Mis queridas antípodas, ¿convertidas en el escenario de un crimen? El paraíso del indiepop –Escocia y Suecia también me valen como “rutas alternativas”– ¿transformado en un lugar donde el capitalismo rampante, el racismo y la corrupción campan a sus anchas? Eso y mucho más es lo que nos propone Corte perfecto, trepidante primera novela del escritor británico –aunque afincado en Australia– Alan Carter, que desembarca en nuestro país tras ser celebrada como uno de los debuts más fulgurantes en los últimos años dentro del género criminal anglosajón –obteniendo el Premio Ned Kelly en Australia y siendo finalista del Premio Dagger en Reino Unido, ambos en la categoría de mejor debut de novela negra– gracias a la editorial Yulca, cuya creciente colección criminal ya nos ha brindando la excelente Los Topos y la notable En Taormina en invierno –ambas reseñadas en Indienauta–. Pero hoy toca emprender un largo viaje, uno hacía un destino de postal, la costa de Australia Occidental, bañada por el Gran Océano del Sur, ideal para unas relajadas vacaciones en plena comunión con la naturaleza salvaje… Cuidado con los tiburones…

Una mañana cualquiera en Hopetoun, un pequeño pueblo a seiscientos kilómetros de Perth, dedicado a la minería –donde el inmigrante se deja la vida y así las grandes empresas pueden jugar en bolsa– y a la cada vez mayor especulación turística –que familiar me suena eso–. Turbulencias internas y tensiones latentes que no rompen su tranquila rutina. Hasta que en su idílica y agreste playa de Mary Ann Haven aparece un cuerpo o, más específicamente, parte de él, arrastrado por la marea. En principio se considera un trágico accidente, propio de estos lares salvajes mecidos por el inclemente Océano Austral, tan frecuentado por los tiburones como por los imprudentes surfistas. Mala combinación. Toca llamar a la Brigada Rural, los “apestados”, el renglón más bajo dentro del cuerpo de policía de la zona.

Allí nos encontramos al subinspector Philip «Cato» Kwong, nuestro protagonista con pies de barro. Otrora la gran esperanza de la policía de Australia Occidental, presta a convertirlo en el “chico del póster” en su intento por ofrecer una imagen moderna, multicultural y ultra-eficiente del cuerpo, su triunfal destino quedó truncado al verse involucrado en un caso de corrupción, tras lo que llegó su destierro. Como cualquier aficionado al género ya se imagina, Cato rápidamente descubrirá que tras el infortunado cadáver no se esconde un fanático “amante de las olas”. Estamos delante de un crimen. Uno que, como las capas de una cebolla, va revelándose cada vez más complejo, gestando una investigación poliédrica, que implica a varias personas, un desagradable invitado imprevisto del pasado, distintos sectores y clases sociales –la novela tiene un poderoso componente económico-social–, y ambiciones encontradas. Un asesinato que, de resolverse, podría significar la ansiada oportunidad de redención para Cato…si logra salir con vida.

Los méritos de Corte perfecto son apabullantes. Alan Carter no solo posee un gran sentido del ritmo y habilidad para saltar de un personaje a otro, creando una novela mucho más coral que el patrón habitual del género, sino que combina la crudeza, con barnices incluso macabros en determinadas escenas, junto a un afilado y socarrón sentido del humor. Humor negro, por supuesto. Negro carbón. En medio de esa combinación de tonos y estilos las tramas y subtramas se suceden, despistando necesariamente al lector para ir encajando cuál puzzle a medida que avanzamos, exactamente igual que le sucede a nuestro desencantado, luego desbordado y finalmente obstinado protagonista. Los personajes entran y salen como en una especie de vodevil donde las pesquisas policiales a veces dan la sensación de rascar, apenas vislumbrar, la superficie de un iceberg de dimensiones grotescas, insisto, con un fuerte y actual componente social que el autor subraya con fiereza. En ese sentido, me hace recordar a otras obras aparecidas recientemente en nuestro país donde el crimen se encuentra “pegado a la realidad” como la excelente La furia del irlandés Gene Kerrigan publicada por Sajalín, o el Mátalos suavemente de George Higgins que nos trajó Libros del Asteroide. Bienvenidos sean los intentos del género por abandonar sus manidos arquetipos y acercarse a la cara más dura de la actualidad.

Armado con estos elementos, Alan Carter nos adentra en un mundo donde el paisaje y el ambiente son también influyentes personajes –el indómito Outback, los escenarios desérticos al lado de frondosos bosques vecinos del océano, las carreteras sinuosas, los mares encrespados, el volátil tiempo…–en el que los “malos” son complejos y sibilinos mientras los “buenos” tienen múltiples sombras –el ya mencionado Cato, el egomaníaco, soez y corrupto comisario Hutchens, con diferencia el personaje más divertido de la novela, la subinspectora Tess McGuire, al borde del ataque de nervios– y donde el pasado pesa como una losa. Un mundo, remoto sobre el mapa y, sin embargo profundamente reconocible, de violencia, irracionalidad e injusticia. Un mundo infestado de serpientes dementes, cut snakes.

Los parabienes con los que Corte perfecto llegaba precedido a nuestro país eran merecidos. Estamos ante una lectura apasionante, que nos descubre a un autor con muchos recursos capaz de ofrecernos un más que potente inicio de una saga –las investigaciones del policía Kwong van por la tercera novela en Australia– que esperamos tenga continuidad en nuestro país. Cato aún tiene mucho que contarnos.