El fanático del baloncesto que es un servidor tenía una editorial y uno de sus últimos libros entre ceja y ceja: Ediciones JC y Dios, patria, rey. La NBA según David Stern, de Sergio Rabinal. Una suerte de biografía no oficial de una de las tres personas, en palabras del propio autor, sin las que no puede entenderse este deporte junto a, ojo, James Naismith —su creador— y Michael Jordan —su icono—. Porque hablamos del comisionado de la NBA durante tres décadas (1984-2014). El hombre que movió, dirigió y transformó los hilos de la canasta norteamericana —y, de paso, las de todo el planeta basket— en la época moderna. 

Nacido en Zaragoza, Sergio Rabinal Vera es licenciado en Historia y, desde 2018, productor de contenido en las ediciones en español de The Sporting News —lo que equivale a decir la página oficial de la NBA en Latinoamérica y nuestro país—, además de otras colaboraciones con diversos medios. En su ya notable experiencia, ha cubierto eventos internacionales como dos All-Stars, el Basketball Without Borders o el NBA Paris Game, entre otros. Dios, patria, rey es su primer libro.  

Como buen historiador metido a periodista, el enfoque de Rabinal es ordenado y minucioso —en ocasiones, ¿quizás hasta el exceso para el no versado en la materia?—. Pero, sobre todo, es valiente y necesario. ¿Cuánto interés puede tener la figura de Stern, un grisáceo y encorbatado businessman, para los amantes del más excitante de los deportes? La respuesta debiera ser muchísimo. Porque su libro, armado con profusión de referencias, rescata de las catacumbas trascendentales reuniones confidenciales, secretas operaciones claves, negociaciones opacas. Unas bambalinas del negocio que hacen aflorar una influencia enorme, incalculable. Uno no es el comisionado más longevo de la historia de la NBA por nada…

En ese sentido, más que una biografía de David Stern, Dios, patria, rey es una obra sobre legado, relato e imagen. Y es que la trayectoria del abogado y empresario neoyorquino, fallecido el 1 de enero de 2020, es también la crónica de una competición en serio peligro de extinción —o, al menos, mortal irrelevancia— convertida en potentísima marca global cuyo valor hoy se sitúa próximo a los 75 billones de dólares. Crecimiento exponencial liderado por su quinto comisionado, una figura poco reconocida, acusada de fría e implacable públicamente, incluso vilipendiada —a veces, con razón—. No obstante, absolutamente fundamental. 

Sin entrar —no tendría sentido— en el terreno personal, Rabinal desgrana brevemente la adolescencia, pronta entrada en contacto con la Liga —en 1966, como asesor legal externo, combinación de amor por el baloncesto y abogacía— y rápido ascenso de David Stern, siendo el segundo del comisionado Larry O’Brien, a quien sucedió el 1 de febrero de 1984. Quedaba al frente de una liga amenazada y vista en diferido. Varias de sus entonces 23 franquicias estaban en serio riesgo financiero. Los ingresos de la competición eran muy bajos —también los televisivos—. Igual que su perfil mediático, deteriorado por los estigmas de la violencia y las drogas —interesante apunte racista que esconde esta imagen pública—. Muchísimo por hacer.  

Ayudado por la renacida rivalidad entre Celtics y Lakers, Bird y Magic, a los que se unieron una colección de jugadores legendarios —Ewing, Malone, Barkley, Olajuwon, Drexler, Thomas…— capitaneados, claro, por Jordan, Stern creó un star-system —de hecho, bajo su administración se reinventó el All-Star Game— atractivo para público y medios. El nuevo rostro inmaculado y titánico —vendrían también los códigos de conducta y vestimenta, reventados momentáneamente por el infame «Malice at the Palace»—, la materia prima, para negociar no solo con las televisiones nacionales. Si no para exportar la NBA allende sus fronteras. Nacía «el Disneyworld de la pelota», que alcanzó otra dimensión a partir del imborrable Dream Team de los JJ.OO. de Barcelona 92. Aunque se opuso inicialmente, David Stern comprendió el potencial único del escenario para mostrarle al mundo la grandeza de su Liga. 

Y es que su mandato es el de la consolidación y expansión de la NBA. Gracias a las renovaciones al alza de los contratos televisivos, pudo centrar sus esfuerzos en extender la Liga dentro y fuera de EE.UU.. Así, llegaron nuevas franquicias, pisando territorio canadiense o relocalizándolas —de las áreas más turbias de su gestión—. E internacionalmente, tomó osadas decisiones comerciales —me falta alguna pincelada sobre el mercado chino y el fenómeno Yao Ming—, abrió la competición a jugadores foráneos —incluso del otro lado del «Telón de Acero»— y, entre otras actividades, instauró los encuentros internacionales. De regalar highlights a cualquier cadena interesada, a dejar una NBA retransmitida en más de 200 países y 40 idiomas al retirarse. Y donde los cuatro últimos MVPs provienen de Grecia y Serbia

Aún hay más que destacar en Dios, patria, rey. Porque Rabinal no rehúye el lado corporativo del asunto, lo que es una decisión loable, por arriesgada, ya que entramos en terrenos harto farragosos. La adopción del tope salarial. La remodelación del draft. Los diversos lockouts y las durísimas negociaciones con el sindicato de jugadores. No son páginas sencillas para el lector. Sin embargo, sirven para mostrar los claroscuros de la denodada labor de Stern, cuya zozobra se sitúa en el nuevo milenio con el escándalo del caso Donaghy —apuestas y sospecha de amaño de partidos—, junto al comentado «caos franquiciado» de las relocalizaciones —se trata el deplorable «Sonicsgate», pero apenas se menciona otros espinosos procesos como los de Hornets-Bobcats, Wolves, o Grizzlies—. Borrones que no pueden tapar las incontestables cifras y logros de un tipo que cambió el baloncesto… sin anotar una canasta.