Que George Saunders se convierta en un pequeño fenómeno literario y que un libro de relatos sea finalista del National Book Award, o que en España alcance una rápida segunda edición en menos de un año, aupada por las excelentes críticas y el boca-oreja, son motivos de celebración. Lo mismo se puede decir de la decidida apuesta de la editorial Alfabia por el autor norteamericano –anuncian la publicación de su obra completa hasta la fecha, ya empezamos a salivar– muy lejos de las modas y estilos del “gran público”. Saunders es un escritor singular, dueño de un universo e idiosincrasias absolutamente propias.

Quiénes reímos, alucinamos y sobre todo, devoramos Pastoralia o Guerracivilandia en ruinas años ha, no nos hemos visto sorprendido por este Diez de diciembre, compilación de varias historias que habían visto la luz en diversas revistas norteamericanas entre 1995 y 2007. Bueno, esto sería solo parcialmente cierto. Digamos que YA sabíamos que Saunders nos iba a sorprender con cada relato. Lo que el lector nunca sabe es CÓMO lo va a lograr esta vez. El escritor de origen tejano dinamita y juega con los géneros literarios y el estilo narrativo a su antojo.

La infancia, la posición social, el trabajo, las neurosis de una vida a toda prisa, y algunos temas de ámbito más social y de actualidad son los temas que imperan esta colección de historias, pero siempre recibiendo su tratamiento de shock, deformante y grotesco. Pero detrás del surrealismo se esconden no pocos dardos acerca de la absurda existencia humana. Servirse de un mundo retorcido, con un sentido del humor tirando a negro “pozo sin fondo”, a menudo distópico y con querencia por la ciencia ficción, para hablar de cuestiones bien prosaicas y humanas. Como si su admirado Raymond Carver hubiera vivido en la era de Internet e hiciera de los parques temáticos –parece que su lugar predilecto– su particular entorno doméstico.

Así, en Diez de Diciembre, tenemos de todo. Una pieza breve y profundamente lírica como Palos, junto a una elaborada, incluso probablemente en exceso, “ida de olla” made in Saunders, como el relato que titula y cierra el libro, que nos hablan de la muerte, la agonía y la volatilidad de las cosas. Luego tenemos dos ejemplos del uso de diferentes voces y el monólogo interior. Primero en Vuelta de Honor, donde tres personajes –una adolescente relamida, su secuestrador y el vecino testigo del crimen– entrecruzan sus muy diversas, y por fuerza, chocantes, actitudes, pensamientos y en última instancia, acciones de forma brillante. Y luego en el quizá menos destacable Cachorro, donde las elucubraciones de dos mujeres acerca de comprar y vender un perro para sus hijos se mezclan con la perversa realidad de un chico discapacitado atado a un árbol. Nada es lo que parece y todo duele, avisamos.

Después, tenemos al Saunders más “reconocible”. Hay un par de paseos por un mundo laboral tan cómicamente aterrador como extrañamente familiar. En Exhortación, malévolo comunicado de empresa interno –no es la primera vez que usa este ¿formato? ¿género?– que descoloca al lector gracias a una terrible elipsis –no haremos spoiler–; y posteriormente, en Mi debacle como hidalgo, el regreso de Saunders a sus queridos parques temáticos, este con cruel fondo y forma –seguimos sin hacer spoiler– medieval. Y junto al trabajo, el mundo del futuro, que en Escapar de la cabeza de Araña adquiere tintes de denuncia a la extrema deshumanización de las prácticas corporativas en la búsqueda del beneficio, mediante el uso de cobayas humanas para experimentar con drogas que ayuden a controlar el enamoramiento. Casi como si la maravilla ideada por Charlie Kaufman y Michael Gondry en Olvídate de Mí hubiera caído en manos de los nazis.

Me he dejado lo mejor para el final. El seco y durísimo A Casa, donde un joven veterano de guerra –nótese la incongruencia– vuelve a su país para descubrir como su entorno esta tan o más condenado que el lugar que ayudó a esquilmar. Eso sí, con sardónica implacabilidad todo el mundo agradece los servicios prestados allá donde va. Socarrón y liviano en comparación resulta Al Roosten, en el que el humor predomina para hacer más digerible la neurosis del pobre Roosten, obsesionado por lo que otros dirán y pensarán sobre él. Finalmente, y gravitando de nuevo sobre la angustia por el estatus social, encontramos Los diarios de las Chicas Sémplica –joya de la colección para quien escribe–. La forma, esa peculiar manera de hablar/escribir, tan reveladora a medida que el relato avanza, al perfecto servicio del fondo, una espeluznante crónica de la ingenuidad, el equívoco anhelo de crecimiento “social” y lo burdo, diabólico de los valores materialistas, con el brutal trasfondo de la inmigración ilegal por medio. Absolutamente brillante.

Puede que no sea plato para todos los gustos –con más razón, pues, debemos saludar su repentino éxito–. Puede que sea imperfecto, incluso a veces caótico, inaprensible. Pero con mucha más frecuencia, George Saunders es también un autor lúcido, siempre atrevido y original. Érase una vez un cuentista sin miedo. Érase una vez un cuentista con mucho que contar.