¿Cuál es el mejor Drácula?

Los 5 Dráculas más importantes de la historia del cine

Cada generación tiene su Drácula, y cada época su forma de entender e interpretar al vampiro ideado por Bram Stoker en 1897. El personaje literario expresa terrores tan primarios como universales, como el miedo a la muerte, a la vejez y a la decadencia física, o la idea, en el fondo cristiana, de que la sangre es la fuente de la vida.

Pero sobre esa base, el cine de cada época ha interpretado al conde según los miedos de cada momento. Desde un monstruo que expresa el mal en el cine mudo, pasando por el atractivo exótico de un acento extranjero, hasta el frenesí sexual del rojo intenso de la sangre, que permitió el color. Drácula ha sido una criatura de la noche, un seductor que revoluciona a mujeres encorsetadas por una moral machista, también el símbolo de una aristocracia venida a menos, y hasta el amante inmortal atormentado y eternamente separado del objeto de su deseo. Aquí propongo a los condes clásicos, protagonistas de las adaptaciones más importantes. Empezando por uno que ni siquiera pudo llamarse ‘Drácula’; recordando a otro que fue vampirizado por el personaje; o al que más veces se puso los colmillos. Propongo 5 vampiros pero también 5 películas ¿Cuál es la mejor? ¿Y cuál es el mejor conde Drácula?

Nosferatu (1922) es presumiblemente la mejor película que se haya hecho sobre la novela de Bram Stoker, si apelamos a su condición de clásico absoluto del cine. Joya del cine mudo y del expresionismo alemán, la película de F.W. Murnau tiene una narrativa visual mucho más fluida y depurada que la sonora Drácula de Browning. Aunque no consiguió los derechos de la viuda de Stoker -fallecido en 1912- la adaptación es bastante fiel a la peripecia de la novela, explotando su tono de melodrama y de aventura, aunque cambiando el desenlace para darle protagonismo a la heroína femenina, cuya pureza es la que acaba destruyendo al monstruo -idea que recoge la versión de Coppola- y con la ayuda de la luz solar, que a partir de aquí sería letal para cualquier vampiro. El horrendo maquillaje de Max Shreck, se aleja de la idea de Stoker, aunque este no describa en la novela a un conde precisamente atractivo. En lo que no tiene rival Nosferatu es en su capacidad de crear imágenes que son historia del cine: el espanto levantándose de su tumba verticalmente; la sombra del vampiro subiendo las escaleras que le llevarán a su víctima; la silueta de sus garras cerrándose sobre el corazón de Ellen, oprimiéndolo.

Drácula (1931) es teatral en su origen y en sus planteamientos dramáticos: la acción se desarrolla básicamente en interiores, a través de los diálogos de los personajes, sobre todo en la secuencia del castillo del conde y también cuando el vampiro acecha a sus víctimas femeninas en Londres. Tod Browning, buen conocedor del cine de terror –La casa del horror (1927)- autor de un clásico de culto como Freaks (1932), compensa este defecto con movimientos de cámara que pueden parecer impropios de una película en los comienzos del sonoro. Aunque algo tosca, este Drácula tiene todavía el poder del cine mudo, especialmente en las miradas de Bela Lugosi, que marcarán la carrera del actor húngaro, siempre en relativo declive tras el gran éxito de su personaje más famoso. Asociaremos su elegancia y su exótico acento al personaje creado por Bram Stoker, para siempre. Suya es la versión canónica. A favor de la película, todos los recursos de la Universal y su equipo de artistas para crear una estética importada del expresionismo alemán: la dirección artística de Charles D. Hall, los decorados del oscarizado Russell A. Gausman -sin acreditar-, la fotografía del alemán Karl Freund -que firmó la de Metrópolis (1927) y luego dirigió La momia (1932)-. Todo a favor de una historia en la que tenemos una concepción clásica del monstruo, como una amenaza externa, extranjera -el otro- que aparece para poner en peligro el orden establecido -el matrimonio de Mina (Helen Chandler) y John Harker (David Manners)- y que debe ser destruido. Los enemigos de lo transgresor -el sexo y la muerte- son la inocencia de Mina, la fe en el crucifijo, y la ciencia de Van Helsing (Edward Van Sloan). La película evita los detalles más escabrosos de la novela, las alusiones sexuales, la imagen de la sangre, de los colmillos, de estacas clavándose en el pecho del vampiro. Todo lo que pierde en impacto visual, lo gana en sugerencia.

Si en las películas de la Universal no vimos un colmillo ni una gota de sangre, el Drácula (1958) de Hammer Films nos muestra un manchurrón muy rojo sobre el ataúd del vampiro cuando ni siquiera ha empezado la cinta. Si el film de Tod Browning resultaba teatral, Terence Fisher dirige aquí con brío una vertiginosa persecución contrarreloj: el doctor Van Helsing debe evitar que Drácula vuelva a su ataúd antes del amanecer. Si Bela Lugosi era un aristócrata envarado y de movimientos casi robóticos, Christopher Lee es un animal salvaje que se mueve, corre y salta como un felino, los colmillos manchados y los ojos inyectados en sangre. No es menos hábil el doctor Van Helsing, un Peter Cushing con la elegancia y la dignidad de un gentleman, pero capaz de moverse como un espadachín en una película de aventuras. El guión de Jimmy Sangster se mantiene fiel a la novela -más o menos- pero se deja llevar por el espíritu pulp -aquí Harker es directamente un cazador de vampiros y no un agente inmobiliario- por el sensacionalismo del gore y la violencia, y sobre todo convierte los ataques del vampiro en una revolución sexual que libera a las víctimas femeninas -Lucy y Mina- casadas con burgueses, reprimidas de pelo recogido que se sueltan el moño tras el primer mordisco. ¿La mejor adaptación de la novela de Stoker?

Frank Langella es el Drácula de la estupenda película de 1979, dirigida por John Badham. Quizás la menos conocida de las grandes adaptaciones, estamos ante una versión que simplifica la trama en personajes y escenarios -nunca veremos Transilvania- pero en estas decisiones radica la singularidad de la propuesta, que vuelve a tener una adaptación teatral como base. Mina (Jan Francis) y Lucy (Kate Nelligan) intercambian sus roles en la trama, más no sus personalidades. La conservadora Mina es aquí la primera víctima del vampiro, mientras que Lucy, más abierta desde la novela, se convierte en la novia deseada por el vampiro -como en la posterior versión de Gatiss y Moffat para la BBC-. Esto no es gratuito ya que la trama recoge el subtexto de las películas de la Hammer -y asume su estética- y lo hace explícito: aquí Lucy es una feminista adelantada que desea elegir al hombre con el que quiere compartir su vida y este es Drácula, al que podemos considerar un hombre ‘de los de antes’, va a caballo, mientras Harker (Trevor Eve) es un absoluto pusilánime, que representa al progreso y a las nuevas generaciones, va en coche. Hacer de Lucy la hija del doctor Seward (en la novela este es un joven que la pretende) y que Mina sea la del profesor Van Helsing -estupendo Laurence Olivier– establece un claro choque generacional, siendo este Drácula -como el de Christopher Lee- un elemento transgresor, de revolución (sexual). Aquí también se refleja la atrevida escena de la novela en la que el Conde se hiere el pecho para que su ‘prometida’ beba de su sangre. Pero si el vampiro de Lee es pura pulsión animal, el de Langella es romántico y seductor -como el de Oldman-, y conseguirá que Lucy lo siga voluntariamente. Ni tan siquiera veremos sus colmillos, aquí las que muerden son ellas. Con una elegante dirección de Badham, presupuesto suficiente para dar espectáculo, efectos especiales realistas para su época y la magnífica música de John Williams, estamos ante el Drácula blockbuster de los 80, en la línea de grandes adaptaciones de la época como King Kong, Superman o Conan el bárbaro.

El guión de James V. Hart para Drácula de Bram Stoker (1992), convierte al conde en un héroe romántico, condenado por una maldición y casi avergonzado de su condición de monstruo. Gary Oldman es el único Drácula capaz de llorar, nada que ver con la alimaña de Nosferatu. Irónicamente, la película de Coppola lleva en el título el nombre de Bram Stoker como dando a entender una fidelidad al original, falsa, pero que se justifica solamente porque es quizás la única película que abarca la novela en toda su extensión. Drácula es convertido en el prólogo en Vlad Tepes -el héroe rumano que se supone inspiró a Stoker, algo que no está comprobado- y se convierte en el típico héroe de Coppola fuera de su época: ‘he cruzado océanos de tiempo’, le dice a Mina (Wynona Rider), en la única encarnación cinematográfica que se enamora verdaderamente del conde. Además de su originalidad argumental, lo más interesante del film es su poderosa imaginería de murciélagos gigantes, peludos hombres lobo y siniestras estampas como la del castillo antropomorfo en Transilvania. Coppola introduce el nacimiento del cinematógrafo en la historia –Drácula fue publicado en 1897 y recordemos que Zoetrope es el nombre de su compañía- y aprovecha para hacer todo tipo de guiños a las sombras chinescas, al cine mudo, y por supuesto a Murnau.