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Stan Lee: la cara de los mil héroes

Autor: | @JorgeABertran

Hace dos o tres días mi hijo de 5 años vio por primera vez una película de Spiderman. Al aparecer Peter Parker en pantalla -en este caso, el actor Tom Holland– se giró hacia mí y me dijo: ¿Spiderman es un niño? Le brillaban los ojos ante la idea de que un superhéroe pudiera ser un crío como él. Había captado la esencia del personaje más popular que haya salido de la imaginación de Stan Lee. El arquitecto del Universo Marvel, que nos ha dejado a los 95 años, no es simplemente un creador de superhéroes, entendidos como tíos en mallas que viven aventuras infantiles, sino el mayor generador de arquetipos de la cultura popular actual. Los héroes concebidos por Stan Lee -cocreados junto a artistas de la talla de Jack Kirby o Steve Ditko– esconden conceptos universales, con los que cualquiera se puede identificar. Personajes reconocibles de inmediato, como Hulk, una mezcla del Doctor Jekyll y Mister Hyde con el monstruo de Frankenstein, que sufre transformaciones provocadas por una rabia con la que mi hijo pequeño, que vive las rabietas propias de los ‘terribles dos años’, se identifica plenamente. Igual que reconocemos inmediatamente que Don Quijote vive de ilusiones y Sancho Panza le mantiene pegado a la tierra; o que Peter Pan siempre será un niño, los personajes de Lee tienen esa rara cualidad de comunicar una idea muy clara, que además es imperecedera. Quizás por eso, los héroes de Marvel Comics no han necesitado actualizarse tanto como Batman o James Bond: Peter Parker es exactamente el mismo que era en los años sesenta, solo que ahora le vemos con un teléfono móvil. Ese instinto sobre la esencia de lo que nos hace humanos, es el mayor talento de un guionista que ha sido capaz de fabricar su propio panteón mitológico moderno.

Perdonen ustedes si tiro de experiencia personal sobre Stan Lee, cuya biografía es para mí como las vidas de santos y personajes ejemplares. Las anécdotas sobre como creó esos personajes que ahora valen millones y protagonizan películas y series de televisión, son ya legendarias. Anécdotas que pueden servir como una guía de autoayuda, al menos, para mí, lo han sido durante mi vida. Escribo de memoria, pero siempre me ha gustado que su nombre real sea Stanley Martin Lieber y que haya utilizado el seudónimo por el que le conocemos porque le daba vergüenza firmar los tebeos que hacía. ¿No es ese el sentimiento de todo friki? Luego, tras alcanzar el éxito, cambió legalmente su nombre a Stan Lee, en una clara reivindicación del comic book como medio artístico, y de su propia vida. Otro episodio que me encanta es que, cansado de escribir historietas impersonales, a punto de renunciar a su carrera, su mujer -Joan, fallecida el pasado año- le animó a pensar una última historia, la que de verdad le gustaría contar. El resultado fue Los cuatro fantásticos, creo que el tebeo en el que trabajó más tiempo Lee, auténtica cumbre de la ciencia ficción tebeística gracias a los dibujos de Jack Kirby. Lo mismo ocurrió con Spiderman: Lee decidió lanzar el personaje en el último número de Amazing Fantasy -creo recordar que el 15- revista que iba a ser cancelada, lo que le animó a arriesgarse con un personaje inspirado en una araña. En ambos casos, la apuesta se saldó con un éxito tremendo que cambió, para siempre la historia del comic book. Los superhéroes ya existían: Superman, Batman, Wonder Woman y el Capitán América fueron inconcebiblemente populares en los años 40, durante la Segunda Guerra Mundial. Pero tuvo que llegar Stan Lee para que estos ‘dioses’ fueran humanos. Los Cuatro Fantásticos se peleaban entre ellos constantemente, Hulk era un monstruo incontrolable, Peter Parker era un empollón que sufría acoso escolar y el Capitán América -creado por Joe Simon y Jack Kirby– dejaba de ser, en sus manos, un símbolo patriotero para convertirse en un anacronismo. Es imposible hacerle entender a alguien, que no ha leído estos cómics, la experiencia irrepetible de lo que es sumergirse en los tebeos de Marvel de los años 60 y 70. La sensación de entrar en un universo real -Lee puso a sus héroes a vivir en Nueva York, en lugar de inventarse ciudades ficticias como Metrópolis o Gotham-, coherente -un villano podría enfrentarse a Spiderman para luego aparecer en Daredevil- y sobre todo vivo, muy vivo. Es como si las 5 o 6 series de televisión que vemos en Netflix, estuviesen interconectadas y hubiesen salido de la misma cabeza. Stan Lee fue un show runner antes de que eso existiese. En todos esos tebeos, cientos de ellos, hablaba directamente al lector, con una voz reconocible e inimitable. La explosión de creatividad de Marvel -la Casa de las Ideas- en esos años fue tremenda. A pesar de algunos tebeos anticomunistas, Lee fue siempre progresista: creó el primer superhéroe negro y africano, Pantera Negra; se atrevió a saltarse la censura del Comics Code para hablar de drogas en Spiderman. Pero creo que lo más lejos que llegó ‘The Man’ fue en la idea de hacer que sus personajes fueran vulnerables al paso del tiempo. Robin siempre había sido el compañero adolescente de Batman, pero Peter Parker dejó el instituto, entró en la universidad y comenzó a vivir deliciosas experiencias de juventud como encontrar trabajo, salir con chicas, o pagar el alquiler -en esos fantásticos tebeos dibujados por John Romita Sr.-. Sue Storm se casó con Reed Richards, mientras Lois Lane llevaba décadas siendo la novia de Superman. La pareja principal de los Cuatro Fantásticos incluso llegó a tener hijos. Los personajes de Marvel envejecían con sus lectores, y con Stan Lee, que se retiraba como guionista para asumir otros papeles. Eso sí, cada tebeo publicado en los años 80 rezaba aquello de ‘Stan Lee presenta…’

En ese retiro, como de presidente de honor de Marvel, Stan Lee pasó a hacerse verdaderamente conocido. Lamentablemente, no creo que muchos sepan quiénes fueron Jerry Siegel, Bob Kane o Will Eisner. Pero las apariciones de Stan Lee en las películas de Kevin Smith, o sus famosos cameos en cada film o serie de Marvel Studios -y en alguno de DC Comics– han servido, al menos, para que la gente sepa que detrás de cada héroe que ha hecho soñar a un niño, hay una persona. Comparable a Julio Verne, J.R.R Tolkien, Gene Roddenberry o George Lucas me imagino que lo que siento hoy tras su muerte, será parecido a lo que sentirán los lectores actuales de Harry Potter cuando nos deje J.K. Rowlings. Hoy, seguramente, cuando recoja a mis hijos en el colegio, tendré que decirles que Spiderman no siempre fue un niño y que Stan Lee, nos ha dejado.

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