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Lady Bird: de niña a mujer

Autor: | @JorgeABertran

Lady Bird es de esas películas en las que te gustaría vivir. En ella hay personajes de esos que te gustaría conocer: cálidos, inteligentes, divertidos, con una frase memorable siempre en sus labios. Incluso los más antipáticos tienen su gracia. Y cuando la cosa se pone fea, en el mundo de Lady Bird se escucha la canción perfecta para describir el momento -la banda sonora está disponible en vinilo- para facilitar el tránsito hacia la siguiente escena. Sí, esto es una película indie. No podía ser de otra manera: detrás está su penúltima musa, Greta GerwigFrances Ha (2012), Mistress America (2015), 20th Century Women (2016)- que dirige y escribe -está nominada al Oscar en ambas categorías- y quien se queda tras la cámara para hablarnos de la que probablemente fue ella misma en su adolescencia (Gerwig, como su protagonista, nació en Sacramento).

“Lady Bird” está interpretada por Saoirse Ronan con un encanto tremendo -también está nominada- en ese momento chungo de absoluta indefinición entre el final del instituto y el comienzo de la vida universitaria/adulta. Lo hemos visto mil veces. Pero este film tiene la capacidad de hacernos sentir reconfortados contándonos la historia de siempre, sin perder la frescura, gracias al uso de detalles concretos, particulares, únicos. Así, la historia se sitúa justo después del 11-S, justo antes de la gran crisis financiera, lo que coloca a la familia protagonista -de talante demócrata- en una situación de estrechez que de una forma muy real desencadena los conflictos. Dice Lady Bird que nació del lado equivocado de las vías del tren, porque sus compañeros de instituto viven en otros barrios, más acomodados. Por eso tienen ellos otras culturas: republicanos, católicos, irlandeses, como Lucas HedgeTres anuncios en las afueras (2017)- o pijos antisistema como Timothée ChalametCall me by your Name (2017)-, secundarios que escapan al cliché con giros inesperados ante la mirada atónita de la protagonista. Y nunca he estado en Sacramento, pero me reconozco en esa patria chica de la que esta joven soñadora sueña con escapar. Esto, que también parece un cliché, no lo es. Primero porque Sacramento no parece estar tan mal y segundo porque no es más que la epidermis del conflicto de identidad que tiene una adolescente mimada, que de sí misma no acepta ni su nombre. Un conflicto exteriorizado en su madre, otro logro, porque Laurie Metcalf -nominada al Oscar- es la madre que todos hemos tenido (y su marido, Tracy Letts, es otro de esos padres que nos hubiera gustado tener: “Soy como Keith Richards, estoy a gusto en cualquier lugar”).

Lady Bird es una película sobre las primeras veces -el primer beso, la pérdida de la virginidad, aprender a conducir, fumar y emborracharse, dejar atrás a nuestros padres- pero todo ello ocurre de la forma más normal -dice la protagonista que el sexo no es como en las películas, nadie grita, se puede hacer en silencio perfectamente-. Así, una secuencia sucede a la otra, sin grandes consecuencias, como el tiempo que va pasando, por muy dramática que Lady Bird quiera ponerse. Cada vez que parece que se acaba el mundo para ella, una elipsis nos transporta al futuro como diciéndonos que la vida no se detiene por nadie. Pero todas estas vivencias van acumulándose, poco a poco, hasta obrar esos pequeños cambios trascendentales que hacen que seas quien realmente eres.

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