La Nueva York del siglo XIX sustituye al Londres de ‘Jack el destripador’ en El Alienista, ficción disponible en Netflix, que se centra en la figura del asesino en serie. Lazzlo Kreizler (Daniel Brühl) encarna al ‘alienista’ del título, un personaje adelantado a su época, en la línea de un Sherlock Holmes con ideas freudianas que se anticipa más de un siglo a los perfiladores del FBI, vistos, por ejemplo, en la estupenda Mindhunter de David Fincher. De hecho, una buena forma de definir esta serie es como un cruce entre la serie de Fincher y The Knick de Steven Soderbergh. La investigación de unos crímenes violentos, y sobre todo, la idea de que resulta necesario entender la psicología del asesino para poder atraparle, se desarrolla sobre la radiografía de una época -la inminente llegada del siglo XX- en la que los conflictos sociales, económicos y políticos quieren ser un eco de nuestra época. Digamos ya que esta ficción, en mi opinión, no cumple con estas promesas: las ideas previas a la ciencia de la psicología dan menos juego del esperado, la investigación de los crímenes no aporta nada nuevo a un subgénero explotado -sobre todo en los años 90, tras El silencio de los corderos (1991) y Seven (1995)- y el desarrollo de los personajes es acertado, pero poco estimulante. A Kreizler le acompaña un ilustrador, interpretado por un sólido Luke Evans, equivalente al doctor Watson, ese ayudante más humano pero menos brillante que su socio. Luego está Sara Howard, a la que da brillo Dakota FanningBrimstone (2017)- que encarna una subtrama feminista -es la primera mujer que trabaja en el departamento de policía de Nueva York- y que acaba siendo el personaje más carismático de la serie. Apuntemos también los dos jóvenes forenses, judíos, Marcus y Lucius Isaacson (Douglas Smith y Matthew Shear), que traen consigo innovaciones criminológicas, como el estudio de las huellas dactilares, y que protagonizan las imprescindibles escenas de autopsia, e introducen temas como los movimientos comunistas, entonces clandestinos, o el antisemitismo.

Basada en una novela de 1994 del historiador y escritor Caleb Carr, el proyecto fue levantado por Cary Joji FukunagaTrue Detective, Beasts of No Nation (2015), Maniac– que se apartó antes de comenzar el rodaje. Destaquemos el buen hacer del director español, Paco Cabezas, en un par de episodios. Pero, como he dicho antes, cambiar a las prostitutas, víctimas de ‘Jack el destripador’, por niños que ejercen la prostitución masculina es la principal variación que propone El Alienista. El primer episodio ofrece poco de interés y pasa por todos los peajes que ya conocemos: el hallazgo de un cadáver horrendamente mutilado, la teatralidad del criminal, la incredulidad de la policía, la visita a una prisión y a un manicomio, la ineludible y macabra autopsia, el intento del misterioso asesino de contactar con el investigador para establecer un juego del gato y el ratón. Lo mejor, sin duda, es una impresionante ambientación que recrea la época como pocas veces se ha visto en cuanto a escenarios y vestuario. Un vistazo a la alta sociedad sirve para introducir la idea de que el asesino pueda pertenecer a las altas esferas del poder -recordemos las teorías que recoge el From Hell de Alan Moore (1991)-. Para afincar la ambientación, aparecen personajes históricos como Theodore Roosvelt (Brian Geraghty) -retratado antes de ser presidente y como luchador contra la corrupción policial- y el empresario J.P. Morgan (Michael Ironside), las dos caras del conflicto que se establece alrededor de los protagonistas. El primero representa el idealismo de esos nacientes Estados Unidos, el segundo, el lado oscuro del capitalismo, ese poder económico en la sombra, sin escrúpulos. Asimismo, Thomas Byrnes (Ted Levine) y el capitán Connor (David Wilmot) representan a una policía corrupta al servicio del dinero. Con estos ingredientes, la trama avanza de forma convencional: los progresos en la investigación llevan a nuevos misterios; la oposición de la policía corrupta y de los poderes son los principales obstáculos; nuevas víctimas aparecen asesinadas con el mismo modus operandi; pequeñas pistas -como la boca o el rostro del supuesto culpable- nos dejan entrever al asesino al más puro estilo del giallo. Kreizler enseguida expresa la necesidad de explorar la oscuridad propia para atrapar al monstruo, lo que debería traducirse en un desarrollo interesante de los personajes, que van revelando sus propios fantasmas. Pero todo esto resulta bastante plano: la falta de originalidad puede expresarse en el truco de montaje que confunde al espectador sobre una puerta que está a punto de abrirse: de un lado la policía que se prepara para detener al supuesto asesino; del otro lado, el principal sospechoso. Son puertas diferentes, recurso dilatorio que ya vimos en El silencio de los corderos.

Si bien todo lo visto en los primeros seis capítulos parece mecánico, un camino ya transitado, el séptimo episodio aporta nuevos e interesantes elementos. Quizás, que el veterano John SaylesSilver City (2004)- firme el texto, tiene algo que ver. La historia adquiere un nuevo impulso en sus últimas cuatro entregas. En ellas se explora la cercanía, en el siglo XIX, de un tiempo más primitivo, el del salvaje oeste, en el que todavía permanecían vigentes los ritos de los indios americanos, especialmente crueles con sus enemigos. Un pasado inmediato, menos civilizado, en el que el hombre estaba más cerca de las bestias, y de los dioses. El hombre blanco, civilizado, habría pervertido esas costumbres ancestrales en un sangriento modus operandi para el asesinato. Sayles bucea también en el personaje de Kreizler, explorando por primera vez su personalidad -recogiendo semillas argumentales plantadas en los episodios anteriores- y confrontando al personaje con su lado oscuro, su violencia, su minusvalía, su racismo y su clasismo. El episodio se fija también en las cloacas del poder, con J.P. Morgan ofreciendo recursos que Kreizler rechaza para no comprometer la causa de su investigación. Hay apuntes sociales, sobre el coste del progreso, que siempre pagan las clases menos favorecidas, representadas en esos dickensianos niños travestidos, que son la presa del asesino en serie. Lamentablemente, todo esto confluye en un clímax que se esfuerza en aunar todas las subtramas, en un final algo forzado. Si me permiten el spoiler, el desenlace es falsamente feliz, porque supone un pacto con la corrupción y el poder contra el que, supuestamente, luchaba Kreizler. La escena final en la que vemos a los personajes en una elegante cena, disfrutando de su situación acomodada, desmiente el discurso antes referido sobre los menos privilegiados.