El famoso creador de la inacabable Los Simpson, Matt Groening, propone en (Des)encanto una extensión de su humor paródico, referencial y mordaz. Los tres elementos están de nuevo presentes en esta nueva serie para Netflix, que se postula como una mirada divertida de la fantasía medieval, desde El señor de los anillos a Juego de tronos. Recordemos que, en sus inicios, la serie sobre la familia de Springfield comenzaba siendo la versión animada de una sitcom costumbrista y Futurama se aprovechaba de todos los tópicos posibles de la ciencia ficción, parodiando, sobre todo, a Star Trek. Los Simpsons abandonó -tras varias temporadas- la obligación de contar una historia en cada episodio, dándole prioridad al sketch, con constantes guiños a la cultura popular -mecanismo copiado y llevado al límite en Padre de familia-; Futurama aprovechaba que su historia se desarrollaba en el futuro para comentar la actualidad estadounidense. Esta tercera serie de Groening plantea, entonces, una ficción que exige al espectador un conocimiento menor de lo que pasa en EE.UU, al desarrollarse en un universo de ficción fuera del tiempo y con menos posibilidades para generar referencias sobre la vida real. Rápidamente podemos detectar el espíritu desmitificador de Monty Python y los caballeros de la mesa cuadrada (1975), de La princesa prometida (1987), pero sobre todo de la soez Caballeros, bestias y princesas (2011). Groening y Josh Weinstein se permiten aquí algo más de manga ancha en los chistes en cuanto a sexo y violencia. La historia está protagonizada por dos personajes “desencantados”, una princesa que no quiere casarse, Bean (Abbi Jacobson) y Elfo -en español en el original- (Nat Faxon), un elfo que está harto de ser feliz. Así, el rasgo principal de estos ‘héroes’ es sentirse fuera de lugar, lo que los emparenta con Lisa Simpson y Phillip J. Fry. Ambos están acompañados por un demonio, Luci (Eric André) -de interesante diseño bidimensional-, que se supone maligno, pero que no acaba de funcionar. Le falta mala leche. (Des)encanto comienza fría, pero capítulo a capítulo va calentando motores, encontrando su tono y desarrollando a unos personajes que pueden dar mucho más. Estos 10 primeros episodios no están mal, acaban en la mejor parte, y queda la promesa de mejorar, según se vaya desarrollando la serie. Habrá que esperar.

El primer episodio, A Princess, an Elf, and a Demon Walk Into a Bar, es sin duda divertido, tiene el ritmo de chistes constantes de Los Simpson y Futurama, pero sigue fielmente un argumento: se presenta la novia a la fuga que es Bean, su encuentro con el malvado demonio Luci y el cruce de destinos con Elfo, quien huye a su vez del reino feliz de sus congéneres y descubre un nuevo mundo de miseria e injusticia. Esta primera entrega, además, queda abierta en un cliffhanger que promete su continuación en el siguiente episodio, por lo que Groening pisa un terreno diferente, el de una historia de mayor extensión. Hay que decir que la duración, algo superior, a la de Futurama y Los Simpsons, se nota cuando el relato acusa cierto agotamiento. Los chistes están bien, pero parece que a la serie le falta rodaje para afinarse del todo. Apuntemos sorprendentes momentos como la vida sexual de Elfo, cómo sus piernas se estremecen cuando está a punto de ser ahorcado, cuando clava un cuchillo en el ojo de un troll, el que boxee con los testículos de un hombre con kilt, la referencia sutil a Juego de Tronos, y el mejor chiste: esos campesinos aplastados por el sistema feudal que llevan muy mal recibir cumplidos.

El segundo episodio continúa la historia y se centra en la boda de Bean con el príncipe Merkimer -un muy gracioso Matt Berry-, que ella intenta evitar a toda costa, organizando una despedida de soltero mortal con sirenas. Siendo el humor un asunto meramente subjetivo, los chistes no me parecen especialmente afortunados, aunque se suceden sin descanso: lo mejor, las perrerías que sufre Elfo por la idea de que su sangre tiene poderes mágicos. El tercer capítulo tiene algo más de interés al contarnos cómo Bean se entrega a una vida disipada de alcohol, drogas y crimen que lleva al rey Zog (John DiMaggio) a pedir ayuda a un exorcista. Hay buenas ideas, pero el tono de cada capítulo no está del todo claro y, sobre todo, los personajes no acaban de definirse. Este defecto queda claro en la cuarta entrega, Castle Party Massacre, que parte de una premisa estupenda: la princesa Bean aprovecha la ausencia del rey para montar una juerga en el castillo con el único fin de pillar cacho. El planteamiento se desperdicia porque el argumento no se decide entre apostar por los personajes o por el gag. La primera vía habría sido explorar la soledad que Bean intenta ahogar en alcohol y sexo, o desarrollar a Elfo, quien, enamorado de la princesa, encarna al clásico nerd incapaz de ligar; la segunda opción era acumular chistes costumbristas sobre el ocio nocturno, y parodiar películas sobre el tema: hay una referencia a las orgías de Eyes Wide Shut (1999), lamentablemente estirada, y sin cargar las tintas; en Los Simpson habríamos escuchado la Musica Ricercata de György Ligeti para apuntalar el guiño. Como he dicho, el argumento se queda entre dos aguas y la subtrama, la cura que recibe el rey Zog, parece muy poco trabajada.

El primer episodio redondo de la serie se acuerda de Russ Meyer, Faster, Princess! Kill, Kill! funciona mucho mejor centrándose en el personaje de Bean y en un conflicto claro: la chica no tiene arreglo. El prólogo en el convento es estupendo -brillante la idea de que Bean no puede seguir el ritmo de las monjas-, la escena en la casa de los pobres tiene mala leche, que la princesa se convierta en aprendiz de verdugo nos hace pensar en Berlanga y Azcona, y por último, una versión malvada de Hansel y Gretel da lugar al humor más negro de toda la serie. El mejor episodio. A continuación, otro capítulo soso, pero que al menos sigue la tendencia del anterior: el argumento se enfoca en el personaje de Bean y en la búsqueda de su lugar en la vida, en su familia y en el reino de Dreamland. Lo mejor es verla como embajadora en un país extraño y la escena en la que todo se va al garete porque la princesa vuelve a emborracharse. Hay un guiño, además, a The Wicker Man (1973). El siguiente capítulo, Love´s Tender Rampage, sin embargo, elige no seguir un hilo de acción, sino que va cambiado de escenario: los protagonistas están primero en un bar, luego duermen la borrachera en la calle, aparecen en una fosa común, prueban drogas alucinógenas en un local, Bean envía a un grupo de caballeros en una peligrosa misión, un cerdo necesita ayuda para ligar, etc. Todo esto funciona porque cada situación es divertida y el constante salto de una a otra nos mantiene entretenidos. Pero sobre todo brilla un nuevo personaje, verdaderamente entrañable, el de la giganta Tess (Jeny Batten).

The Limits of Inmortality propone una incursión en el género de aventura fantástica, cuando los protagonistas deben viajar para rescatar a Elfo, que ha sido secuestrado por los poderes mágicos de su sangre. Un frasco mágico sirve de McGuffin y se recuperan lugares y personajes de otros capítulos, como las brujas o el exorcista. Este planteamiento de aventura -se vienen a la cabeza varios momentos de las películas de Indiana Jones- funciona bastante bien, mezclándose con chistes ingeniosos: la madre que acompaña a uno de los caballeros; la tienda de souvenirs para ser arrojados por el precipicio del fin del mundo; o ejemplos del humor típico de Los Simpson, como ese caballo que ríe, convertido en running gag. La historia continúa en el siguiente episodio, The Thine Own Elf Be True, que explora el pasado de Elfo y plantea un misterio sobre su verdadero origen. Todo un acierto regresar al pueblo de los elfos, parodia de los duendes de Papa Noel y de los personajes infantiles más ñoños. Se descubre también un secreto del pasado de Bean que tienen bastante interés, que acaba en sorpresa y en otro cliffhanger. La historia continúa en el siguiente -y último- episodio de esta primera parte. Dreamland Falls se centra en un personaje que vuelve del pasado en una historia de secretos, traiciones e intrigas palaciegas.

Más allá de los chistes, el interés del argumento es plantear una serie de incógnitas sobre los personajes, pero también sobre el futuro de la historia: ¿Qué ha sido de Elfo? ¿Quién es el misterioso personaje del pasado? ¿Quién es Bean? ¿Caerá Dreamland? Habrá que esperar a la segunda parte para saberlo. Por cierto, atención al frame de este capítulo en el que aparecen los personajes de otra serie de Groening en una máquina del tiempo.