Estabais avisados. Uno continúa felizmente enfrascado en la narrativa breve. Ahora con todo un ilustre del género, Julio Cortázar, de quien este 2024 se cumplen ciento diez años de su nacimiento y cuarenta de su deceso. Con motivo de la doble efeméride, Alfaguara ha reeditado los dos volúmenes de sus Cuentos completos, con la novedad de incluir once relatos recuperados póstumamente. Una ocasión pintiparada para darse un verdadero atracón con uno de los creadores más audaces de las letras hispanoamericanas.  

Figura central del «boom latinoamericano» junto a García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes, Julio Florencio Cortázar nació —en sus propias palabras, «producto del turismo y la diplomacia»— en Bruselas en 1914, aunque sus ajetreados primeros años de vida transcurrieron entre Bélgica, Suiza y España. Arribó a Argentina junto a su familia en 1918, donde se formó como maestro, dando clases en escuelas rurales. En 1944 impartió literatura francesa en la Universidad Nacional de Cuyo, a la que renunció por su oposición al peronismo. Mientras sus primeros artículos y cuentos aparecían, trabajó en la Cámara del Libro y como traductor hasta que, en 1951, se instaló en París, donde falleció en 1984. 

Además de sus labores de traducción en la Unesco, o adaptando a Edgar Allan Poe, Daniel Defoe o Louisa May Alcott, la obra de Cortázar es muy prolífica —novelas, relatos, teatro, poesía, crítica, misceláneas—, aunque la fama no llegaría hasta la seminal Rayuela (1963). Inclasificable, se le asocia con el surrealismo, lo fantástico y el realismo mágico, así como con su admirado Borges. También destaca su faceta de activista político, vinculada a sus viajes. Apoyó públicamente a Fidel Castro, Salvador Allende o Carlos Fonseca Amador. Fue miembro del Tribunal Internacional Russell. Y adoptó la nacionalidad francesa —sin renunciar a la argentina— en 1981, en protesta contra la dictadura.

Cuentos completos I (1945-1966)

Este primer volumen de cuentos lo conforman seis colecciones: La otra orilla (1937-1945, publicado en 1995), Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1959), Historias de cronopios y de famas (1962) y Todos los fuegos el fuego (1966). Más de seiscientas apabullantes páginas que certifican la unicidad de su obra, innovadora e incomparablemente diversa. Aquí no hay sólo un Cortázar, sino decenas de ellos. Gótico y vampírico. Realista. Costumbrista. Surreal. Disparatado. Inquietante. Experimental. Con un cuasi permanente sentido del humor transpirando las historias. Y, al mismo tiempo, un afecto insoslayable hacia la mayoría de sus personajes. 

Pese a que tamaña producción impide reseñarla en su totalidad en un artículo de dimensiones normales, quiero resaltar algunas de las historias que más me han impactado. Comienzo con el trío de ases de Bestiario compuesto por «Casa tomada» y sus hermanos, custodios de la vieja casona que deben abandonar cuando es ocupada por unos intrusos —¿alegoría política?—. La magistral tensión del viaje en colectivo de «Ómnibus». O la turbadora extrañeza del personaje de Delia Mañara, viuda de dos novios en «Circe». Ejemplos formidables del universo Cortázar, donde lo mundano va tornándose, sutilmente, en inexplicable y, a menudo, acongojante. 

Sigo con tres textos de Final del juego. Por un lado, los breves «Continuidad de los parques» y «Axolotl». El primero, una encrucijada circular de historias en las que cada palabra importa, se transmutan los patrones de la novela criminal —que el personaje-lector del cuento tiene entre manos— y la realidad, admirable convergencia de ficción y metaficción. El segundo cambia el escarabajo de Kafka por un «monstruo acuático» para narrarnos en primera persona la obsesión «metamorfoseante» —¿metafórica?— de un hombre. Y, por otro, el relato titular, inspirado en su propia juventud en Banfield —sur de Buenos Aires— y su trama alambicada y rica, con no pocos giros sorpresivos.

Y luego está Todos los fuegos el fuego, una colección de cuentos cuasi perfecta, en la que, a mi juicio, Cortázar alcanzó su cénit como cuentista. Valgan los casos de «La autopista del sur», un atasco convertido en soberbia reflexión sobre la condición humana —y su inherente ridiculez— frente a situaciones estresantes o límites. O «La señorita Cora», pasmoso juego de voces —cambiante, vivo— alrededor de la singular relación entre un adolescente, operado de apendicitis, y la enfermera responsable de su cuidado. Sin olvidar «Instrucciones para John Howell», sublimación de los anteriores temas tratados, ahora en un mundo del teatro —«que no es más que un pacto con el absurdo», dice el narrador— de atmósfera malsana. 

Cuentos completos II (1969-1982)

Quinientas cincuenta páginas más ocupándose de otras seis antologías: Último round (1969), Octaedro (1974), Alguien que anda por ahí (1977), Un tal Lucas (1979), Queremos tanto a Glenda (1980) y Deshoras (1982), a los que se suman los rescatados en Papeles inesperados (2009). De nuevo camaleónico y bullicioso con el lector, a quien siempre reta o embauca, puede que, comparado con el primer tomo, no haya tantas historias memorables, o una colección tan rotunda como Todos los fuegos el fuego. No obstante, Cortázar tiene mucho que ofrecernos.

De primeras, porque en esta entrega surge un Cortázar digamos más personal. Apenas enmascarado por su alter ego en Un tal Lucas, su obra más abiertamente humorística y, a su retorcido modo, autobiográfica. En ella se desgrana, de forma libérrima y sin línea temporal —el libro puede leerse a saltos sin problemas—, la vida y cavilaciones de un hombre que oscila entre lo espontáneo y transgresor y lo intelectual. Que gravita entre Buenos Aires y París. Adepto a la música, los artistas excéntricos, así como a las amistades que perduran. 

Después tenemos al Cortázar político. Faceta visible en el cuento «Reunión», la novela El libro de Manuel (1973) —cuyos ingresos sufragaron la defensa de los presos políticos argentinos— o los textos de La vuelta al día en ochenta mundos (1967). Y, ya en este segundo volumen, en el tríptico formado por «Apocalipsis de Solentiname», «Alguien que anda por ahí» y «La noche de mantequilla». Un observador comprometido con su época en la Nicaragua de la lucha sandinista junto al sacerdote y poeta Ernesto Cardenal. En la Cuba castrista, con el imposible encuentro entre un revolucionario y un terrorista. Y mediante una infausta escaramuza, deudora de la literatura de espías, en las bambalinas de un combate de boxeo en París.

Aunque para servidor la compilación más potente es Queremos tanto a Glenda. Sin ir más lejos, debido al estupendo cuento titular, donde la devoción por la actriz Glenda Garson provoca una trama que filmaría Michael GondryRebobine, por favor con hurto masivo en pos del prestigio de la intérprete— con un desenlace tan drástico como genial. Regresando a lo político, con el resonante y bello «Grafitti», una historia de amor —o su proyección ilusoria— truncada por la dictadura argentina. O en el juguetón «Historias que me cuento», retorno a la esencia cortaziana, cuyo narrador tendente a la fabulación se topa con una harto familiar. Lo dicho, múltiples Cortázares para disfrute —mejor reposado para evitar empachos— de cualquier lector.