Llevaba tiempo sin reseñar un cómic. Y ahora que la industria armamentística reclama MÁS beneficios usando a sus títeres, políticos y medios, para que azucen el fantasma de una conflagración mundial, existe una opción inmejorable. Me refiero a Cuando el viento sopla, obra clave antibelicista de Raymond Briggs, recién publicada por Blackie Books en fastuosa edición especial, con traducción de Rosa Montero y sentido prólogo de Paco Roca. El horror de la guerra nuclear a través de James y Hilda Bloggs, un matrimonio tan mundano como inolvidable.

Nacido en Londres en 1934, Raymond Redvers Briggs estudió en la Wimbledon School of Art y la Slade School of Art antes de iniciar su carrera en publicidad, aunque pronto despuntó como ilustrador. Prolífico, en los setenta se convirtió en uno de los autores infantiles más populares gracias a Papá Noel (1973), Fungus the Bogeyman (1977) y El muñeco de nieve (1978) —sus adaptaciones, audiovisual y musical, aún se televisan y representan cada Navidad en Reino Unido—. En la siguiente década, Briggs optó por el contenido adulto con Gentleman Jim (1980), Cuando el viento sopla (1982), The Tin-Pot Foreign General and the Old Iron Woman (1984), denuncia de la Guerra de las Malvinas. O, ya en 1998, con Ethel y Ernest, biografía gráfica de sus padres. Briggs murió de neumonía en 2022. 

Cuando el viento sopla fue una obra de gran repercusión. Llegó a la política nacional y al gran público, sobre todo a partir de sus adaptaciones, radiofónica y cinematográfica (1986), con guion del propio Briggs y música de Roger Waters y David Bowie. Es un cómic deudor de la paranoia nuclear de la época. De hecho, en la suculenta entrevista que se nos ofrece a modo de primer epílogo —el segundo y definitivo lo firma Daniel López Valle—, Briggs comenta que se inspiró en un documental de la BBC sobre planificación de contingencias ante dicha amenaza. A esa psicosis alimentada por Thatcher y Reagan en el mundo anglosajón, Briggs confrontó la bonhomía de los Bloggs, protagonistas de su anterior obra, Gentleman Jim. La clase obrera frente a un destino opaco y funesto… 

Ese contraste es un hallazgo mayúsculo, chocante, delicioso… y doloroso, fuerza motriz de Cuando el viento sopla. Los Bloggs son una pareja de jubilados radicados en la campiña inglesa. Su existencia, de una complicidad y sosiego conyugal envidiables, es bucólica y apacible. Hasta que James trae a casa las noticias de un inminente ataque nuclear soviético, por lo que deciden seguir al pie de la letra las instrucciones de los folletos proporcionados —elemento absolutamente real, creados para templar los ánimos de la ansiosa ciudadanía británica— por la administración pública. «¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS?»

Páginas de Cuando el viento sopla. Foto: Blackie Books.

A partir de aquí, Raymond Briggs desarrolla una espiral hacia el desastre donde fondo y forma van admirablemente de la mano. Las primeras acciones de los Bloggs se nos presentan rebosantes de luz y color, con un dibujo muy sencillo pero sorprendentemente expresivo —esas expresiones faciales—, que rápidamente nos hacen encariñarnos con los protagonistas. Sus preparativos iniciales resultan jocosos, con diálogos repletos de ternura, escepticismo —Hilda en particular— y un optimismo a todas luces ingenuo. No obstante, pronto vemos que, tras el absurdo del panfleto informativo y las acciones ridículas del matrimonio por su causa, el temor es creciente y el peligro acecha, anticipado por esas ominosas páginas dobles.

Y el quiebre llega, claro, en forma de explosión. Cuando el viento sopla se transforma entonces en una obra cada vez más cenicienta y asfixiante, acorde con la nueva situación que asola a los Bloggs. Aislados en su minúscula burbuja, otrora feliz. Incapaces de entender qué ha sucedido y, peor, sus consecuencias. Desamparados y abocados a un desenlace fácil de intuir, que afecta al lector. Afligido por esas conversaciones —lo único que les queda—, ahora nada humorísticas y gradualmente más inconexas. O desolado por unos dibujos que, sin renunciar a su estilo, logran encapsular la fragilidad y el dolor que van acuciando a James y Hilda.   

Sin duda, creo que todos los reconocimientos y calificativos de Cuando el viento sopla son merecidos. Su combinación de simplicidad gráfica bien entendida, el manejo del diálogo y la simpatía casi inmediata respecto a sus protagonistas resultan brillantes. Igual que los sutiles apuntes de la época, las incongruencias y lejanía gubernamental y su claustrofóbico segundo tramo. Viñetas que albergan humanidad y horror, junto a un mensaje universal. Uno cuya vigencia, tristemente, está intacta. «Malditas sean las guerras, y los canallas que las hacen». Ya sea desde la Knesset, el Kremlin, el Pentágono o la sede de la OTAN. Lectura fundamental.