Pedro Collantes escribe y dirige El arte de volverestupendo film apoyado en una perfecta Macarena García. La protagonista de la historia es Noemí, una aspirante a actriz que vuelve a Madrid tras probar suerte en Nueva York. A su regreso vivirá una serie de reencuentros que la harán darse cuenta de todas las cosas que se ha perdido.

Lo primero que hay que alabar del trabajo de Collantes, es que la premisa planteada se prestaba para un melodrama lacrimógeno repleto de frases profundas sobre la vida y las oportunidades perdidas. Pero el guión sortea con inteligencia este escollo, con una serie de elementos que me parecen inteligentes. El primero es el humor: cada escena, en la que la protagonista se enfrenta a un conflicto, tiene un elemento cómico desestabilizador: el incómodo error en el regalo a la hermana; la ironía del personaje que interpreta un eficaz Nacho Sánchez; el gato de la suerte chino que desencadena el drama con una vieja amiga (Ingrid García Jonsson); la idea de mentirle al pobre conductor rumano (Luka Perôs). Todos estos elementos permiten que el drama y la comedia convivan, y evitan que los conflictos de Noemí se conviertan en tragedias que no son tales.

Ese empeño voluntario en alejarse de la lágrima fácil se hace explícito en la subtrama de metaficción que propone una serie de televisión -folletinesca a todas luces- que Noemí podría protagonizar como actriz. Titulada, precisamente, El arte de volver, los personajes cuestionan la ‘cursilería’ de dicho título, de forma autoconsciente. Luego está la manera en la que Collantes evita tropezar con la inevitable trama amorosa -tema recurrente y manido- dejando al interés romántico de Noemí siempre fuera de campo. Por último, la gran escena dramática de la película, es presentada de una forma seca, cotidiana, sin el más mínimo exceso. Todos estos elementos alejan la historia del melodrama facilón. 

El arte de volver, por cierto, no nos habla de emigrar -tema sí presente en el personaje del conductor rumano- sino de la vida entendida como una serie de caminos que se van cerrando hasta que no nos quedan más desvíos que esa recta final que el entrañable personaje del abuelo (Celso Bugallo) encara con humor -esos montajes que hace cuando descubre cómo utilizar un smartphone-. Que Noemí se haya ido lejos, es solo una excusa dramática para hablarnos del paso del tiempo y de cómo la vida sigue, aunque intentemos huir de ella. Noemí se niega a madurar, aunque tenga que enfrentarse a personas, oportunidades y situaciones que inevitablemente se han quedado atrás. Y la demostración de que Collantes no busca dar lecciones es ese final abierto, con el objetivo de la cámara fijo sobre el rostro vulnerable y frágil de Macarena García.