Coincidiendo con la llegada a los cines de su adaptación dirigida por Guillermo del Toro, Sajalín reedita El callejón de las almas perdidas, de William Lindsay Gresham. Una excusa estupenda para descubrir otra joya —van muchas— del inacabable catálogo de la editorial barcelonesa y adentrarse en este abisal viaje por los entresijos más oscuros del mundo del espectáculo y la fe, en realidad un estudio sobre la ambición desmedida combinada con pavorosos demonios interiores. Una novela de monstruos, vaya. Varios, abundantes, terribles, monstruos de rostro muy humano. 

Nacido en Baltimore, Maryland, en 1909, la vida de William Lindsay Gresham dio para mucho. Trasladado a Nueva York de niño, tuvo oficios tan singulares como el de estenógrafo o cantante folk en Greenwich Village. Afiliado al Partido Comunista, en 1937 se alistó en las Brigadas Internacionales, luchando en la Guerra civil española. Su regreso a casa tuvo igualmente de todo: tuberculosis, alcoholismo, magia, matrimonios fracasados, y un periplo del marxismo al psicoanálisis, el cristianismo y el budismo. Gresham escribió en 1946 El callejón de las almas perdidas, futura obra de culto y fuente de fama y riqueza, sobre todo tras su primera adaptación cinematográfica —encabezada por Tyrone Power en 1947—. Pero lo perdería todo y, en 1962, sentenciado por un cáncer de lengua, se suicidó en Nueva York.

Aunque parece que la contienda en España proporcionó a Gresham el germen de la novela —un médico le contó su vida de feriante y la figura, capital, del «engendro»—, no es difícil hallar los paralelismos de la novela con su propia y turbulenta biografía. Esas coincidencias impactan y, al mismo tiempo, ayudan a explicar el creciente desasosiego del lector que va adentrándose en El callejón de las almas perdidas. El trayecto hacia el desastre de su protagonista, esa enorme creación literaria llamada Stan Carlisle, cada vez más sórdido e implacable, sólo puede sostenerse cuando hay un íntimo, y espeluznante, «conocimiento de causa» detrás.   

Porque la historia de Stan arranca recorriendo los patrones más o menos reconocibles del «aprendizaje del héroe», aquí un joven sumamente inteligente y despierto, con un don para empatizar con las personas… aunque sumido en un submundo tan extremadamente peculiar como el de las ferias ambulantes. No obstante, rápidamente nos damos cuenta que esa lucidez no va a estar precisamente al servicio de labrarse un honrado porvenir o ayudar al prójimo. Ya sea satisfaciendo los deseos de la carne. O descubriendo que su capacidad para engatusar a los ilusos podría hacerle rico. El callejón de las almas perdidas pronto deviene en apabullante «descenso órfico»…   

Y es que la pendiente por la que Gresham hace rodar a Stan es diabólica. Maestro del engaño, su personaje pasa del lozano charlatán en la aparentemente más inocua de las atracciones, al taimado mentalista y el poderoso falso pastor. Y en ese paso de Stan al Gran Stanton y, finalmente, al reverendo Carlisle, nos muestra a un tipo capaz de aplastar a cualquier ser humano a su paso. Incluso aquellos que, en teoría, debiera querer. En consecuencia, El callejón de las almas perdidas es un relato sobre el ego, la soberbia, la codicia y el odio —vía profundo trauma que se nos va revelando— que conduce inexorablemente a la autodestrucción.   

Más allá de su atractiva estructura formal bajo la coartada de la baraja del tarot, El callejón de las almas perdidas sorprende asimismo por su osadía narrativa —no temáis, traduce Damià Alou—. Es fácil hermanarla con Elmer Gantry de Sinclair Lewis —con quien Gresham tuvo un «delicado» vínculo, y llevada al cine con Burt Lancaster de protagonista—, o El cantante de góspel del gran Harry Crews. Pero su lenguaje, escandaloso para la época en su «perverso lirismo» —como bien señala Nick Tosches en el prólogo, que recomiendo leer a posteriori— junto al furibundo uso de la elipsis —ocasionalmente excesivo— va entrando en un modo pesadillesco, de delirium tremens, en perfecta sintonía con el desarrollo de la novela.    

Hay algo ominoso, abismal, en El callejón de las almas perdidas. No solo en las cuitas del cada vez más desquiciado Carlisle. También en el muestrario de secundarios, para los que Gresham tampoco tiene piedad —apenas Zeena y Joe se salvan de la quema—. Bobos de solemnidad. Almas cándidas, vulnerables ante la posibilidad de reencontrarse con sus difuntos. Algún que otro cabronazo —normalmente rico— con «cadáveres en el armario»… Todos presa fácil del embaucador sin escrúpulos. Sin embargo, hasta el mejor de los médiums —mejor dicho, estafadores— oculta debilidades. Por lo que puede quedar a merced de otra mente aún más ladina, realmente dominadora de la situación. 

Gresham, que conoció, y padeció, los mundos descritos en la novela —psicoanálisis, mentalismo, religión—, tiene para todos, incluido él mismo. El resultado es una obra cruel, iracunda, malvada… Una mirada descarnada, sin miedo a cruzar la línea de lo macabro y señalar las enajenaciones del ser humano: las de la fe, las de la ambición cegadora, las de las adicciones que llevan al delirio. La vida es un abyecto espectáculo de feria… sin expiación posible. Y «el monstruo» está siempre a la vuelta de la esquina. Demoledora lectura.