En una juguetona referencia a 2001: Una odisea del espacio (1968) el niño que representa al asesino psicópata Jeffrey Dahmer contempla los pequeños huesos de una zarigüeya y los lanza hacia el cielo, como cuando el prehistórico Moonwatcher hacía lo mismo con un hueso que había convertido en arma tras su repentino salto evolutivo en la película de Kubrick.

¿Quieren decir con esto los creadores de la serie que el asesino psicópata está un peldaño por encima del homo sapiens? Esta sería la misma socarrona teoría que esgrimía Quentin Tarantino en el guión de Asesinos natos (1994) de Oliver Stone. Sea como sea, esta ficción creada por Ryan Murphy e Ian Brennan sí que establece que Dahmer es un depredador de hombres que no puede evitar cazar -y alimentarse- de sus presas, igual que un lobo o un león obedecen sin remedio a su naturaleza.

Habría sido muy fácil reflejar en la serie a Jeffrey Dahmer como la pura encarnación del mal. Sus crímenes son terribles e incluyen desmembramientos, necrofilia y canibalismo. Y cosas peores. Pero el argumento, lejos de centrarse en los detalles más escabrosos de estos crímenes -tampoco los evita- dedica gran parte del metraje de sus 10 episodios a mostrarnos cómo Jeffrey Dahmer, al que da vida un fantástico Evan Peters, tiene grandes dificultades para adaptarse a la vida en sociedad.

Lo terrorífico de este asesino en serie -que mató a 17 personas entre 1978 y 1991- es su forma de ver al otro, a sus víctimas: son como objetos sin vida. Dhamer ve la muerte que hay en todos nosotros. Obtiene placer -sexual- poseyendo cuerpos inertes, ya sean maniquíes o seres humanos. La serie nos dice que nunca sabremos qué ha hecho así a Dahmer, y propone al asesino como un ser incapaz de contener esos instintos depredadores.

Lo más interesante que plantea la serie es que el propio Dahmer se dé cuenta de que es diferente y se interrogue sobre ello e incluso busque ayuda en los demás. ¿No nos preguntamos todos por qué somos como somos? Para entender mejor al protagonista principal, el argumento propone también verlo desde fuera. El segundo personaje en importancia es el padre de Dhamer, interpretado por un soberbio Richard Jenkins, cuya mirada de hombre mediocre y gris produce una mezcla de piedad y rechazo. Lionel Dahmer ve a su hijo con una mezcla de amor, repugnancia, horror y culpa ¿Cuál es su responsabilidad en que Jeffrey se haya convertido en un monstruo? El guión explora la infancia del asesino y apunta a ciertos elementos familiares -el divorcio de los padres, el abuso de medicación de la madre- y sociales: Dhamer era rechazado por sus compañeros de colegio e instituto, no tenía amigos. Pero la serie denuncia también cierta crueldad aceptada socialmente: las disecciones de animales en las clases de biología; la forma en la que el padre ensarta una lombriz en un anzuelo intentando que siga viva -como un zombi- para que atraiga a los peces. ¿Cuál de todos esos factores ha sido decisivo en la gestación de su instinto asesino?

Dahmer no es un slasher. No es una sucesión de crímenes, de escenas sangrientas y gore que apelen al morbo del espectador. Es la disección de la personalidad de un perverso asesino desde todos los puntos de vista posible. Cada capítulo nos muestra cómo se ve al criminal desde fuera y cómo afectan sus crímenes a los que están a su alrededor.

Vemos las dudas del padre, de la madre, pero también es un personaje importante esa vecina (Niecy Nash) que siempre sospechó de él. Un personaje antipático, chivato, que se pasa la vida viendo la tele, pero que, armada con su moral aprendida de Oprah y Geraldo, es la única con sentido común. Una Casandra afroamericana. La serie critica abiertamente la ineficacia policial, el tratamiento mediático de la noticia, o que Dahmer reciba cartas -¡Y dinero!- de sus fans.

Murphy y Brennan hacen una panorámica desencantada de la sociedad estadounidense y de su tendencia a convertirlo todo en espectáculo, tema que conecta con ¡Nop! (2022) de Jordan Peele. Pero sobre todo, esta ficción se interesa por las minorías, por los marginados sociales y los diferentes. Tema presente en muchas de las series producidas por Murphy, nos encontramos con el retrato del colectivo gay, de las minorías raciales como los afroamericanos, e incluso se nos presenta un episodio desde las perspectiva de una persona con una discapacidad auditiva.

El asesino psicópata que es Jeffrey Dahmer no solo se aprovecha de que a nadie le importen las víctimas de estos colectivos, sino que parece decirnos que él también es un condenado por ser diferente, que ha sufrido acoso y que vive en una soledad tremenda. El gran riesgo que toma Murphy es hacernos sentir piedad por el protagonista al mismo tiempo que sus crímenes nos resultan repugnantes e inexcusables. Y la forma en la que está presentado su destino final -atención spoiler– me parece el mejor alegato posible contra la pena de muerte. ¿Quién puede decir que un monstruo como Dahmer no merece morir? ¿Por qué entonces verle ajusticiado nos revuelve el estómago?