Comrade Drakulich

Vampiros y comunismo

En el ciclo que Hammer Films dedicó a Drácula y a otros ‘no muertos’, el vampiro funcionaba como un elemento de transgresión social. El conde interpretado por Christopher Lee solía morder a una recatada señorita -o señora- que se convertía en una voluptuosa vampira cuya sexualidad ponía en peligro el orden establecido por maridos, padres y sacerdotes. Por suerte estaba allí el profesor Van Helsing (Peter Cushing) para, con una afilada estaca, penetrar el corazón de la vampira -que solía recuperar entonces su belleza angelical- para restablecer el status quo. En la película húngara Comrade Drakulich, lo más interesante es precisamente la evolución de un personaje femenino, Magyar Mária (Lili Walters), una agente de la policía secreta en tiempos del comunismo soviético, en los años 70. Magyar aparece primero como mera comparsa (sexual) de su grosero compañero Kun (Ervin Nagy), hasta que le encomiendan la misión de seducir y descubrir los secretos de Fábián (Zsolt Nagy), un misterioso líder revolucionario que no envejece (y que bebe sangre).

Magyar irá ganando en protagonismo tras relacionarse con el vampiro, para frustración de Kun y de todos los que la rodean. Lamentablemente, Comrade Drakulich no funciona del todo como comedia -bastante zafia-, ni como sátira del comunismo, ni mucho menos como film de vampiros: este no es más que una excusa argumental para hacer avanzar la trama y aparece despojado de cualquier aura sobrenatural más allá de un olfato que ni Lobezno. Con una estética interesante -deudora probablemente de Delicatessen (1991)- la película de Márk Bodzsár dibuja una sociedad comunista en la que todos viven escuchando o vigilando lo que hacen los demás -a través de las paredes o con micrófonos que recuerdan a La vida de los otros (2006)- en la que destaca, sobre todo, como ya he dicho, el machismo que impide a una mujer como Magyar ser completamente libre.