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Hereditary: casas de muñecas

Autor: | @JorgeABertran

Hereditary se ve con inquietud. Cada plano de la película produce una incomodidad difícil de concretar. Un efecto conseguido por una planificación cuidadosa, lentos movimientos de cámara y una banda sonora ambiental crispante -de Colin Stetson– que, cuando aparece el silencio, produce un efecto perturbador. No es una película de terror “de sustos”, aunque los haya, sino de detalles muy sutiles, de pequeñas señales, casi subliminales, que poco a nos van indicando que algo está mal en la familia protagonista.

La historia comienza cuando muere la madre de Annie (Toni Colette), fallecimiento que proyecta una sombra sobre ella y el resto de su familia, su marido Steve (Gabriel Byrne), su hijo Peter (Alex Wolff) y la pequeña Charlie (Milly Shapiro). Ópera prima escrita y dirigida por Ari Aster, sería un drama familiar al uso si no fuera por una serie de detalles malsanos. Empezando por la truculenta acumulación de desgracias familiares de los protagonistas; desgracias visualizadas a través de la peculiar profesión de Annie, que se dedica a fabricar maquetas a escala -siniestras casas de muñecas-. Esto le permite a Aster jugar con las imágenes para introducir la idea de los mecanismos de la ficción, o para decirnos que puede haber mundos dentro de otros mundos. Otro elemento inquietante son las interpretaciones: Toni Colette hace una exhibición de recursos en una composición arriesgada y al límite; en el otro extremo, la sedada actitud adolescente de Alex Wolff, que parece transitar adormecido por el drama de su familia; pero destaquemos sobre todo el extraño físico de la infantil Milly Shapiro, un descubrimiento; y, por último, la normalidad racional de Gabriel Byrne, que sirve de asidero para el espectador. Mencionemos por último a la magnífica Ann Dowd -la tía Lydia de The Handmaid´s Tale– que de nuevo borda un personaje sorprendente. Todos estos elementos contribuyen a que Hereditary no ofrezca descanso al espectador durante su largo metraje, que lentamente va incomodando hasta un clímax de terror puro, irracional, que acaba resultando casi liberador.

El film se inspira en los años 70 del género, y su director propone además una mirada interesante, que trasciende las convenciones y que podría ser la de un futuro autor a tener en cuenta. Una película que hay que colocar junto a estupendas propuestas recientes de temática similar como La casa del diablo (Ti West, 2009), Lords of Salem (Rob Zombie, 2012), y La bruja (Robert Eggers, 2015).

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