Cronomoto, Kurt Vonnegut (Malpaso, 2015)

¿Es esto una novela? ¿Un ensayo disfrazado de literatura? ¿O más bien una colección de reflexiones y anécdotas de nuestro sinpar, querido y añorado Kurt Vonnegut a los que se le han añadido un puñado de relatos/fragmentos con su álter ego Kilgore Trout como hilo conductor —léase también excusa—? O ni siquiera eso, ¿son simplemente una serie de esbozos que quedaron por conjuntar en un cajón? No creo poder resolver la duda, pero si tengo una respuesta válida —al menos para mí—. ¿A quién diablos le importa? Es un Vonnegut, ¡diablos! Otro regalo de un escritor único e indispensable, cortesía, de nuevo, de Malpaso.

Con su acostumbrado gusto por bucear en la ciencia ficción y usarla como recurso para hablarnos de nuestra vida más cotidiana, Cronomoto se sirve de este fenómeno, una grave falla en el continuo espacio-tiempo que, según la obra, tuvo lugar el 13 de febrero de 2001 a las 2.27 p.m. En ese instante el universo detuvo su constante expansión y la humanidad volvió diez años atrás, al 17 de febrero de 1991. Una repentina regresión temporal que fuerza al mundo a hacer las cosas tal y como las había hecho anteriormente —no puedes cambiar ni una coma—. Un déjà vu brutal en el que el futuro carece de aliciente y, en realidad, es pasado. En vida.

Este alambicado planteamiento le sirve al inolvidable escritor de Indianápolis para situar su singular relato, aunque en realidad es el resorte ficcional para armar su lúcido discurso humanista, amable y envuelto en su mordaz y cáustico humor, acerca de la existencia en general —siempre su rechazo de la violencia, perenne su pasmosa habilidad para presentar la solución regida por el tan denostado sentido común, eterna su reflexión sobre las familias extensas, el contacto humano y el amor— y, en particular, del libre albedrío. Y es que Cronomoto ofrece su giro más interesante, el de más envergadura, cuando el “tiempo se pone en orden” y el fenómeno concluye una vez regresamos, por segunda vez, al 2001. Libres para tomar nuestras propias decisiones, para vivir el presente e imaginar el futuro, la humanidad choca frontalmente contra la responsabilidad y la incertidumbre recuperadas.

Ahí aparece la figura, risible, disparatada y para los que somos fans, absolutamente entrañable, de Kilgore Trout, anciano escritor de género fantástico —bueno, directamente del absurdo—, que parece el único capaz de diagnosticar qué le sucede a la temerosa, bloqueada, población mundial. Es la falta de algo intrínseco al ser humano, más que probablemente lo que nos hace serlo —seas furibundo ateo, fervoroso creyente o alguna de las gamas de grises intermedias—. Es algo que la televisión, los telepredicadores, la obsesión por la tecnología, el recurrente desastre y horror de la guerra, la estupidez capitalista o la salvaje injusticia de las dictaduras…. se encarga de aplastar día a día, año a año, década a década, como si tu vida se convirtiera en una repetición insulsa, estéril, cruel. Se llama conciencia.

Nuestro loco preferido, incluso en su obra más caótica, por momentos delirante, dándonos una nueva lección mientras nos saca más de una sonrisa. Vonnegut no sólo fue un escritor memorable, sino una persona hermosa. Nunca dejará de ser necesario leerle.

—“¿Tilín, tilín?”—