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Juego de Tronos – Temporada 8 – Las Campanas

Autor: | @JorgeABertran

AVISO SPOILERS

Una enigmática escena protagonizada por Lord Varys (Conleth Hill) abre el penúltimo episodio de Juego de Tronos. Pero el enigma, es breve: el sujeto de las preocupaciones del consejero es Daenerys (Emilia Clarke) y el conflicto es el mismo que en el episodio anterior ¿Debe reinar ella o Jon Snow (Kit Harington)? Varys enfoca el problema como un asunto político, pero para Snow, es una cuestión sentimental. Es una cuestión de amor. En la escena entre Daenerys y Tyrion (Peter Dinklage), desembocan los conflictos que se han estado gestando en esta corta temporada final: el secreto sobre quién es el heredero legítimo, la lealtad de Jon hacia Daenerys, y que esta se siente una extranjera. Daenerys es una paranoica traicionada. Todo esto ha sido establecido para justificar un giro en nuestra percepción sobre la madre de los dragones. Pero lo que puede parecer un cambio de actitud, no tiene por qué serlo realmente. Reducir Juego de Tronos a un enfrentamiento entre buenos y malos es poco interesante. La serie se ha ocupado de personajes humanos, con defectos y pecados. Personajes, sobre todo, que reaccionan cuando adquieren el poder (político). Daenerys a ha actuado antes como una líder práctica, capaz de tomar decisiones difíciles, aplicando la reprochable filosofía de que el fin -la libertad- justifica los medios. Siempre ha habido en ella, además, una deseo de venganza que corre paralelo a su idealismo. En el desenlace de la serie, con tanto en juego, es normal que el conflicto se centre en si Daenerys se dejará llevar por la idea de la utopía, o por el rencor. Nada que objetar. La ejecución de Lord Varys, un personaje importante, no es la primera sentencia de muerte bajo el mandato de la Targaryen. Lo interesante son las consecuencias de esa decisión: Jon Snow, a pesar de jurarle lealtad a su reina, rechaza un beso, en un gesto melodramático. Esto, de una forma más bien simplista, nos lleva a la siguiente escena, en la que Daenerys se decide. El fin justifica todos los medios. Está dispuesta a sacrificar vidas inocentes para liberar a futuras generaciones de la tiranía de Cersei Lannister (Lena Headey). El mensaje de esta línea narrativa es que, al hacerlo, Daenerys será tan desalmada como Cersei. No habrá diferencia entre ellas. Tyrion, que también lo sabe, habla en nuestro nombre. El enano buscar ser la conciencia de la reina. Los planos siguientes, de una multitud de refugiados, con música triste, colores grises, nos ayuda a entender lo que está en juego. Lo que rompe está dinámica, aparentemente predecible, es la misión secreta de Arya (Maisie Williams) y Sandor Clegane (Rory Mccann), dispuestos a matar a Cersei y acabar con la guerra. Luego descubriremos que este apunte narrativo era humo.

La emotiva escena entre Tyrion y un capturado Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau) es preciosa: los futuros que el enano dibuja para sus hermanos si huyen; la confesión sobre la deuda que tiene con él desde su infancia. Un buen cierre para la historia entre ambos. Luego, escenas de tensión por la batalla inminente. Nos enseñan el pánico de la gente dentro de Desembarco del Rey. Víctimas inocentes en la ciudad de los ‘malos’. El planteamiento es sin duda interesante. No estamos ante una batalla de fantasía entre humanos y orcos, sino entre personas que morirán por las decisiones de sus monarcas. Lo que, repito, hace tan ‘malas’ a Cersei como a Daenerys. A cualquiera que detente el poder. Cersei lo demuestra dejando fuera de la protección de las murallas a parte de los habitantes de la ciudad, sobre todo mujeres y niños. El primer ataque de Daenerys sobre el dragón es espectacular. Un ataque devastador que solo podemos comparar con el uso de una bomba atómica. Comparemos con la batalla contra los caminantes blancos: entonces los ejércitos comandados por Daenerys luchaban por su vida. Eran héroes solo por sobrevivir a un ejército inhumano, al horror. Ahora aplastan a sus enemigos, simplemente humanos, en una auténtica masacre. La imagen de Tyrion caminando entre los desastres de la guerra -pienso en Goya- es clara: aquí no hay gloria. La gran sorpresa: Cersei no guarda ningún ‘as’ bajo la manga. Ha perdido. Está loca. No es la villana prometida, sino una mujer rota por el dolor, por la muerte de sus hijos. La música nos recuerda el tema The Light of Seven -de Ramin Djawadi- del momento más bajo de Cersei en la sexta temporada. El momento en el que lo perdió todo. Presenciamos entonces una rendición que acaba por despojar a la victoria de toda épica. Las campanas doblan -pienso en Hemingway-. Es entonces cuando no entiendo la decisión de D.B. Weiss y David Benioff. Es entonces cuando convierten a Daenerys y su dragón en un bombardeo indiscriminado sobre una población civil. A su ejército de liberadores, en asesinos de mujeres y niños. ¿Por qué? ¿Qué lo justifica? Creo que la muerte de Misandei (Nathalie Emmanuel) no es suficiente. Ni las traiciones antes mencionadas. Solo se puede apelar al linaje de Daenerys, a la genética del ‘rey loco’. Pero esta justificación me parece lejana, para entendidos, para fans. A nivel de personajes, me parece que el giro que da Daenerys no está bien contado. Pero hay que esperar al siguiente episodio, claro. Ahora bien, a nivel temático, la idea de no convertir en heroína a Daenerys, por ganar una guerra, me parece rompedora. A nivel temático, la sorpresa del giro que da Daenerys lleva a un comentario crítico sobre la guerra, en mi opinión, el subtexto de este capítulo, que se sobrepone al destino de los personajes (que es lo que desean ver los fans). Una decisión arriesgada y digna de aplauso.

Quizás, precisamente, porque saben que han jugado en contra de nuestras expectativas, los guionistas ofrecen luego un conflicto más personal, más virulento y menos intelectual -también más gratuito- entre Jaime y Euron Greyjoy (Pilou Asbaek). Jaime ‘muere’ tras matar a otro rey. Pero, de forma coherente con el tema que he apuntado antes, sin gloria ninguna. Tras todo esto, cabe preguntarse qué sentido tiene la venganza de Arya, como expresa Sandor Clegane, en lo que parece una escena forzada, que intenta devolver inocencia y bondad a la endurecida niña de los Stark. No cuela. Pero es que necesitábamos ver ese enfrentamiento entre Ser Gregor Clegane (Hafpór Július Björnsson) -zombificado- y Sandor ¿o no? Pelean en un escenario apocalíptico, de ruinas y aliento de dragón que es Fantasía pura. El desenlace no parece especialmente inspirado, pero sí puede responder también a la idea de fondo sobre la violencia y la venganza: solo puede acabar consumiendo a los dos hermanos. No puede haber un vencedor. Luego, siguen atando cabos Benioff y Weiss: Cersei y Lannister se reencuentran sobre el mapa del mundo que esperaban dominar. Ambos sufren, creo yo, el desenlace que imaginábamos. Un momento humano y hasta tierno, entre los dos ‘malvados’ de la serie.

Pero hablemos del meollo del capítulo: Arya será testigo, será nuestro punto de vista, del horror de la guerra, en unas escenas poderosas -en las que una madre y una niña le ponen cara a las víctimas del conflicto, a los refugiados- en tres o cuatro secuencias que me parecen lo mejor del episodio. En el momento más ambicioso, quizás de la serie, Arya encuentra un caballo blanco entre los escombros, en medio de la destrucción -¿Estarían los front runners de Juego de Tronos pensando en Guernica? ¿En Picasso?-. Me quito el sombrero. 9/10

 

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