En el minucioso diseño visual de Cosmética del enemigo, una de las pistas cuidadosamente plantadas revela el verdadero tema central de la historia. En un televisor, de fondo, se ve un antiguo cortometraje de Charles Chaplin: se trata de The Floorwalker (1918), en el que Charlot hace un juego de espejos con otro personaje de vestimenta -y bigotito- similar al suyo. Este gag visual, que apenas podemos ver fugazmente, es una pista para iniciados que seguramente se haría evidente tras repetidos visionados, junto a otros detalles e indicios sabiamente colocados durante la intriga.

Basada en la novela de Amélie Nothomb, que aquí se convierte en un thriller polanskiano algo convencional, con la clásica revelación final que le otorga un sentido diferente a lo que hemos visto. Sin entrar en muchos detalles, para no destripar la historia, estamos ante un duelo de personajes: el exitoso arquitecto Jeremiasz Angust –Tomasz Kot de Cold War (2018)- y una misteriosa joven de nombre imposible, Texel Textor -una estupenda Athena Strates, que es el alma de la película-, acompañados además por Marta Nieto y el francés Dominique Pinon. La película se desarrolla en los encuentros, conversaciones y desencuentros entre Jeremiasz y Texel, mientras el espectador intenta desentrañar los secretos de la trama. El director Kike Maíllo trasciende las limitaciones de su historia con una puesta en escena elegante, precisa e inteligente, de escenarios fríos, de ‘no lugares’ -ese aeropuerto que es el corazón del film- con excelentes ideas -la maqueta de ese mismo aeropuerto- y aportando una atmósfera de cine fantástico que lleva a fugas oníricas.

Si bien es cierto que a Cosmética del enemigo le falta frescura y libertad, estamos ante una obra efectiva, que habla de la mentira del éxito, de la imposibilidad de la perfección y de los monstruos que engendra.