Convertido ya en autor de cabecera para quien escribe, Ted Gioia regresa a la sección con El canon del jazz. Los 250 temas imprescindibles, reeditado por Turner Libros esta rentrée. Una apabullante propuesta centrada en las piezas seminales del género. Un completísimo recorrido por, en sus propias palabras, «la piedra angular del repertorio jazzístico». Una guía por los llamados estándares, necesaria para intérpretes, aspirantes a ello, estudiantes y profesores. E ideal para los que queremos adentrarnos —pese a los miedos y reticencias— en sus procelosas aguas.  

Tras el imprescindible Blues y el no menos recomendable La música. Una historia subversiva —algo más denso, pero poderosamente audaz y original—, en este tercer encuentro con Ted Gioia nos lo encontramos con su auténtica especialidad. Lo ha estudiado a fondo. Da clases sobre la materia en la Universidad de Stanford. En su bibliografía ya existen varias obras previas sobre el género, entre ellas la celebrada Historia del jazz —publicada por Turner en nuestro país—. Y, además, el californiano es también un versado músico de jazz. En definitiva, es la banda sonora de su vida.

De hecho, como Gioia desgrana en la introducción, el origen de este El canon del jazz surge precisamente de un apremiante debe para el aprendiz de esta música. No tanto interés, sino mera supervivencia para quien quiera ganarse la vida con estos sonidos. Porque en el jazz, hermético reino de la improvisación y los envites virtuosos, el conocimiento del repertorio es vital. Y, algo constatado por el autor ya desde su adolescencia, nos explica, existe un ingente puñado de canciones cuya competencia se da por hecha entre los instrumentistas más curtidos. Y, en cambio, no había, ni hay, obras que recopilasen esos «indispensables». Hasta ahora.  

Por tanto, el germen de El canon del jazz tiene voluntad didáctica. No obstante, ejercer de heterodoxo manual, un vademécum de clásicos, no quiere decir que estemos ante un texto exclusivo para músicos, críticos y duchos en la disciplina. Es igualmente absorbente para fans y curiosos del género. Ello se debe, en gran parte, al propio Gioia, que sin abandonar su erudición y exhaustividad habituales, apuesta por un tono más personal y desenfadado, bien reflejado en la traducción de Víctor V. Úbeda. Las breves reseñas dedicadas a cada pieza rebosan datos, claro. Pero imbricados a anécdotas, opiniones, algo de crítica, rumorología y una lista de las mejores grabaciones de cada tema. Invita tanto a descubrir las intrahistorias como, sobre todo, a escuchar.

Y es que este libro no debería leerse en «el vacío», en silencio. Requiere la degustación en pequeñas dosis, siempre en paralelo a la escucha del vasto catálogo musical sugerido por Gioia. Y sin miedo a perderse en el marasmo de versiones, explícita manera de entender cuán importante es la reinterpretación creativa de los temas en el jazz, en constante evolución —elocuente la puya del docto californiano acerca de la escasez de composiciones recientes incluida en estas páginas—. Además, adentrarse en El canon del jazz significa abordar la historia del género de forma «no reglada», lo que suele equivaler a más interesante. 

Porque la conformación del cancionero reunido en El canon del jazz nos habla de legados y relatos. De piezas pretéritas. Musicales de Broadway —exitosos u olvidados—. Revistas de compositores semidesconocidos. Bandas sonoras de películas. Grandes orquestas. Cantantes populares, en principio ajenos al mundo del jazz. Incluso de temas venidos allende los mares. Y, por supuesto, de luminarias del jazz del calibre de Miles Davis, Thelonious Monk, Duke Ellington, John Coltrane, Charlie Parker, Louis Armstrong y un extenso etcétera… 

Volumen pantagruélico y con vocación definitiva —todo lo conclusiva que pueden ser la música y los listados, entiéndase—, como suele ser la norma de Ted Gioia y la propia editorial Turner. Ya sea como obra de consulta. Referencia o preceptora de completistas y neófitos. O simple excusa al servicio del (re)descubrimiento de infinidad de canciones, El canon del jazz brinda lectura suficiente —pausada, insisto, hay que evitar los empachos—, para aguantar un par de pandemias venideras. Y escuchas durante eones.