Dog soldiers, Robert Stone (Malas Tierras, 2019)

DogSoldiers-Indienauta

Lectores y lectoras, tenemos nueva editorial «en la oficina». Se hace llamar Malas Tierras —las coordenadas claras, de Terrence Malick a Bruce Springsteen, el nombre es difícil de batir—, y augura el comienzo de una «gran amistad». Porque el arranque, con Chris Offutt en segundo lugar —pronto también por esta sección— no podría ser más potente: recuperar Dog soldiers, la obra más celebrada del escritor y periodista Robert Stone, nueve años después de aterrizar en España gracias a la tristemente extinta Libros del Silencio. La que quizás sea «la NOVELA» sobre el reverso o, directamente, el final del «Sueño Americano».  

Nacido en Nueva York en 1937 y fallecido en Cayo Hueso, Florida, en 2015, Robert Stone escribió ocho novelas, entre las que destacan títulos como Una galería de espejos, Hijos de la luz o Banderas al amanecer, dos libros de relatos y otros dos de memorias, una de ellas Recordando los sesenta, también publicada por Libros del Silencio. Pero, sin duda, Dog soldiers, aparecida originalmente en 1974, es su obra más recordada, ganadora del National Book Award, incluida en la lista de las 100 mejores novelas del siglo XX de la revista Time, y llevada al cine en 1978 por Karel Reisz, con Nick Nolte en uno de los papeles protagonistas. Una novela que cimentó la reputación de Stone como cronista de la contracultura —además de su amistad con iconos como Ken Kesey o Neal Cassady— gracias a su funesta a la vez que cáustica mirada de una época marcada por la guerra de Vietnam y la resaca del «Verano del Amor» californiano, y cuya banda sonora no han compuesto ni los Beach Boys ni los Jefferson Airplane. Sino Nietzsche al mando de los Ángeles del Infierno en Altamont.

Y es que, sobre el papel, Robert Stone nos está contando una historia, criminal y con tintes negros —también en su pérfido sentido del humor— sobre las consecuencias, no sólo del conflicto bélico en Asia, sino de unos Estados Unidos en demolición, entre la enajenación y la confusión más absoluta, la que provoca la derrota, la droga y, sobre todo, la corrupción moral. La acción de Dog soldiers arranca en Saigón —a.k.a. Satanás—, donde la contienda, aún en sus nebulosos estertores finales, todavía provoca «infiernos cotidianos» en la Tierra. Ahí, John Converse, periodista y escritor sin mucho futuro —inicial trasunto del propio Stone, enviado a Vietnam en 1971 como corresponsal—, convence al marine Ray Hicks para que le haga de «transporte» y entregue tres kilos de heroína a su esposa Marge en California. Huelga decir que todo va a salir mal. Rematadamente mal. Tan mal que el relato rápidamente se transforma en una radiografía de la descomposición de un país y la de toda una generación.

Porque en Dog soldiers Stone no deja títere sin cabeza en el «regreso a casa» tras la guerra de Hicks, un subgénero literario y cinematográfico más norteamericano que la hamburguesa.  Drogadicción perpetua, fugas desmoralizadas, ultraviolencia, corrupción policial, judicial y empresarial, hippies iracundos, sicarios, Hollywood trasnochado, mentores espirituales en evidente declive… y una persecución tan demente como reveladora por el «estado dorado». Como si Robert Stone, a través del elenco de sus personajes centrales y secundarios, tan implacables como tratados de forma inmisericorde por su autor, quisiera derribar a todos los estamentos custodios del discurso y los valores de la Land of the free, aqui irreversiblemente arrasados y enganchados. Converse, la prensa libre, ridiculizado en su fracaso tornado en insensato hastío vital. Marge, la familia-hogar, convertida en irresponsable yonqui. Hicks, el servicio y la rectitud militar-zen, corrompido y salvaje. O como si hubiera decidido transcribir el imprescindible «Monólogo de la ola» de Hunter S. Thompson al formato novela mediante una trama endiablada —no os preocupéis, que de la traducción al castellano, revisada, se encargan Mariano Antolín Rato e Inga Pellisa, más garantías imposible— y un poso de amargura incuestionable. Es, en definitiva, la autopsia, furibunda y corrosiva, de la caída de América. «And I wonder, still I wonder, Who’ll stop the rain», que cantaban los Creedence

La alucinación convertida en paranoia o, en palabras de Rodrigo Fresán en su prólogo, mejor dicho la clase magistral, «una novela-accidente-automovilístico» —no queremos verlo, ni podemos dejar de leerlo—, Dog soldiers va sin frenos por una carretera hacia el absurdo y la autodestrucción. Un viaje repleto de verdadero «Miedo y Asco», en mayúsculas y con sobredosis de heroína, en el que el trayecto-historia es el puro reflejo de la desolación humana. Traumatizada por el horror causado en el sureste asiático —de Vietnam no se vuelve, Vietnam va contigo a todas partes, por favor atentos a ese acongojante encuentro de Converse con su madre—. Desengañada por siempre jamás. Adicta al «Conejo Blanco». Extraviada sin remedio. Y, enfrascada en asuntos más que turbios porque … ¿por qué no? Algo hay que hacer cuando ya nada tiene sentido y uno busca un motivo para seguir viviendo. Sencillamente brutal.

Cuarenta y cinco años después, Dog soldiers no ha perdido un ápice de su fuerza. Es más, leyéndola hoy, a uno no deja de venirle a la cabeza, cual insidioso soniquete, ese condensado de sabiduría popular que es el «de aquellos polvos —blancos, por supuesto—, vinieron estos lodos» —cínicos, bufonescos y tuiteros, ejemplificados en el actual inquilino del Despacho Oval—. Lectura absolutamente obligatoria.