8.0
Score

Final Verdict

Dry Cleaning entregan un estupendo segundo álbum en el que siguen llevando su rock a los terrenos más insospechados. Aunque eso sí, está vez le han dado un toque más melódico y accesible a sus canciones.

Cada poco tiempo suele salir en redes sociales ese debate entre un grupo de gente que se agarra a eso de que la música del pasado era mejor y que ahora todo suena igual, y otro que a las primeras de cambio mencionan la palabra boomer. Y puede que, tras ver la lista de singles española, sea bastante de cierto eso de que toda la música comercial de ahora es muy parecida, pero, si miramos más allá, la cosa cambia. Hace treinta años era impensable que cierto tipo de bandas ocuparan los primeros puestos de las listas de ventas. Algo que sí ocurre ahora. Un buen ejemplo lo tenemos en Dry Cleaning, que, con su álbum de debut, se quedaron a las puertas del tercer puesto en las listas británicas. Y esto con una propuesta nada convencional que cuenta con una cantante que le da spoken-word sin parar.

La verdad es que hay pocos cambios en el segundo álbum de Dry Cleaning. En la producción vuelve a estar John Parish, y la banda sigue exprimiendo sus guitarras para sacar todo tipo de sonidos que se alejan que de lo convencional. Además, Florence Shaw sigue “cantando” a su manera en prácticamente todo el álbum. Y tampoco han cambiado muchos sus letras, que siguen reflejando la vida en una Londres «cara, opaca, y privatizada». Pero lo que sí se ve es que, sin salirse de su sonido habitual, han querido llevar su propuesta a terrenos un tanto más asequibles. Y eso hace que estemos ante un álbum más fácil de escuchar que su debut.

Stumpwork’ tiene varios momentos que recuerdan bastante a esos EPs con los que se dieron a conocer y en los que su propuesta era un poco más melódica. Algo que se puede apreciar en un corte como “Kwenchy Kups”, donde las guitarras acústicas entran en juego y se fusionan con otras que nos recuerdan a la faceta menos noise de Sonic Youth. Unas coordenadas que también siguen la estupenda “Gary Ashby”, en la que Florence Shaw se atreve a dejar el spoken-word de lado y cantar más melódicamente. Aunque solo sea por un rato. O en esa “Don’t Press Me” donde las guitarras rugen un poco más, pero en la que aparece un teclado de lo más delicioso. Además de “Conservative Hell” y ese sonido retro que le da su bajo.

Esa accesibilidad también se puede ver dentro de su faceta más esquiva y experimental. Solo hay que escuchar la oscura, pero muy intrigante, “Anna Calls From The Arctic”, que te cautiva con su tímida caja de ritmos y con esas guitarras que te acarician. O el toque funk que le dan “Hot Penny Day”, el cual adornan con una guitarra que casi parece un sitar. Además de “No Decent Shoes For Rain”, que va subiendo de intensidad hasta acabar en una tormenta de guitarras de lo más melódicas. Incluso esa densa “Icebergs” que cierra el álbum, y en la que ni siquiera se han molestado en quitar un molesto acople de guitarra que planea a lo largo de toda la canción, tiene un punto más accesible.