Eisejuaz, Sara Gallardo (Malas Tierras, 2019)

En este enero de «rescates» de libros aparecidos en los estertores del 2019, hoy me detengo en Eisejuaz, de la escritora argentina Sara Gallardo, y publicado por Malas Tierras —vaya año de debut el suyo, para enmarcar—. Una novela a lomos de un personaje tan inolvidable como insondable sobre la frontera, el universo indígena, explotadores y explotados, la religión y sus barbaries, y el lenguaje. Pero, sobre todo, una de las lecturas más singulares, crípticas —añádase exigentes—, desasosegantes, y extrañamente fascinantes a la que servidor recuerda haberse enfrentado en mucho tiempo…

Nacida en Buenos Aires en 1931, la vida personal y profesional de Sara Gallardo es de una intensidad que, bien mirado, va en consonancia con este Eisejuaz. Periodista colaboradora del diario La Nación y las revistas Confirmado, Atlántida y Primera Plana, gozó de una gran popularidad a finales de los 60 y 70, pese a que dicha fama también le granjeó una imagen de frivolidad —debido en parte a los temas tratados en sus columnas— y elitismo que impidió disfrutar de la radicalidad de su obra literaria, desarrollada en paralelo, o su habilidad como cronista. Su labor profesional fomentó su ansia viajera, residiendo en diversos países de América, Europa —recorriendo España, Suiza e Italia— y Oriente Próximo. Tuvo cuatro hijos, dos matrimonios y publicó once libros, entre ellos cinco novelas muy dispares entre sí, destacando su debut Enero en 1958 —también publicado por Malas Tierras—; Los galgos, los galgos, de 1968, acaso su obra más reconocida; y esta Eisejuaz, aparecida originalmente en 1971. Olvidada durante los 80, falleció de un ataque de asma en Buenos Aires en 1988, siendo recuperada y reivindicada con el nuevo milenio. Afortunadamente.

Porque sería injusto que una novela como Eisejuaz se hubiera quedado en el olvido. Breve, y sin embargo, densa y con una fuerte carga alegórica, Gallardo narra en ella el devenir de Lisandro Vega —parece que la autora se inspiró en el cacique de la etnia wichí del mismo nombre, a quien conoció en un viaje a la provincia argentina de Salta en 1967—, Eisejuaz o Éste También, un «mataco» del norte argentino, que se cree escogido por el Señor para cumplir una misión —inicialmente se le aparece en el remolino del agua que sale por el desagüe mientras lava las copas en el hotel donde trabaja— al encontrarse a un indio cuasi moribundo, al que conocemos como el Paqui. El cuidado de ese ser, tan enfermo y lisiado como viperino en su rencoroso lenguaje, resulta una suerte de viacrucis entre patético y grotesco, además de un deber no comprensible y autoimpuesto, pero en el que se entrevé una suerte de destino final de nuestro protagonista. Uno a través de cual la autora bonaerense explora la experiencia religiosa… y mucho más.

Y es que Eisejuaz es una encrucijada constante —también para el lector, no es la obra más «cordial» en la que aventurarse—. Su religión, quimérica y trasnochada, es pura idiosincrasia fanática embebida de cosmovisión indígena rebosante de imaginería natural —plantas, animales— y astronómica, a la vez que del cristianismo impuesto, crueles ambos. Su voluntad de hacer el bien se lleva por delante a los suyos, sus actos solo ocasionan desgracias a los demás y, por supuesto, a él mismo. Su periplo de enfermedad y muerte transita una frontera tanto física —la ciudad frente a las sierras y los cerros— como humana, en la que las comunidades indígenas viven en la miseria y la explotación al servicio del terrateniente. Y, finalmente, retrata el tránsito, en colisión, de un pasado derrotado, perdido. El vestigio caduco de un mundo anterior, frente a una realidad nueva que no cuenta con éste. 

Narrada en una suerte de monólogo alucinado, es evidente que buena parte del shock y, al mismo tiempo, capacidad de subyugación de Eisejuaz reside en el uso de un lenguaje único, heterodoxo, ¿inventado?, que combina la parquedad y el laconismo extremo —diálogos aceradísimos, elipsis brutales y funestos silencios — , con los brotes impulsivos de la palabra. Y, por encima de todo, esa gramaticalidad alterada, resumida en esas dobles negaciones —las «y nada no pasó», «nada le hablé», «nadie no podrá»— imposibles de olvidar para el lector. ¿El Faulkner más agonístico? ¿Harry Crews en la Sudamérica más atávica? ¿La Sangre sabia de Flannery O’Connor en el hemisferio sur? Cuesta encontrar referencias con las que comparar la prosa de Sara Gallardo —no he leído tanto a Juan Rulfo o nada Mário de Andrade para establecerlas—. Pero, sin duda, su originalidad estilística es una de las fuerzas motoras de la novela.

La otra es la intriga, bizarra, sostenida tanto por la confusión constante entre los límites de los mundos profano y sagrado, como por las idas y venidas de Eisejuaz en busca de ¿su redención? ¿una recompensa celestial? A través de sus choques con el Paqui —su relación de dependencia y odio vertebra el texto— y la sombría realidad de su entorno, Sara Gallardo nos habla de huidas, tentaciones de la carne, rabia, soledad… Sin embargo, todas las cuitas, que podrían ser la reescritura de pasajes bíblicos, aquí parecen el reverso del puro absurdo. Compleja, esquiva, hermética… Eisejuaz no es exactamente una novela recomendable «al uso», y puede que para determinados lectores el ejercicio lingüístico engulla el desarrollo del libro. Pero los que estéis dispuestos a arriesgar, preparaos para conocer al que quizás sea el profeta más arrebatado e insólito de la literatura…