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Stranger Things 3: el amor llega a Hawkins

Autor: | @JorgeABertran

La primera temporada de Stranger Things fue un éxito tremendo, seguramente exagerado, que llevó a muchos espectadores a llevarse una tremenda decepción con la segunda entrega. Ahora que se estrena la tercera tanda de episodios de la serie de los hermanos Duffer, podemos decir que la primera no era tan buena, la segunda no eran tan mala y esta tercera, mantiene el nivel. La divertida y nostálgica ficción anclada firmemente en los añorados años ochenta mantiene sus virtudes, su simpatía, pero también sus defectos. Esta tercera temporada, sin embargo, creo que aporta algunas pequeñas innovaciones, suficientes para que esto no parezca más de lo mismo. Al menos, no demasiado. El primer cambio es que estamos ante una historia con un tono algo menos terrorífico, sobre todo menos oscuro visualmente, con los mismos elementos de ciencia ficción, pero una carga mayor de comedia -ochentera, claro- y de mucho romance teen con sabor a chicles y piruletas. La fotografía tenebrosa de las dos primeras entregas -recordemos la imagen icónica de los niños hiriendo la penumbra con sus linternas- deja paso a un montón de colores. Los de la ropa hortera de la época, y sobre todo, los de tres escenarios principales en los que se desarrolla casi toda la acción: una piscina pública, una feria con su atracciones, y sobre todo el típico centro comercial, Starcourt. Eso sí, visualmente, esta temporada es tan chula como una tienda de chuches. En cuanto a la realización, podemos decir que los hermanos Duffer siguen robando planos de Steven Spielberg, pero han pulido todavía más la planificación para que esta resulte todavía más atractiva.

En cuanto al contenido, no podemos ser tan benevolentes. La sensación es que lo que se cuenta en 8 episodios, se podía haber contado en un largometraje apañado. Los hermanos Duffer y sus guionistas prescinden, una vez más, del desarrollo argumental o de los personajes. Se dedican a fabricar momentos atractivos para que la historia avance, aunque no haya una verdadera conexión entre estos. Lo que obliga a emplear constantemente recursos argumentales como sorpresas, giros y revelaciones para mantener el interés. Otro recurso habitual es el de agregar personajes nuevos -la temporada pasada fueron los hermanos, Billy (Dacre Montgomery) y Max (Sadie Sink), que básicamente no aportaron nada: de hecho, es en esta temporada cuando adquieren -por fin- un papel relevante. Ahora llega también Robin, personaje francamente atractivo, mejor construido que otros de la serie, interpretado por Maya Hawke, joven actriz con un carisma tremendo, nada menos que la hija de Uma Thurman e Ethan Hawke. Robin es probablemente lo mejor de esta tercera temporada, que, por otro lado, parece tener menos ingenio: creo que no hay momentos memorables como la escena de las luces de Navidad en la primera entrega, o los extraños dibujos de Will (Noah Schnapp) que se conectaban entre sí, de la segunda. Aquí, el argumento vuelve a girar -ojo spoiler– en torno a la otra dimensión de ‘el otro lado’ y el ‘azotamentes’. Hay que decir que la mitología de la serie apenas se ha expandido en tres temporadas, aunque se apunten algunos elementos que despiertan el interés, como el tema del doble y de los universos paralelos. En todo caso, la clave argumental, la de emparejar a todos los personajes, me parece un error, que hace repetitivas las dinámicas entre ellos. Todos mantienen una relación sentimental, en diferentes etapas: en los inicios del enamoramiento, en la crisis de una pareja consolidada o en el fracaso absoluto por diferencias de caracteres. Temáticamente la cosa tampoco funciona. No sé si hay una intención real de hablar de política al situar la historia en plena era Reagan, con la presencia de militares soviéticos en suelo estadounidense, y sobre todo con la presencia de ese político corrupto y sin escrúpulos que interpreta Cary Elwes, cuya subtrama no lleva a ningún lado.

Por suerte, el tramo final se centra narrativamente, reúne a los personajes que habían estado desperdigados y, con bastante acción y efectos especiales, resulta bastante entretenido cuando los protagonistas se enfrentan con algún peligro. Lo mejor, como siempre en esta nostálgica serie de Netflix, es recrearse en las referencias -confesas- y guiños varios: se mantiene la inspiración en Stephen King, sobre todo en It, pero apuntemos también El día de los muertos (1985), Regreso al futuro (1985), La Cosa (1982), Amanecer Rojo (1984), El terror llama a su puerta (1986), Terminator (1984), La historia interminable (1984), Xtro (1983), la broma sobre bigotes y camisas hawaianas a costa de la serie Magnum (1980-1988), y las monster movies de los 50.

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