Es Pop vuelve a la carga con Confesión, las memorias de otro tótem indiscutible del heavy, Rob Halford, vocalista y letrista de Judas Priest. Y, además de otra sobrecubierta para el recuerdo —marca de la casa—, y una tonelada de música de alguien con más de cinco décadas sobre los escenarios, la autobiografía del «Dios del metal» ofrece exactamente lo que sugiere su título. Pergeñada junto a Ian Gittins —colaborador de Nikki Six en Los diarios de la heroína—, Halford se expone, sin tapujos, en todos los ámbitos: profesional, emocional, íntimo. 

A Robert John Arthur Halford, nacido hace 70 años en Suttof Coldfield, Birmingham, se le considera uno de los mejores cantantes de la historia del metal —esos agudos suman—. Y eso que en su adolescencia, con efímero paso por varios combos de hard rock, sus pasos parecían decantarse por las tablas, donde trabajó como tramoyista. No obstante, en 1973 y a través de su hermana, novia de Ian Hill, bajista de Judas Priest —en titubeante activo desde 1969—, entró en el grupo. Arrancaba así una exitosa carrera, pese a los ingentes obstáculos, tremendos malentendidos y brutales vaivenes emocionales, en una de las bandas más célebres del heavy. 

Confesión no va a revolucionar el mundo de las biografías musicales en lo que se refiere a su estructura. El arco narrativo sigue el camino habitual. La infancia de estrecheces y dificultades emocionales en Walsall, el corazón obrero de Inglaterra. La música como salvación. El ascenso meteórico. La morrocotuda hostia, con proverbial descenso a los infiernos y dolorosa ruptura con el grupo incluidas. Seguido, por supuesto, del fulgurante regreso, cual ave fénix. Todo condimentado con la pertinente y dilatada cronología de discos, giras y anécdotas. Todo eso es lo esperable. Sin embargo, el libro depara múltiples y refrescantes sorpresas. 

Spinal… perdón, Judas Priest en la sesión de fotos del disco Unleashed in the East. Foto: Fin Costello / Redferns

Primero, creo que ello se debe, sobre todo, al propio autor. El veteranísimo Rob Halford es un narrador divertido, nada pomposo o victimista —pese a su particular viacrucis—. Su flemático sentido del humor, esencia Black Country, impregna cada página de Confesión —estupenda la traducción de Óscar Palmer—. A renglón seguido, Halford es generoso con el lector. Sin perder comba en su trayectoria, se detiene con gracia en batallitas ibicencas, variopintos encuentros con celebridades —de Superman a Lady Gaga—, bolos en Black Sabbath sustituyendo a un Ozzy fuera de combate, o infructuosos intentos de ligoteo. El resultado son unas memorias realmente entretenidas. Y, huelga decir, me queda el «elefante en la habitación»… 

Porque Confesión es también la historia de un icono del metal, por tanto, digamos, de la hipermasculinidad —caben notables matices aquí—, que supo de su condición desde bien joven. Alguien que permaneció «en el armario» durante décadas por miedo a perjudicar al grupo. Y cuya existencia reprimida le llevó al alcohol y las drogas, o a un intento de suicidio. Resulta curiosísimo leer sobre la sexualidad, entre escabrosa —abundante cruising y glory holes—, acomplejada y dependiente, de una estrella con ese desenfado y honestidad. También su revelación vía MTV News en 1998, dándose cuenta de la aceptación global —los tiempos cambian—, y que sus fans ya se «lo olían» —esa estética igualita a los Village People—… 

¿Puntos débiles? Dudo de la delectación de Rob Halford por su labor de letrista —podría discutir largo y tendido el valor de esos versos—. Y diría que los roces en el seno del grupo se tocan de soslayo. Sí, sabemos que las relaciones entre los guitarristas Glenn Tipton y K.K. Downing no eran fluidas. Y que hubo episodios extraños, como la elección de los «alternativos» Pantera como teloneros. O el dudoso festival Operación Rock and Roll celebrando la victoria en la Guerra del Golfo. No obstante, la ruptura en 1992 resulta harto confusa —pueriles equívocos— para que costase doce años resolverse. Ese desbarajuste casa con su etapa de proyectos en solitario —Fight, la electrónica de 2wo, o el retorno al heavy con Halford—. Pero creo que el autor no desea siquiera mencionar la palabra fricción en el seno de Judas Priest.

Luego llegaría la reunificación con nuevas giras y discos de toda índole —¿Nostradamus?, ¿discos navideños? hágase—. Y, en cualquier caso, son cuestiones del todo menores en unas memorias de lo más amenas. Confesión tiene de todo y sin desperdicio. Los lugares comunes del género. Un periplo con adicciones, canciones y discos icónicos, mucho pop, vestimentas estrafalarias, látigos y Harleys en el escenario, cárceles, viles abogados, lascivia, sexualidad sufrida y luego afirmada, activismo gay… Y un tipo que, por fin en paz consigo mismo, sabe reírse de lo vivido —bravo por las comparaciones con This is Spìnal Tap— con medio siglo de carrera y varias guerras a sus espaldas. Y, aún hoy, «demasiada pasión por lo suyo».