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Fleabag – Todo el mundo se siente un poco así

Autor: | @JorgeABertran

El menor de los atrevimientos de la primera temporada de Fleabag es la constante ruptura de la cuarta pared. Pero también es su gran seña de identidad. Los expresivos ojos de Phoebe Waller-Bridge -actriz protagonista y autora del texto de cada episodio- y su inabarcable sonrisa irónica convierten cada plano de la serie en algo completamente diferente a todo lo demás. No es que haya inventado nada -sin ir más lejos, los personajes de The Office también miran a cámara, por no mencionar la perorata constante de Deadpool– pero el continuo diálogo de la protagonista con el espectador establece una intimidad adictiva y una irreverencia que solo puedo comparar con los mejores episodios de Buggs Bunny. La gestualidad de Waller-Bridge es tan importante como los guiones ingeniosos y precisos que también firma ella.

Los dos primeros episodios de Fleabag son una ola que te arrastra y te vapulea, por la velocidad con la que habla la protagonista, sus ya mencionados gestos a cámara y la gran cantidad de cosas que ocurren. En lugar de una trama lineal, nos encontramos con un puzzle de sketches rápidos como brochazos que parecen independientes pero poco a poco van formando tramas y abordando temas de calado. Algunos chistes no encuentran su remate hasta el siguiente capítulo, convirtiéndose en un running gag inadvertido -como el que hace referencia al precio de la vida en ¡Londres!-. Esta estructura desactiva el sentido tradicional del planteamiento, nudo y desenlace, prescinde muchas veces del remate o punch line y cuando lo respeta, suele apelar al humor del absurdo: cuando crea una coreografía con los pasajeros del metro -adelantándose al videoclip Anima de Thom Yorke y Paul Thomas Anderson– que soluciona con un ‘creo que me va a venir la regla’. A esto hay que añadir la revelación de la situación de Boo (Jenny Rainsford), que desvela que las piezas del puzle están desordenadas también cronológicamente. Las constantes rupturas y reconciliaciones de la protagonista con Harry (Hugh Skinner) nos hacen dudar igualmente de si lo que vemos es pasado, presente o futuro. En los dos primeros episodios, la protagonista se revela como una mujer que se siente fracasada, algo solitaria, incluso despreciada por su familia, pero que se eleva por encima de los demás a fuerza de bromas e ironía, quizás porque es la única que sabe que está en su propia serie/vida. La protagonista, que no tiene nombre, roba, engaña, es cruel, se burla de todos con malicia y es incontrolable y rebelde. Femenina, feminista y lo contrario a la vez.

El tercer episodio, en cambio, se detiene en ideas más profundas, aunque igual de afortunadas y ralentiza levemente e ritmo narrativo para hablarnos de la soledad que evidencia un vibrador; la ausencia expresada en una cobaya que necesita cariño; paseos por el cementerio y una falsa fiesta de cumpleaños. Todo esto continúa en una estupenda exploración de la relación entre hermanas -Claire (Sian Clifford)- en el escenario de un retiro femenino que obliga como terapia a guardar silencio, lo que provoca que las dos hablen de más, revelando sus secretos (la terapia masculina consiste en gritar insultos machistas).

El quinto episodio sigue en esa línea y desarrolla casi un drama familiar: la ausencia de la madre, una gata encerrada, una madrastra deliciosamente cruel, que encima también es madrina (Olivia Colman). Una revelación en el último episodio termina de colocar las piezas del puzzle y nos muestra cómo es realmente la protagonista y completa la percepción que de ella tienen los demás. Se finaliza, además, una transición de la comedia al drama. La protagonista personifica las dudas, inseguridades y soledad que seguramente sentimos todos. Una desorientación existencial que provoca que percibamos con envidia, a los que nos rodean, como personas más integradas, más completas, como si ellas sí supieran lo que deben hacer. Pero mienten.

La segunda temporada de Fleabag comienza con un episodio magnífico. Algo más convencional, pero asombroso en su capacidad de recoger todas las subtramas de la entrega anterior, plantear una nueva situación y desarrollar una cena familiar en la que salen a la luz todas las miserias de los personajes. Cómo no. Pero la dinámica ha cambiado. En la temporada anterior la hostilidad hacia la protagonista se justificaba por su falta -relacionada con Boo- y su actitud beligerante se explicaba por su sentimiento de culpa. Ahora el resto de la familia, especialmente el cuñado, Martin (Brett German) resultan mucho más odiosos ante una protagonista más contenida de lo habitual. Un nuevo personaje, un atípico cura (Andrew Scott) sirve para que los demás guarden las apariencias, lo que en realidad les lleva a revelarse. Es increíble lo mucho que cuenta este episodio en 26 minutos, cómo conjuga costumbrismo, comedia y drama de forma perfecta. Un capítulo redondo.

A partir del segundo episodio Fleabag retoma el sentido del humor, pero al mismo tiempo se pone seria. La protagonista sigue buscándole sentido a su vida y se divide entre asistir a terapia, confesarse con un cura, y seguir persiguiendo un polvo como la adicta sexual que parece ser. Las conversaciones sobre la fe entre la protagonista y el padre, aderezadas con una estupenda tensión sexual, son muy divertidas. El momento en el que el cura descubre las miradas a cámara de ella, es muy interesante y da pie a otro sorprendente running gag que se mantendrá hasta el final. En el tercer episodio, la guionista se permite cuestionar el feminismo y reírse de la discriminación positiva en un magnífico monólogo de Kristin Scott Thomas. La tensión sexual con el cura marca los siguientes episodios que mezclan situaciones cómicas con preocupaciones profundas. El sentido de la vida sin trascendencia del alma y sobre todo la muerte: la de Boo, que se traduce en culpa, pero sobre todo el fallecimiento de la madre. Hay también una intensa escena en el confesionario. En el apartado cómico, la estupenda idea de tener buena cara en un funeral y el eterno problema femenino con las peluquerías. La última entrega de la segunda temporada tiene aires de comedia romántica: una boda y alguien que corre detrás del amor de su vida, aunque sea en off. La boda reúne de nuevo a esta extraña familia y es que la otra fortaleza de Fleabag, además de lo brillante que es su autora, es su capacidad de crear su propio microcosmos, con sus elementos recurrentes, como esa escultura de un cuerpo femenino, que va, vuelve, y que va cambiando de significado según avanza la historia.

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