Hay directores que te llevan de la mano para contarte una historia y otros que te ponen a prueba echándote un pulso. El argentino radicado en Francia, Gaspar Noé, es sin duda de los segundos. Su última obra, Climax, acaba de ganar el premio a la mejor película en el Festival de Sitges, y hay que reconocerle al certamen el mérito de galardonar un film como este, no precisamente complaciente. Sirvan estas líneas como recomendación para acercarse a este tipo de obras que, nos pueden gustar o no, pero desde luego expanden el sentido de lo que significa el arte cinematográfico.

El argumento de Climax se agota en una frase: en 1996, los asistentes a una fiesta, miembros de una obra de danza, consumen por error una droga alucinógena que convierte la celebración en un descenso a los infiernos. Pero, igual que 2001: odisea del espacio (1968) no se puede resumir en una sinopsis, esta Climax debe ser experimentada. Y preferiblemente en una sala de cine. Noé es de esos autores que alargan una secuencia un poco más allá de lo que nuestra paciencia como espectadores está preparada para soportar, lo que puede llevarnos al límite, sí, pero también rompe nuestra resistencia, nos saca de la famosa ‘zona de confort’, y nos obliga a replantearnos lo que estamos viendo. Nos abre la mente. Así, la película de Noé, comienza, por ejemplo, por sus créditos. Luego, veremos a los bailarines -esto es una película coral- hablando a cámara en entrevistas simulando un casting. Esto sirve para introducir a los personajes y pone sobre la mesa dos temas importantes: hasta dónde son capaces de llegar y qué piensan del sexo y del consumo de drogas. Los vemos dentro de la pantalla de un televisor, que tiene libros apilados a la izquierda y cintas de VHS a la izquierda. Noé hace explícitas sus referencias, sus gustos, lo que me ahorra el trabajo de citar aquí a sus films de cabecera, sus influencias, que van desde el cine de autor al exploitation. Entonces comienza la fiesta.

Climax es una película estructurada predominantemente en planos secuencia, muy largos, que tienen la capacidad de hacernos olvidar que lo que vemos es ficción, lo que genera una tensión tremenda. También consiguen meternos dentro de la fiesta, entre los personajes. Prácticamente somos uno más y eso nos deja, como espectadores, en una posición vulnerable. La música electrónica en la película es machacona, constante y agobiante: Daft Punk, Aphex Twin, Giorgio Moroder, Soft Cell, entre otros. Veremos una secuencia de baile, vibrante, primero, que luego se convierte en una especie de posesión que libera los instintos primitivos, violentos y sexuales. La ingesta de alcohol y drogas no es suficiente para explicar los comportamientos extremos de los personajes, pero sí se percibe cierto alegato en contra del consumo ‘alegre’ de ciertas sustancias capaces de desencadenar demonios. Todo esto que nos muestra Gaspar Noé nos permite interpretar. En mi caso, creo que el director divide su película en tres momentos: el cielo o el paraíso, representado en la estupenda coreografía que llevan a cabo los bailarines al principio; luego hay una zona intermedia, un purgatorio en el que los personajes, por parejas, expresan, en diálogos costumbristas, los deseos reprimidos por lo civilizado; y, por último, se desata el infierno, en el que todo se tiñe de rojo, el mundo se pone del revés, en el que un niño -la inocencia- es encerrado. Aquí somos sometidos a imágenes chocantes de sexo, sangre y muerte. Los cuerpos de los bailarines se contorsionan de forma imposible, como si fueran los extraños seres salidos de la imaginación del Bosco.