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A propósito de Llewyn Davis, Joel y Ethan Coen (2013)

Autor: | @VerrierVictor

Los hermanos Coen convierten a Ulises en un gato naranja en su última película y no narran su “Odisea” sino la del  pobre diablo que se cruza en su camino, Llewyn Davis, un ficticio músico de folk que no tiene donde caerse muerto en el Nueva York de los 60.

De toda su filmografía, es posiblemente la vez que más crueles han sido retratando a un personaje. Aun siendo una “comedia” (de esas que no tiene puta la gracia) estamos ante película profundamente triste, desgarradamente trágica.

En el rostro de Llewyn (soberbio Oscar Isaac) se van marcando los palos que le da la vida uno tras otro, esos golpes que son los que llevan a la desesperanza, a tirar la toalla, a que se marquen en la cara las heridas del cansancio y un gesto de resignación que ningún otro actor podría haber clavado, es tan duro que llega a doler (gran injusticia la de la Academia al no haberle tenido en cuenta en las nominaciones a los Oscars, uno de los grandes ausentes de este año, se la merecía).

En sus ojos se puede leer una autentica declaración de amor a la tristeza.

La vida no le da tregua, no hay aciertos, sólo rechazo y desesperación. Vive de prestado allí donde le hacen hueco. A su antiguo compañero musical, con el que tenía una prometedora carrera por delante le dio un día por tirarse del puente George Washington (no del de Brooklyn que es de donde se tira la gente, sino del George Washington), su padre languidece incapacitado en un asilo, su hermana lo considera un cero a la izquierda, ni siquiera tiene un abrigo para pasar el crudo invierno y por si fuera poco ha dejado embarazada a la novia (Carey Mulligan) de lo más parecido que tiene a un amigo (Justin Timberlake) y debe hacerse cargo del coste del aborto.

Malvive empeñado en tener lo que el destino ha decidido que no es suyo, la suyo se lo llevarán, los “Bob Dylan” de turno, los triunfadores, los que se venden o los que simplemente el azar les pone en el sitio adecuado en el momento correcto. Eso a él, no le toca. A él le toca la vida tal cual.

En este punto de no retorno, ya no hay manera de luchar, cada paso, cada oportunidad no son más que bandazos sin sentido cuando uno está destinado al fracaso. Sólo queda esperar que la última ostia te deje tirado en la lona o en el sucio callejón trasero de un tugurio de mala muerte para poder así seguir adelante.

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