematográfico. Exponerse al poder primitivo, la frescura, la inocencia y la libertad de esta cinta es volver a los orígenes, a la fuente primordial del séptimo arte. La película es el primer largometraje de Chaplin, que ya era mundialmente famoso por sus cortometrajes cómicos y un autor por derecho propio. No solo eso. Chaplin, por primera vez, apuesta por mezclar la comedia, en la que ya era un maestro, con el drama. Y lo hace de una forma brutalmente honesta, partiendo de sus experiencias personales.

Mucho de lo que le pasa al chico en la película, le ocurrió a Chaplin, de infancia desfavorecida y trágica. El director encontró, por casualidad, a un actor de 4 años, llamado Jackie Coogan -mucho después sería el tío Fétido de La familia Adams-, que era puro talento en bruto para interpretar y despertar emociones. Y a Chaplin no le importó compartir con él su protagonismo, sabiendo que la clave de su película era que ese niño conmoviera al espectador. Y vaya si lo consigue. El chico se ve con un nudo en la garganta gracias a la sencillez de la narración y a la gestualidad de los actores -mencionemos también a Edna Purviance, colaboradora habitual de Chaplin-. 

Me diréis que ya habéis visto la película, que se puede encontrar en Youtube, pero yo os pregunto si realmente la habéis visto. Porque verla en una pantalla grande, con público, y comprobando cómo el fino humor de un genio de la pantomima como Charlie Chaplin sigue funcionando 100 años después, es verla realmente. Palabra de Tarantino.