En la amplia filmografía de Ridley Scott encontramos de forma recurrente la figura de un hombre poderoso pero anciano: el Peter Weyland que se adivinaba en Alien (1979) para hacerse presente en Prometheus (2012) y Alien: Covenant (2017); el doctor Eldon Tyrell de Blade Runner (1982); el emperador romano Marco Aurelio de Gladiator (2000); el deforme Mason Verger de Hannibal (2001). Todos ellos poseían una inmensa riqueza y por tanto un poder casi infinito que, sin embargo, nunca era suficiente. Estos personajes mueven los hilos de las tramas de sus respectivas películas, en una búsqueda que se puede resumir en el temor ante la muerte próxima. Persiguen la inmortalidad a través de experimentos genéticos, de tocar a los dioses, de replicar la vida, vengarse, restaurar la República o confiar su imperio a una nueva generación familiar. A esta galería se incorpora ahora Jean Paul Getty, personaje real, empresario estadounidense, que aspiraba a estar entre los emperadores romanos de los que se creía descendiente.

En Todo el dinero del mundo, ese personaje poderoso que había permanecido en la sombra en la obra de Scott, da un paso adelante, pasa a primer plano, lo que da una idea de la magnitud del cambio que ha tenido que llevar a cabo el director británico para reemplazar a Kevin Spacey -todos conocemos ya el cotilleo- por un Christopher Plummer nominado al Oscar. La efectividad de Scott en volver a rodar una parte tan importante de su película da buena cuenta de su oficio como cineasta. El autor de Thelma & Louise (1991) lleva casi toda su carrera produciendo estupendas películas -rara vez son malas- que por milímetros no son obras maestras. Esta que nos ocupa me parece de las más sólidas que ha hecho recientemente. Una intriga absorbente, en la que Scott dirige con su habitual elegancia y pulso, consiguiendo momentos de gran tensión. Michelle Williams esta fantástica como la madre coraje del asunto y el francés Romain Duris parece salido de un policíaco italiano de los 70. Está soberbio como Cinquanta. Se diluye bastante, sin embargo, un Mark Wahlberg que durante todo el metraje parece estar a punto de liarse a hostias para resolver el secuestro de un niño rico cuyo abuelo es demasiado tacaño. Scott cuenta todo esto con garra y se las arregla, además, para hablarnos de dinero -de mucho dinero- pero sobre todo de lo que significa: poder, corrupción y avaricia. Complicado pedir más.