Aún en plena canícula, uno se ha reservado una lectura especialmente ilusionante. Porque hoy, cortesía de Nórdica, tengo el placer de escribir sobre El autobús perdido, primera vez que el gran, imprescindible, John Steinbeck aparece en la sección. Un complicado viaje entre las poblaciones californianas de Rebel Corners y San Juan de la Cruz a bordo de un destartalado colectivo rural. O la excusa para diseccionar a un puñado de personajes, forzados a una tensa convivencia, que epitomizan a una sociedad americana tan efervescente como en conflicto consigo misma, tras el final de la Segunda Guerra Mundial.  

Definitivamente, vivimos tiempos oscuros si John Steinbeck necesita presentación, en fin… Nacido en Salinas, California, en 1902, estudió en Stanford, pero no pudo graduarse, trabajando desde muy joven como albañil, jornalero, agrimensor o tendero. Aunque su debut autoral se produjo a finales de los 20, el éxito y reconocimiento le llegaría en los 30, convirtiéndose en el escritor de la Gran Depresión gracias a títulos como Tortilla Flat (1935), De ratones y hombres (1937) y, por supuesto, Las uvas de la ira (1939), indiscutible Premio Pulitzer. En los 40 fue corresponsal en la IIGM, México o la URSS, escribió Cannery Row (1945) —visita obligada si váis a Monterrey—, La perla (1947), además de para Alfred Hitchcock y Elia Kazan en el cine. Aunque en los 50 destacó más su producción de no-ficción, nos dejó otra de sus cimas narrativas, Al este del Edén (1952). Obtuvo el Premio Nobel en 1962. Falleció en Nueva York en 1968. 

Aparecido originalmente en 1947, el argumento de El autobús perdido nos sitúa en Rebel Corners, un «no-lugar» entre San Isidro y San Juan de la Cruz, en el que un pequeño grupo de pasajeros se encuentran varados. Aguardan, inquietos, a que la avería del autobús local se solucione para reemprender su trayecto. Estrés que comparten con Juan Chicoy, el conductor y dueño del área de servicio que regenta junto a su pareja Alice y Norma, una empleada. Echarse a la carretera es solo cuestión de tiempo, pero la extrema climatología —diluvio en ciernes— y un puente ruinoso amenazan el viaje. No obstante, para Steinbeck el destino de la expedición es del todo secundario. El meollo reside en los propios personajes y su coexistencia. 

Y es que, en manos de otro narrador, El autobús perdido sería una novela menor, incluso ligera dada su coralidad de protagonistas y su singular espíritu de aventura. Sin embargo, Steinbeck exprime al máximo la estructura de la obra y la variedad de personajes para abordar, con sorprendente rotundidad, los caracteres, patrones y actitudes cambiantes de esa América posbélica. Con su característico estilo amalgama de realismo social, naturalismo y periodismo, algo así como un James Agee sobrado de recursos literarios o un Dos Passos con auténtica alma. Dinamismo, historia y reflexión —bien reflejados en la traducción de Federico y Antón Corriente— al servicio de diseccionar sus EE.UU: el de los olvidados del sueño americano. 

Porque su retrato de personajes frente a una situación potencialmente explosiva o de riesgo se transforma en una suerte de intenso estudio que aborda múltiples cuestiones. La gestión del conflicto, el choque generacional, de mentalidades, la familia, la sexualidad —clave en la obra—, la clase social, las ambiciones, los prejuicios… La tensión en El autobús perdido es tan constante como creíble. Están condenados a entenderse —o, al menos, tolerarse— pese a todo. En cambio, las detonaciones narrativas son siempre certeras y controladas, con Steinbeck prefiriendo mostrar las colisiones y pugnas de sus creaciones a través de sus conversaciones, comentarios, referencias más bien sutiles o silencios mortificantes. 

El autobús perdido depara momentos brillantes en este inesperado análisis del comportamiento y raciocinio humano. Valga el caso de Chicoy, sumido en una encrucijada. Plenamente integrado en Estados Unidos, mujeriego, no obstante deseoso de regresar —escapar— a su México natal. Harto de Alice, una mujer consumida por la desconfianza, la depresión y el alcohol, pero reacio a abandonar a quien de verdad le ama. O la frustración de los personajes más jóvenes. «Pimples», ayudante de Juan con planes de futuro, vive martirizado por su acné, obstáculo para alternar con mujeres o ser considerado un igual por los adultos. Norma, autoengañada en vanas ilusiones Hollywoodienses que nada tienen que ver con su anodina vida real. O Mildred Pritchard, hija de una familia forjada en las apariencias, en las antípodas de su reprimido espíritu indómito.

Aunque mis preferidos son los padres de ésta, Elliott y Berenice Pritchard. Un matrimonio pudiente y falsamente intachable, cuya retorcida relación —un tratado de la manipulación— merecería capítulo aparte. Especialmente él. Un granado y exitoso directivo que se considera una personalidad vigorosa y benéfica, capaz de identificar y ayudar el talento de emprendedores bisoños… Como Ernest Horton, excombatiente metido a resolutivo y cínico vendedor. El choque, la desconexión generacional, donde se entremezclan desencanto, orgullo, recelos, las consecuencias de la guerra, y la competencia de quienes comparten territorio laboral, resultan apasionantes en la prosa de Steinbeck. Un mundo en drástico cambio.

Si a esto le añadimos la figura central de Camille Oakes, una femme fatale tan conocedora como hastiada de su poder de atracción —memorable como vemos las diferentes maneras en que su presencia trastoca las conductas del resto de pasajeros—. O el insufrible viejo gruñón, necesitado de atención, tenemos un «reparto» de lo más completo, más actual de lo esperable —aquí hay protoincels, «pollaviejas» y mujeres que cuestionan el status quo—, y con el que resulta imposible aburrirse. Un compendio de lo mezquino en el que John Steinbeck no se olvida de la ternura, el deseo de mejorar y la empatía. En definitiva, todo aquello que nos hace humanos, trasladado al papel por uno de sus mejores cronistas. Un viaje que da para mucho…