Demasiado tiempo sin reseñar un libro de relatos. Pero hoy soluciono este debe de un plumazo y por todo lo alto. Con nada menos que el gran Hubert Selby Jr. y El canto de la nieve silenciosa que publica Hermida Editores —nueva editorial en la web, ¡bienvenida!—. Quince historias de desesperación humana, ya sea soterrada o explosiva. Quince crónicas de la insatisfacción y las ilusiones efímeras, igualmente dolorosas. Quince «últimas llamadas» a cargo de uno de los mejores cronistas de la ansiedad que ha dado la literatura estadounidense. 

Nacido y fallecido en Nueva York, Selby Jr. (1928-2004), es un autor de culto de suerte más bien aciaga. «Cubby» —su apodo beisbolístico—, abandonó los estudios en la adolescencia, uniéndose a la marina mercante y contrayendo tuberculosis a los 19 años. A punto estuvo de morir, quedando con graves problemas pulmonares de por vida. Además, se convirtió en adicto al consumo de analgésicos y heroína. Pese a los trabajos de medio pelo y el mucho tiempo en cama, Selby Jr. empezó a publicar cuentos en pequeñas revistas literarias. Ahí su nombre comenzó a asociarse al de la polémica. Algo que se multiplicaría hasta el infinito con Última salida para Brooklyn (1964, clásico de Anagrama), su debut novelístico —juicio por obscenidad en Reino Unido y prohibición en Italia incluidas—. Luego vendrían otras obras, y esa maravilla de implacable tristeza que es Réquiem por un sueño (1978, aquí editada por Sajalín).   

De hecho, El canto de la nieve silenciosa (1986), compilación inédita hasta la fecha en nuestro país, tiene varios elementos en común con Última salida… Y es que su mítica bajada a los infiernos de la drogadicción, la prostitución y la extrema violencia en realidad era una tenue amalgama de algunos de sus cuentos más osados de los sesenta. Y, porque un Harry era uno de sus personajes capitales —también protagónico en Réquiem…—. Un nombre que se repite de forma recurrente en estos cuentos, «hermanos» mucho menos cruentos que aquellos. Personajes que bien podrían ser un único protagonista, solitario, desamparado, reconcomido por sus obsesiones y frustraciones, no obstante empecinados en seguir peleando. Llena de Harrys. Llena de don nadies. 

Precisamente, diría que ahí radica la extraordinaria maestría de Hubert Selby. Captar ese precario, extremadamente quebradizo equilibrio entre la certeza del fracaso y la puerta aún dejada entreabierta a un atisbo de esperanza. Y trasladarlo al papel de forma singular. Aunando la economía y la búsqueda de la certeza prosística con un nervio y viveza apabullantes —rasgos bien reflejados por la traducción de José Luis Piquero—. Y mostrando una comprensión y empatía con sus personajes que remueve al lector. Sus anhelos, mezquindades y penurias nos resultan transparentes. Incluso, en algunos casos, preocupantemente cercanas… 

Ello se debe a que en los relatos de El canto de la nieve silenciosa las cuitas son, en su abrumadora mayoría, cotidianas y reflejo de la insatisfacción humana. La visceralidad masculina de una juerga etílica que se sale de madre. La superstición paroxística como necesidad para reafirmarse ante la presión laboral —enorme «Galleta de la fortuna»—. La obcecación sexual. El pavor a la segunda cita unido al síndrome del impostor —soberbio «Hola campeón»—. El autosabotaje. La brutalidad como respuesta cerril a la ira almacenada en el interior. La terrible prosopopeya de quien adolece de amigos a los que recurrir en una situación de lo más precaria —demoledor «El abrigo»—. Una colección de tipos lidiando con la vida…

… pese a todo. Porque sí Selby Jr. suele considerarse, con merecida justicia, un escritor aterradoramente duro, en El canto de la nieve silenciosa hay resquicios, sino para la creencia exánime, al menos respecto «al día siguiente». Las experiencias son acuciantes, los reveses aciagos, y los enfoques, indefectiblemente pesimistas. Sin embargo, siguen respirando. Descreídos y aferrados a no se sabe bien qué. Pero, a excepción de un par de historias en las que acecha el abandono definitivo —incluida la que da título al volumen— no dispuestos a rendirse todavía.

Estoy seguro que El canto de la nieve silenciosa va a resultar una gratísima sorpresa tanto para  conocedores como neófitos en la obra de Hubert Selby. A los «veteranos», nos revela una faceta más digerible, menos cruda, pero plenamente reconocible del neoyorquino. Y, a los «novatos», les permite adentrarse por primera vez en la narrativa de un autor extraordinario. Una pluma ducha como pocas, única combinación de pesar y lúcidez, en ese extraño arte de aprehender el rostro más febril de una existencia que agosta y golpea.