Algunas obras se salen fuera de lo común y algunos autores, quizás sin quererlo, marcan un punto y aparte, un camino a seguir para su generación. Es el caso de este peculiar Deseo que venga el Diablo, que nos llega, con más de un siglo de retraso, de la mano de Seix Barral. Allá por 1902, esta especie de diario que recoge las andanzas de la jovencísima Mary MacLane —apenas contaba 19 años— conmocionó a sus coetáneos. Publicada con el nombre de La Historia de Mary Maclane —nótese la censura de la época— consiguiendo vender 100.000 copias en un solo mes. ¿Qué hizo que la historia de esta primeriza escritora fuese tan impactante?

Pues aunque me temo que parte del misterio seguirá irresoluto, principalmente su audacia y atrevimiento. Formalmente, Deseo que venga el diablo tiene una estructura de diario, la intimidad de apenas tres meses de la vida de MacLane, pero no son unas memorias privadas al uso, desarrolladas a posteriori de haber sido publicada y, en mayor o menor medida, conocida. Sino que la autora lo concibió con la idea expresa de ser aireado al mundo. MacLane, que no tiene reparos en describirse como un genio, de condición femenina y para quién el mundo no tenía parangón, anhelaba mostrar, describir su vida, su pueblo minero de Butte, Montana, y sus sentimientos al detalle. Un exhibicionismo más propio de la era de las redes sociales que de principios del siglo pasado. Ya veis, adictos al selfie y al Facebook. Encima de pesados no sois nada originales. MacLane era una bloguera empedernida y locuaz antes que vuestros tatarabuelos aprendieran a escribir.

Así, entre sus páginas descubriremos a una mujer independiente, liberal, bisexual y feminista, que ansiaba, por encima de todo, ser escritora y obtener reconocimiento por su brillantez literaria. Aunque algo reiterativa y con un tono en ocasiones excesivamente poético, el libro convence por su explosiva fuerza narrativa, sin duda el aspecto más sorprendente de la obra, y que radica en su odio e insolencia, que hicieron sonrojar a la pequeña comunidad donde residía y a todos aquellos que la leyeron en la época. La joven autora no tuvo miramiento alguno en gritar a pleno pulmón que ella no había nacido para ser del montón, que se negaba a tener una vida regida por los dictámenes sociales y que deseaba con toda sus fuerzas que el “Diablo” —todas las mayúsculas son suyas— le trajese la “Felicidad” y la rescatase de su insulsa comunidad. Tremenda desfachatez e irreverencia para la época en que fue escrito, claro.

Aunque claro, en la vida todo tiene dos caras, y esta misma mujer libre de ataduras, desinhibida y tenaz, viene también acompañada de un relato marcado por la amargura, el desasosiego y la frustración. Frustración por verse atada a la vida de una comunidad que no suponía ningún aliciente para ella, una familia que no la comprendía, y una existencia que no parecía depararle mucho más que, en sus propias palabras, la “Vaciedad”, el transcurso ramplón de los días, la monotonía, la “Nada”, en contraposición al Diablo, la Felicidad, su vía de escape, tan deseable y poco alcanzable a la vez. Sueños contrapuestos a una rutina aplastante y alienante. ¿No suena familiar?

Pero es en el epílogo donde nos encontramos la estocada final, un demoledor mazazo en forma de reflexión desolada de la propia autora nueve años después, a los 28 años. MacLane consiguió publicar su “Retrato”, alcanzó la fama y el éxito económico como ambicionaba e hizo saber al mundo que ella era una genuina escritora. Pero ni la celebridad, ni el dinero, ni el reconocimiento le trajeron la Felicidad, siendo casi incapaz ya de reconocer a la Mary MacLane adolescente de las páginas anteriores ahora que ha visto mundo y, se ha decepcionado con él. Con todo —ya en las últimas páginas— vemos una voluntad indómita, ya que promete continuar escribiendo con su insolencia por bandera, cosa que haría —publicó tres libros y llevó una columna de opinión en el New York Tribune— hasta su muerte en extrañas circunstancias a los 48 años en un hotel de Chicago.

En definitiva, Mary MacLane fue una singular pionera en su época. Alguien que se propuso labrar su propio camino, hacer lo que le apeteciese y cambiar mentalidades. Una activista de la escritura femenina que, cien años después sigue teniendo vigencia.