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Maya: el velo de lo irreal

Autor: | @JorgeABertran

Es fácil ver en Maya una película romántica, porque, al fin y al cabo, tiene todos sus elementos. Un personaje masculino de vocación romántica, idealista, con conflictos existenciales, vive un romance en un paisaje exótico de gran belleza. Él es Gabriel (Roman Kolinka) un reportero de guerra que ha sufrido un secuestro que le llevará a aislarse en Goa, en India, lo más parecido al paraíso. Este escenario se desvela, además, como el origen de los traumas de la infancia del protagonista. Un requisito de la historia romántica parece ser el que sus personajes pertenezcan a las clases acomodadas: quizás, el amor entre curritos no es digno del cine o la literatura. Gabriel tiene sus necesidades más que resueltas, lo que le permite deambular por playas y selvas casi vírgenes, pensar mucho, fumar más, y enamorarse.

La película de Mia Hansen-Love parece decirnos que estos ricos lloran y además, intentan aliviar su mala conciencia ‘ayudando al mundo’, ya sea contando ‘la verdad’ como periodistas -para Gabriel la vida real está en las zonas en conflicto- o trabajando como voluntario en una ONG -como la madre de Gabriel- o incluso como Maya (Aarshi Banerjee), negándose a abandonar un paraíso a punto de ser perdido por la voracidad de las multinacionales turísticas -que paradójicamente verían con buenos ojos las atractivas estampas que aparecen en esta película-. Mia Hansen-Love, como en El porvenir (2016), coloca a sus personajes en una encrucijada entre los ideales y lo práctico. La clave del film, como ya he dicho, aparentemente de un romanticismo convencional, debemos buscarla en el choque con la cultura y la religión hindú: en ellas Maya -o maia- es la ilusión, lo irreal.

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