Drácula en blanco y negro

Repaso a las diferentes representaciones del vampiro en blanco y negro

Resulta curioso penar que solemos relacionar a la figura del vampiro con el color rojo de la sangre, cuando la primera que se vio a Drácula en una pantalla, fue en blanco y negro. Sin colmillos ni sangre, Bela Lugosi se convirtió en la imagen más icónica y reconocible del personaje creado por Bram Stoker. Aunque podamos preferir las versiones encarnadas por Christopher Lee o Gary Oldman, la imagen más reconocible del conde sigue siendo la del intérprete húngaro, en blanco y negro.

En las siguientes líneas celebro a ese elegante conde de pelo engominado, que seduce y no muerde, desde la película seminal dirigida por Tod Browning -recupero el texto ya publicado sobre este film sobre los mejores Drácula- y aclaro que me salto Nosferatu, obra maestra ya mencionada en el referido artículo, para luego repasar el terror de la Universal y otras producciones de serie B, hasta sus últimos coletazos en los años 40, justo antes de la irrupción del color que trajo la Hammer en 1958.

Drácula (1931) es teatral en su origen y en sus planteamientos dramáticos: la acción se desarrolla básicamente en interiores, a través de los diálogos de los personajes, sobre todo en la secuencia del castillo del conde y cuando el vampiro acecha a sus víctimas femeninas en Londres. Tod Browning, buen conocedor del género, autor de un clásico de culto como Freaks (1932), compensa este defecto con movimientos de cámara que pueden parecer impropios de una película en los comienzos del sonoro (quizás atribuibles al director de fotografía, Karl Freund).

Aunque algo tosca, este Drácula mantiene la fuerza primitiva del cine mudo, especialmente en las intensas miradas de Bela Lugosi, que ya había interpretado al personaje sobre los escenarios. Drácula marcará la carrera del actor húngaro, siempre en relativo declive tras el gran éxito de su personaje más famoso. Su elegancia y su exótico acento estarán siempre relacionados al personaje creado por Bram Stoker, cuya idea del vampiro no era precisamente la de un hombre atractivo.

A favor de la película, todos los recursos de la Universal y su equipo de artistas para crear una estética importada del expresionismo alemán: la dirección artística de Charles D. Hall, los decorados del oscarizado Russell A. Gausman -sin acreditar-, la mencionada fotografía del alemán Karl Freund -que firmó la de Metrópolis (1927) y luego dirigió La momia (1932)-.

Estética poderosa para una historia en la que tenemos una concepción clásica del monstruo, como una amenaza externa, extranjera -el otro- que aparece para poner en peligro el orden establecido -el matrimonio de Mina (Helen Chandler) y John Harker (David Manners)- y que debe ser destruido. Los enemigos de lo transgresor -el sexo y la muerte- son la inocencia de Mina, la fe en el crucifijo, y la ciencia de Van Helsing (Edward Van Sloan). La película evita los detalles más escabrosos de la novela, las alusiones sexuales, la imagen de la sangre, de los colmillos, de estacas clavándose en el pecho del vampiro. Pero todo lo que pierde en impacto visual, lo gana en sugerencia.

Mencionemos la existencia de una versión muda, ya que en 1931 no todos los cines estaban preparados para el sonido; y de una versión con banda sonora -preciosa- de Phillip Glass, pensada como acompañamiento musical en directo para un film que sufre por unos largos silencios. Tod Browning nunca se sintió cómodo en el cine sonoro.

Lectura recomendada: Hollywood Gótico. La enmarañada historia de Drácula de David J. Skal (2015).

Drácula en español es más que una curiosidad. Cuando Tod Browning y compañía abandonaban el plató tras la jornada de rodaje, un segundo equipo se presentaba para realizar una versión en castellano de Drácula. Con actores españoles, mexicanos y argentinos, en un sorprendente remake simultáneo que parece más pulido técnicamente: el equipo de rodaje tenía la oportunidad de revisar el material rodado durante el día y mejorarlo.

La película respondía, en principio, a la necesidad industrial de llegar al mercado hispano, que se quedaba huérfano de cine con la llegada del sonoro (el doblaje todavía no era viable). Pero con esta excusa, el empeño del productor Paul Kohner consiguió que este Drácula no fuera un simple remedo, sino un éxito artístico.

Dirige George Melford en una obra que resulta más erótica -atención a las transparencias de Eva -personaje que sustituye a Mina- interpretada por Lupita Tovar, que acabaría casándose con el mencionado Kohner. La cinta tiene además a un Drácula más que competente en el cordobés Carlos Villarías, muy parecido a Bela Lugosi, aunque, claro, sin la estatura mítica de este. La película estuvo perdida mucho tiempo hasta que en los años 70 fue descubierta una copia íntegra en la Filmoteca de La Habana que permitió su restauración en los años 90. Se puede comprar en DVD, en alguna de las ediciones de los monstruos de la Universal.

Lectura recomendada: Hollywood Gótico. La enmarañada historia de Drácula de David J. Skal (2015).

En La marca del vampiro (1935) Todd Browning se permite reformular su propio Drácula (1931). Aquí, un misterioso crimen ocurre en una supersticiosa región, en la que se cree en la existencia de los vampiros. El policía interpretado por Lionel Atwell investigará el caso con la ayuda de un trasunto del profesor Van Helsing, Lionel Barrymore, que intentará evitar otro ataque vampírico. Así, el argumento de Stoker se cruza con el whodunit cuya resolución acaba resultando, en mi opinión, más fantástica que la existencia de los propios no muertos.

En el relato hay una suerte de Mina, un prometido a lo Jonathan Harker, y, por supuesto, un Conde Drácula, al que da vida nada menos que Bela Lugosi. Browning consigue que sus apariciones sean atmosféricas, junto a la vampira Luna (Carroll Borland), de imagen inquietante. Para el espectador actual, el film resulte quizás algo anticuado, y su argumento no se entiende del todo, hasta su resolución.

La hija de Drácula (1936) es una secuela de Drácula algo tardía, tras el éxito de otros monstruos de la Universal. Su planteamiento es, básicamente, proponer una versión femenina de la novela de Stoker, funcionando como un espejo en el que la condesa Marya Zaleska (Gloria Holden) representa el mal y el insípido Jeffrey Garth (Otto Kruger) tendría que ser la víctima. Pero la propuesta es conservadora, ya que Garth acaba siendo el héroe, y otra mujer, Janet (Marguerite Churchill), la auténtica víctima. Esto curiosamente introduce insinuaciones lésbicas que añaden interés a la trama. El poder hipnótico de Drácula y su mirada se trasladan a una joya femenina -un grueso anillo- y la idea de la fuerza del vampiro a un esbirro fortachón -Sandor, interpretado por el también director Irving Pichel– con maquillaje expresionista de cine mudo. La condesa, más que un demonio peligroso como Drácula, acaba siendo una heroína de melodrama, una víctima de un linaje maldito, lo que no deja de ser interesante. Un mal llamado profesor ‘Von’ Helsing -de nuevo Edward Van Sloan- es el vínculo con el primer film, ya que la acción se retoma desde la última secuencia de aquel, en el castillo donde acaba de ‘morir’ el conde. Con presupuesto de serie B, mantiene cierta calidad gracias a la fotografía y los decorados. 

El hijo de Drácula (1943) es el curioso trasplante del conde transilvano, al sur de Estados Unidos, con sus casonas, sus sirvientes afroamericanos -que antes fueron esclavos- sus pantanos húmedos, el llamado American Gothic. Un cambio de escenario que permite ideas sorprendentes, como que el vampiro ha viajado desde el viejo continente para buscar sangre nueva, fuerte y viril, en el nuevo mundo, en los Estados Unidos de América.

Interpreta al conde nada menos que el hijo de Lon Chaney, cuya muerte le apartó del papel en la película dirigida por Tod Browning. Lon Chaney Jr. fue el hombre lobo en la cinta del mismo nombre (1941) -su rol más conocido-, en El fantasma de Frankenstein (1942) fue el monstruo, y fue también la momia en La tumba de la momia (1942), por lo que debe ser el único actor que interpretó a todos los monstruos clásicos para Universal. Su Drácula no puede evitar contagiarse de su mirada lastimera, a la que nos tiene acostumbrados como licántropo.

Llaman la atención las bonitas animaciones que convierten al conde en murciélago -de goma- y en niebla -pintada- que tienen bastante encanto. El guión es de Curt Siodmak, auténtico experto en monstruos: suyos son los libretos de El hombre lobo (1941), Frankenstein y el Hombre lobo (1943) y hasta de Yo anduve con un zombie (1943)- y su historia tiene algo de folletinesco, de serial sin prejuicios, que además sorprende con un final anticlimático que la realización competente de su hermano, Robert Siodmak consigue salvar, parcialmente, con cierta dignidad.

Una curiosidad: aquí el vampiro se hace llamar Alucard, cumpliendo la obligación -establecida en Carmilla- de usar un alias manteniendo las letras que componen el nombre original, pero cambiándolas de orden.

La mansión de Frankenstein (1944) es la primera reunión de los monstruos de la Universal: Drácula, el Hombre Lobo y Frankenstein, según una historia de Curt Siodmak.

Drácula aparece casi testimonialmente, en el primer acto, interpretado nada menos que por un John Carradine larguirucho y con bigote. El conde aparece primero, de forma sugestiva, como una atracción de feria: un esqueleto en un ataúd con la estaca clavada. La forma de revivirle es tan simple como gratuita: nadie cree que realmente se trate del aristócrata de Transilvania. El protagonista del film es Boris Karloff, que tras interpretar al monstruo en tres ocasiones, ahora encarna a un malvado científico, que busca replicar los experimentos del famoso barón Frankenstein. Su ayudante, cómo no, es un jorobado, Daniel (J. Carrol Naish), que más que el malévolo Fritz/Igor de otras películas, es un remedo del Quasimodo de Victor Hugo, aunque aquí con instintos asesinos y, cómo no, enamorado de una gitana, que, a su vez, se queda prendada del hombre lobo, Larry Talbot (Lon Chaney Jr.). Este reaparece justo después de Frankenstein contra el Hombre lobo (1943), por lo que el monstruo no está demasiado lejos, encarnado por Glenn Strange. Su papel se reduce a despertar para provocar la gran destrucción que acaba la película por las buenas.

La mansión de Drácula (1945) es otro irresistible crossover de los monstruos de Universal, absolutamente inocente, casi un clon de la película anterior. Su máximo interés es cómo el guión de Edward T. Lose Jr. juega con los arquetipos del género. Aparecen todos, sin demasiada justificación.

Primero, Drácula -de nuevo John Carradine- capaz de transformarse en murciélago con las animaciones ya vistas en El hijo de Drácula, que acude a la consulta del doctor Franz Edlemann (Onslow Stevens) para curarse de su vampirismo. Este doctor funciona además como científico loco y acaba protagonizando una subtrama inspirada en el Doctor Jekyll y Mister Hyde, que será el detonante de la historia.

Antes, a su consulta acude nada menos que Larry Talbot (Lon Chaney Jr.), el hombre lobo, también para curarse. En la consulta también está Nina (Jane Adams), una enfermera jorobada -heredera de Quasimodo y del Igor/Fritz de Frankenstein-. Apuntemos por último la aparición, absolutamente casual del monstruo de Frankenstein (Glenn Strange) que llega -¡Otra vez!- solo para provocar un incendio que sirva de final a una película imposible.

Hay un elemento interesante en el film y es su ausencia de personajes positivos: solo la guapa Martha O’Driscoll está libre de pecado, y se coloca del lado de los monstruos. Los vecinos del pueblo, representados por el poco agraciado Skelton Knaggs, dan más miedo que las criaturas fantásticas y la ley y el orden que defiende el personaje de Lionel Atwill son sin duda una imagen del fascismo. Así, como es normal, los monstruos acaban resultando mucho más simpáticos.


La sombra del vampiro (1946) quiso ser la secuela del Drácula de Tod Browning de 1931, nada menos que con Bela Lugosi repitiendo papel, pero Universal no permitió que Columbia utilizase al personaje de su propiedad, por lo que aquí el vampiro aparece bajo el nombre de Armand Tesla.

El film a pesar de todo, recrea la atmósfera de las películas de la Universal, pero el guión de Kurt Neumann -director de La mosca (1958)- propone una operación extraña: la de situar la historia en el presente inmediato, cuando Alemania bombardea Londres. Una idea interesante.

La novela de Bram Stoker, publicada al final del siglo XIX, en 1897, oponía al vampiro y su folklore a la modernidad, a la ciencia de Van Helsing, a los seminales gadgets que utilizaban éste, Seward y la ‘nueva mujer’ que representaba Mina. En las versiones cinematográficas hemos necesitado de un vampiro casi medieval para poder creer en el mito, pero en la esencia de la idea de Stoker estaba esa oposición entre ciencia y leyenda.

En esta cinta dirigida por Lew Landers, apelar a un terror real como las bombas nazis desactiva a los monstruos clásicos: un Bela Lugosi envejecido y su hombre lobo esbirro, que encima habla, Andreas (Matt Willis) aparecen como terrores inocentes, de otra época.

Si Nosferatu (1922) parece predecir el nazismo y el Drácula de 1931 servía para distraer al espectador de la Gran Depresión, La sombra del vampiro despide los terrores fantásticos ante la necesidad acuciante de enfrentar los reales. El escéptico policía Sir Frederik (Miles Mander), es incapaz de darle credibilidad a los monstruos y rompe la cuarta pared para preguntarle al público si este es capaz de creer en ellos.

Abbott y Costello contra los fantasmas (1948) es el epílogo de los monstruos de la Universal. La pareja de cómicos consigue reunir a Drácula, el Hombre lobo y la criatura de Frankenstein en una sola película, pero, más importante, interpretados por los actores que los hicieron famosos.

Ahí está Bela Lugosi como el vampiro, Lon Chaney Jr. como el licántropo, y solo faltó Boris Karloff como el monstruo. Le sustituye Glen Strange, que ya había dado vida a la criatura en La mansión de Drácula y La mansión de Frankenstein. Estos elementos son el gran atractivo de la cinta, porque la comicidad de Abbott y Costello parece haber perdido vigencia con el paso del tiempo: los tics y las muecas del segundo solo harán gracia a los que estén familiarizados con su humor.

Precisamente, hacer comedia con los monstruos que hace una década eran aterradores certifica la necesidad de su renovación. Las mejores escenas, claro, son las que presentan a todos los monstruos reunidos, en momentos que son pura serie B, convertido Drácula en un mad doctor deseoso de utilizar al monstruo de Frankenstein en sus planes diabólicos y con el hombre lobo, de nuevo, como un antihéroe trágico.

El vampiro (1957) es una sorprendente película mexicana, heredera del blanco y negro expresionista de la Universal, con unos atmosféricos decorados cubiertos por la niebla, pero que prefigura el enérgico y violento Drácula al que dará vida Christopher Lee un año después para la Hammer.

El director, Fernando Méndez, fabrica imágenes de indudable fuerza y hasta inquietantes, pero el guión roba la mayoría de sus ideas de El hijo de Drácula (1943) de la que es prácticamente un remake, agregando una subtrama de enterrados en vida que no aporta demasiado. Con un tono de melodrama y diálogos antinaturales, molesta sobre todo el tono sarcástico del ‘héroe’ un escéptico médico que se toma todo a broma. Por suerte, Méndez parece aportar el imaginario sobrenatural mexicano a la estética del vampiro, con fantasmas, apariciones y utilizando a los indios como sirvientes del conde húngaro que interpreta Germán Robles, que se adelanta a Lee mostrando sus colmillos.

Así, sorprende encontrar en México la película ‘bisagra’ entre Universal y Hammer. La cinta, por cierto, contó con una secuela, El ataúd del vampiro, también dirigida por Fernando Méndez y con German Robles repitiendo como el no muerto. Atención también a la publicación en el Festival de Stiges 2020 del libro ¡A mordiscos! sobre la vida de Robles, firmada por Jesús Palacios.