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Juego de Tronos-Temporada 8: los últimos Stark

Autor: | @JorgeABertran

AVISO SPOILERS

Era lógico sentir curiosidad por ver cómo continúa la historia de Juego de Tronos tras la batalla definitiva del episodio anterior, y este episodio tiene un título morboso -¿deudor de Los últimos Jedi?-. Como es coherente y necesario, tras una batalla, duelo, incluso a pesar de la victoria. Daenerys (Emilia Clarke) llora la muerte de Jorah Mormont (Iain Glen), Sansa (Sophie Turner) la de su hermano, Theon Greyjoy (Alfie Allen). La imagen de las multitudinarias piras funerarias de los caídos, marca lo que parece un buen arranque para la historia. No es casualidad que el discurso en el funeral lo haga Jon Snow (Kit Harington) y que su contenido haga referencia a la unión durante la batalla para derrotar al enemigo común. La escena es larga, dura casi 7 minutos, pero parece un mero trámite. Que no se diga que los personajes fallecidos han sido olvidados.

El dolor del funeral se convierte en tensión en la siguiente escena, espléndidamente iluminada con una gran cantidad de velas. En ella, los personajes comen casi sin mirarse entre ellos. Gendry (Joe Dempsie) se convierte en el protagonista inesperado, como aparente primer blanco de Daenerys, la primera en romper la tregua anterior y abrir fuego por rencores del pasado. Pero lo que hace es nombrarle señor del Bastión de las Tormentas, en un giro inesperado. Daenerys utiliza ese rencor para hacer algo positivo, que, sin embargo, maquiavélicamente, le sirve para marcar su poder y crear una nueva alianza. Pero también para despertar la desconfianza de Sansa Stark. De todo esto se da cuenta el personaje más inteligente, ya lo sabemos, que es Tyrion Lannister (Peter Dinklage), que aclara, innecesariamente lo está ocurriendo -lo hace para el espectador- con la excusa de rebajar la tensión -para Ser Davos (Liam Cunningham)-. Tyrion abre enseguida el melón del liderazgo de los Stark, que Bran (Isaac Hempstead Wright), por supuesto, no desea en absoluto. Por no desear, Bran, no desea nada. El que realmente rompe el hielo es Tormund (Christopher Hivju) con su simplicidad bárbara. Su exaltación de la heroicidad de Jon Snow convierte el conflicto por el poder en una cuestión de género: Snow puede tener el mismo mérito que Daenerys, pero al ser esta una mujer, quedará siempre por detrás de él. A esta problemática hay que añadir su soledad, como extranjera. Hay también un momento, aparentemente trivial, en el que Jaime Lannister (Nicolaj Coster-Waldau), Brienne (Gwendoline Christie) y Tyrion – ¿No estaba el enano muy preocupado? – participan en un juego de beber, que consiste en adivinar datos biográficos del otro. Esto lleva a desvelar las heridas psicológicas de tres personajes: Brienne -que luego participa en la primera escena de sexo gay entre un hombre y una mujer-, Sandor Clegane (Rory McCann) y, sorprendentemente, Sansa Stark. Estos dos últimos mantienen un diálogo que, una vez más, solo sirve a los guionistas –D.B. Weiss y David Benioff– para resumir la trayectoria de estos personajes durante la serie, de una forma, en mi opinión, poco natural. Tampoco veo ingenio en la actitud de Arya Stark (Maisie Williams) tras la victoria -que sigue haciendo tiro a blanco con su arco, como una máquina de matar obsesionada- que rechaza la abrupta declaración de amor de Gendry. El “no soy una dama” se puede leer como un nuevo apunte feminista.

Luego, lo que prometía ser una escena de amor entre Daenerys y Jon Snow, se interrumpe por el conflicto que comienza a crecer entre ellos, de carácter político. No hay rivalidad entre ambos, sino que el problema se plantea como exterior: la admiración del Norte hacia Jon, la ambición de Sansa. Estos elementos funcionan como un destino inevitable que hace que el amor entre ambos parezca imposible. Prácticamente, Romeo y Julieta, con sus familias, o clanes, o reinos, enfrentados, impidiendo su unión. Eso sí, Daenerys muestra el colmillo, al pedirle a Jon que no revele la verdad sobre su derecho al trono. Señoras y señores, estamos en el cuarto capítulo de la última temporada de Juego de Tronos, justo después de una batalla decisiva, y lo que estamos viendo es el planteamiento de nuevos conflictos, que llevan, otra vez, a la unión ante un enemigo mayor: Cersei Lannister (Lena Headey), que hasta ahora había estado convenientemente ‘aparcada’. También resulta conveniente todo lo que ocurre a continuación: la nueva batalla que se va a librar divide a todos. A los Stark con respecto a Daenerys y a los propios Stark entre ellos. Lo que lleva a una conveniente muestra de fraternidad de los legítimos hijos de Ned Stark (Sean Bean) que aceptan al bastardo Jon Snow como uno de los suyos. Es un momento que llevamos ocho años esperando. Pero su verdadera función dramática es, ahora, otra: poner inmediatamente a prueba a Snow. ¿Revelará su verdadero linaje a sus hermanos, traicionando la confianza de Daenerys? También resulta muy conveniente que Bran, que sigue en plan ‘jedi’, le asegure a Jon Snow que no revelará su secreto porque ‘la decisión es suya’. Todo esto porque los guionistas necesitan que la historia se mueva rápido y hacia una dirección preestablecida.

¿No es también gratuita la aparición repentina de Bronn (Jerome Flynn)? Su amenaza contra los hermanos Lannister no es demasiado creíble, por lo que es normal que el guión se permita la licencia de no explicarnos cómo ha conseguido infiltrarse en Invenarlia. Lo que Bronn aporta como personaje es, sin embargo, interesante: conciencia de clase. Bronn pertenece a las clases bajas, que en esta suerte de sociedad feudal no tienen ninguna oportunidad de trascender sus orígenes ni de acceder a los privilegios que sí tienen, de nacimiento, incluso un enano como Tyrion. Y eso hace a Bronn muy atractivo. Su pequeño momento, sin embargo, se cierra en falso.

Una escena entre Sandor Clegane y Arya Stark; otra en la que vemos volar a los dragones; una más entre Sansa Stark y Tyrion Lannister -que en este episodio se multiplica, gana protagonismo, para hacernos creer que nos tendremos que despedir de él- que sigue girando sobre el mismo tema ¿Debe reinar Daenerys o Jon Nieve? Lo que empezó siendo un secreto entre tres o cuatro personas, comienza a multiplicarse. La información del linaje de Jon Nieve se convierte poco a poco en una amenaza que empieza a recordar a los Caminantes Blancos. Solo que el boca a boca va mucho más rápido que los muertos vivientes. Tras las despedidas de Tormund, y de Samwell (John Bradley) y Gilly (Hannah Murray), todo se precipita.

El viaje hacia Desembarco del Rey comienza y enseguida nos encontramos en una batalla naval – ¿Alguien se acuerda de las teletransportaciones de la temporada anterior? – y, atención, porque muere un dragón. Un giro sorprendente, como poco, que confirma que los front runners de la serie tienen la firme convicción de alejar la trama de la fantasía -eliminados ya los caminantes blancos, los zombies, los gigantes, la bruja roja- para que la historia se resuelva en un conflicto puramente humano. Así, nos reencontramos con Cersei, aliada con Euron Greyjoy (Pilot Asbaek), auténticos villanos de la función, inteligentes estrategas que colocan a Daenerys en un dilema moral que la pone a prueba como gobernante. Tendrá que demostrar si es la reina que todos desean. El rapto de Missandei (Nathalie Emmanuel) es otro de esos giros argumentales ‘convenientes’. ¿Se convertirá Daenerys en otra tirana como las que ya hemos conocido en la serie, permitiendo la muerte de miles de inocentes para conseguir sus objetivos? Tyrion y Lord Varys (Conleth Hill) discuten este dilema -y reaparece la cuestión de género- por enésima vez durante el capítulo.

Pero lo menos convincente, en mi opinión, es la subtrama de Jaime Lannister, durante esta breve temporada. Podíamos aceptar su giro hacia la nobleza. Pero su relación sentimental instantánea con Brienne, para enseguida recuperar su maldad y su amor por Cersei, todo eso resulta, como poco, precipitado.

El momento más tenso del capítulo llega, cómo no, al final, cuando Tyrion decide ponerse a merced de Cersei, a la que creemos muy capaz de matarle. Es la gran fortaleza de Juego de Tronos hacernos creer que cualquier personaje puede morir en cualquier momento. Pero es también la mayor debilidad de la serie, ya que una y otra vez se debe recurrir a una muerte para provocar impacto. Sin embargo, el enfrentamiento aquí, entre hermanos, es emotivo, tenso y, además, recoge el juego de la bebida que hemos visto antes: Tyrion adivina que Cersei está embarazada. Ahora bien, de todo lo que podía ocurrir en esta escena, de todas las posibilidades -que Tyrion muera, que Cersei se rinda- lo que ocurre, lamentablemente es lo más predecible y lo menos estimulante. Missandei muere. Esto convierte a Cersei en una villana que es más fácil de odiar, pero que, también, resta complejidad a su personaje. 6/10

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