Francia vuelve a arder. Tertulianos y políticos abominables criminalizan a la inmigración —da igual que sean ciudadanos de pleno derecho de la République—. Pero no a la evidente crisis social o la brutalidad policial. Mientras tanto, la extrema derecha de Marine Le Pen aprovecha para reclutar nuevos adeptos con patrióticos llamamientos al orden. Un escenario muy parecido al que Jérôme Leroy anticipó en El Bloque, que nos trae Hoja de Lata. La crónica de una jornada decisiva. La de la entrada de ese partido fascista en un gobierno tambaleante ante un violento estallido social. Y lo que esa penosa efeméride supone para sus dos protagonistas. A veces, la ficción se asemeja tanto a la realidad que aterra…

Nacido en Ruan en 1964, Jérôme Leroy es profesor, poeta y escritor. Considerado uno de los referentes del polar —noir— francés, también ha destacado en la literatura infantil. En 2011, El Bloque fue todo un fenómeno al retratar —para indignación del clan Le Pen— el ascenso de la ultraderecha a través del liderazgo de la hija del caudillo histórico neofascista. La novela obtuvo el Premio Michel-Lebrun y fue llevada al cine (Chez nous, 2017) por Lucas Belvaux y guion del propio Leroy. Otros títulos notables del autor son L’Ange gardien (2015), Premio de los Lectores del Quais du polar, Un peu tard dans la saison (2017), ganador del Rive Gauche à Paris, o Les Derniers Jours des fauves (2022), Grand Prix de Literatura Policíaca. 

La trama de El Bloque es, sobre el papel, sencilla. Es la historia del Bloque Patriótico, un partido con cerca de tres décadas de salvaje violencia, pérfida opacidad y execrables tejemanejes a sus espaldas, frente al instante crucial. La noche del pacto que permitirá su entrada en un gobierno desbordado, desesperado por responder con mano dura, ante los disturbios callejeros que asolan los barrios de la periferia parisina desde hace semanas. Dada la debilidad del Elíseo, las expectativas de la agrupación totalitaria son enormes: diez ministerios. Sólo hay un precio a pagar, un doloroso veto —incluso más terrible que ese que nada suma— que afecta a los dos personajes centrales de la obra. 

Y es que para desencallar el siniestro acuerdo, Agnès, jefa del Bloque y principal negociadora, acepta que se aparte —lo que significa asesinar—, a su jefe de los servicios de seguridad —lo que equivale a su monstruosa rama paramilitar—, Stéphane «Stanko» Stankowiak. Decisión que comparte el mejor amigo y mentor de éste, Antoine Maynard, cabeza pensante del partido y esposo de Agnès. Lo que sigue son las horas més greus en un París crepuscular. Entre la supervivencia más cruda del señalado y la congoja del colega convertido en ejecutor pasivo. Y la melancolía absoluta de ambos, atiborrados de recuerdos. Los del conocedor de su infausto destino. Y los del perseguidor, convenientemente regados por el alcohol. 

Esas evocaciones permiten a Leroy abordar tres relatos en uno: los de ambos, y el del propio Bloque. El resultado es una estructura atrayente, bicéfala y con arcos temporales que saltan del presente memorialístico a los hechos pasados. Diría que funciona singularmente bien respecto a la atmósfera de tensa espera y el tono extrañamente elegíaco —reflejado por la traducción de José Antonio Soriano Marco—. También a la hora de armar la novela negra, ya que la caza de Stanko incluso posibilita escenas de acción. ¿Quizás resta verosimilitud a su enjundia política? Puede, no obstante creo que se debe al desarrollo de las distintas —pese a compartir batallitas y pulsiones violentas— naturalezas de Antoine y Stanko. El intelectual y el esbirro.

Porque dicha dualidad protagónica y su doble ejercicio de echar la vista atrás conforma un texto contemplativo… ¿Mira como los monstruos reflexionan? No es que Leroy los humanice o justifique. Los complejiza, dándoles motivaciones y contextos, algo valioso y refrescante. Así, Stanko es algo más que un cacho de carne hooliganesca y rabiosa —atentos a la relación con sus temporales vecinos—. Mientras, Antoine se muestra como un esnob diletante, vil manipulador, fascista por pueril rebeldía o… «el coño de una chica». Una de las creaciones más insufribles leídas recientemente. Factor que, a mi juicio, resiente el ritmo del libro con sus divagaciones Nouvellevaguescas o literarias.  

No confundir este rechazo con que sea una mala creación. Al contrario, creo que Leroy está señalando «l’épater le bourgeois» precisamente desde el epítome burgués: docto y con ínfulas —a fin de cuentas, la relación entre fascismo y arte está bien documentada, y hablamos del país de Babeuf, pero también de Vichy—. El reverso reaccionario, narcisista y violento del 68. Aunque el riesgo a obra pedante está ahí, igual que el de verter las opiniones del propio autor. Una suerte de elogio de la nostalgia —como apunta Serge Quadruppani en el prólogo— que suena a añoranza de los pudientes —ese mundo y aroma «de antes»— y, pienso, incita a la pasividad. 

En cambio, El Bloque brilla sobremanera en dos aspectos. Uno es lo premonitorio de su planteamiento. No solo respecto a Francia, sino a toda Europa. El fascismo está aquí —en la mayoría de casos, nunca se fue— y Leroy clava tanto la zozobra estatal como su frágil ecosistema. Un sistema electoral por el que colarse —¿es normal que una Junta Electoral no tumbe el puto «Cara al sol?»—. La subordinación al show mediático, que ha normalizado —aquí, con ayuda de las cloacas del Estado— el discurso de la extrema derecha. Una clase obrera atomizada y empobrecida, presa fácil de bulos y odio vertido en redes sociales. Y un racismo cotidiano, fácilmente exarcebable cuando el neoliberalismo se estampa y requiere de chivos expiatorios…

El otro es la radiografía de las bambalinas totalitarias. Leroy nos sumerge en un mundo de jerarquías, anhelos de tiempos pretéritos supuestamente más comprensibles —desconfiad de los arrebatos de melancolía o fans del medievo—. O comunidades teóricamente más fuertes, nobles y puras —el fervoroso nacionalismo de pulserita—. A la vez, muestra su falta de escrúpulos. Provocaciones, burdas mentiras e incendios verbales que copen los medios. Azuzar los miedos de territorios deprimidos —okupas, MENAs, ETA—. No titubear cuando se requieren medidas drásticas o purgas —vía cremas, al denunciante de la corrupción, hacer del cargo de tesorero una profesión de alto riesgo—. El fin —triplicarse el sueldo el primer día de gestión, por ejemplo—, justifica los medios. El Bloque parece el programa electoral de los bárbaros, a la francesa, mas dolorosamente familiar. Conoce a tu enemigo. Y ni un paso atrás.