Cosmo Sheldrake, “The Much Much How How and I” (Transgressive – PIAS 2018)

Viene siendo una tendencia habitual que los más iluminados y musicalmente dotados del universo musical acaben cansándose de las confinaciones del formato pop y vayan saliéndose de los márgenes hasta que, a veces, se sumergen en un universo tan complejo y personal que el gran público acaba dándoles la espalda. Ahí tenemos a Rufus Wainwright, entre óperas y sonetos de Shakespeare; o a Sufjan Stevens, al que cada vez cuesta más convencerle para que haga algo en la línea del folk luminoso que nos apabulló durante sus discos-estado; o a Benjamin Clementine, que ha desafiado con su muy “arty” segundo disco a todos los que veían en él a un delicado y sensible intérprete de piezas basadas en piano y voz.

Ahora nos toca descubrir a Cosmo Sheldrake, un joven londinense de 27 años que toca todo tipo de instrumentos, ya sea viento, cuerda o percusión, que es capaz de comerse cualquier arreglo orquestal que se le ponga por delante, y que tiene en su currículum un amplio abanico de proyectos académicos con la música y los sonidos de la naturaleza como protagonistas (llegó a dar una charla TED sobre la comunicación entre especies). Y esto, sin entrar en detalles sobre sus también idiosincrásicos padres (él un reputado científico, y ella una influyente artista de avanti-garde y música coral). Con el gusto tan variado y la formación que atesora, no sería de extrañar que pronto se nos fuera tan lejos como algunos de los artistas antes mencionados, pero de momento nos toca aprovechar que le gusta el pop y que ha disfrutado incluyendo a los Kinks o a los Beatles entre las muchas influencias que pueblan su debut en solitario.

Eso no quiere decir que el disco sea convencional, ni mucho menos. De hecho, The Much Much How How and I (combinación de palabras nacidas de un taller de poesía oracular que fascinó a Sheldrake), no tiene referencias claras en el panorama actual. Esto, como decíamos, es pop, pero no escucharemos muchas baterías, ni guitarras, ni bajos, ni teclados… La formación habitual ha sido sustituida por tubas, trombones, vientos de madera, percusiones, percusiones de todo tipo, secciones de cuerda… nada de eso empleado desde la convencionalidad de los arreglos orquestales que suelen ser trabajados en el pop (es más, algunas influencias tienen más que ver con el tipo de arreglos del jazz tradicional de Nueva Orleans, campo en el que Sheldrake también resulta ser experto). Para terminar de hilvanar todos estos elementos, ahí aparecen las grabaciones de campo que forman parte de los estudios de Sheldrake, desde pajaritos hasta ruidos de árboles varios. Ante semejante compendio de elementos, no ha de extrañarnos que la persona elegida para las mezclas haya sido justamente Matthew Herbert, cuyos discos elaborados a partir de todo tipo de samplers sí que podrían servirnos de referencia comparativa para algunos momentos de este trabajo.

Aunque Sheldrake ha expresado tener debilidad por Wriggle, una especie de canto tribal con un ritmo saltarín digno de una danza Oompa Loompa, la pieza que a nosotros nos parece que acabará siendo el primer clásico de la esperemos que larga carrera de Sheldrake es la explosiva Come Along, un auténtico caramelo melódico que se las apaña para ser hasta bailable y que, de haber sido firmada por un Brian Wilson, ya habría entrado en la categoría de genialidad contemporánea.