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Barry – Temporada 2 – Realidad y ficción

Autor: | @JorgeABertran

Todos somos idiotas. Esa es la premisa básica de Barry, serie creada por Bill Hader y Alec Berg para HBO y que opta a ser la mejor comedia en los premios Emmy. En su segunda temporada esta serie de humor negro tiene muy claro lo que quiere contar y en qué registro. El primer episodio es una buena muestra de ello. El guión plantea chiste tras chiste, sin pausas. Hay situaciones que son directamente humorísticas, como el relato en off del mafioso NoHo Hank -interpretado por Anthony Carrigan, nominado al Emmy- pero es que en las escenas dramáticas, como cuando Gene Cosineau -el también nominado Henry Winkler– lamenta la muerte de su pareja ¡También hay chistes!

Básicamente hay dos tipos de momentos en Barry. Primero, los que describen a los personajes como muy torpes en el ejercicio de su profesión: el chapucero robo que abre el primer episodio; la investigación policial sobre quién mató a la detective Janice Moss (Paula Newsome); las obras teatrales de aficionados en las que participa Barry –Bill Hader, por supuesto, nominado al Emmy- o los negocios y las venganzas entre grupos mafiosos. Todo eso se describe como un desastre. Pero, cuando los personajes afrontan problemas personales -el policía que se separa- o se enfrentan a situaciones dramáticas… también hacen el ridículo: Gene cuenta a Barry que ha pensado en suicidarse, pero este no entiende las sutilezas del pretencioso director teatral, eliminando con sus torpes comentarios cualquier posibilidad de un tono trágico.

Luego está el juego entre ficción y realidad que ha marcado la serie en su primera entrega y que aquí vuelve a ser importante: en el episodio The Power of No, Barry, sobre el escenario, confiesa un hecho traumático, la primera vez que mató a un hombre en la guerra. Pero la carga dramática de su relato -que vemos en flashbacks- se desactiva cuando sus compañeros estudiantes de teatro recrean su narración de una forma ridícula y apartada de la realidad. Es justo esta escena la que desencadena las tramas que se van a desarrollar en la segunda temporada. Todos los personajes deben enfrentar un conflicto personal real que deben reflejar en una simulación teatral. Barry explora su experiencia en la guerra, muy preocupado por su naturaleza violenta, que es incapaz de representar sobre el escenario. Por ello, plagia el famoso discurso de Mel Gibson en Braveheart (1995) y hace el ridículo. Barry sufre además un bloqueo en la vida real -no consigue asesinar a la líder de la mafia birmama, quienes, por cierto, simulan ser pacíficos monjes budistas-. Barry no es el único que finge. Sally (Sarah Goldberg, también opta a un Emmy) explora el trauma de haber sido maltratada por un exnovio, pero, para dramatizar lo que le pasó, acaba ‘mintiendo’ sobre las tablas. Sally tendrá que enfrentarse a la realidad cuando reaparece su exnovio, Sam (Joe Massingill). Curiosamente, Gene decide realizar el mismo ejercicio que sus estudiantes, enfrentándose a los aspectos oscuros de su personalidad: intenta reencontrarse con su hijo, del que nunca se ocupó, pero este siente que su padre está fingiendo. Fuera del taller de teatro, el antiguo aliado de Barry, Fuches (el igualmente candidato al Emmy, Stephen Root), es obligado a simular un acercamiento para intentar incriminarle en el crimen de la detective Moss. Detrás de esta estrategia, como un director teatral, está el detective John Loach (John Pirruccello), dictando un guión a Fuches. Por último, el mafioso Noho intenta eliminar a sus rivales birmanos, pero no lo consigue porque no ve la realidad -que sus hombres son unos inútiles-. Su mirada convierte su vida en algo muy parecido al sueño americano, a una estúpida película de Hollywood.

Durante la segunda temporada de Barry se revelan secretos sobre los personajes -la relación tóxica de Sally y su maltratador; un episodio de Barry en la guerra- que llevan la trama a oscuridades impropias de una comedia. Mención aparte merece el quinto capítulo, Ronny/Lilly, que cuenta cómo un encargo de asesinato se va torciendo hasta convertirse en un absoluto e hilarante desastre, con un humor sorprendente, absurdo -la niña experta en artes marciales- muy físico y negrísimo. El mejor episodio de la serie, justamente nominado a los Emmys por su guión y dirección. Tras ese paréntesis se puede decir que Barry vuelve a su esencia, a esa idea genial de convertir a un asesino a sueldo en un aspirante a actor, que se engancha a una compañía teatral amateur más bien cutre. En el episodio The Truth has a Ring to It, Sally y Barry se suben de nuevo al escenario para crear una ficción -una escena de violencia machista- en la que consiguen la fuerza de la verdad extrayendo emociones de experiencias personales mucho más terribles -los asesinatos de Barry- en un remake del clímax de la primera temporada. Pero este momento desencadena una serie de situaciones que reflejan la oposición realidad/ficción que plantea la serie: cuando Sally rechaza su gran oportunidad profesional porque no atiende a una “verdad” artística; cuando Barry sorprende al director Jay Roach en un casting, al no mostrar interés por el papel que le ofrecen: porque la vida de Gene está en peligro; y cómo este, profesor de actores, se deja engañar por Fuches, que interpreta el papel de detective privado, para tenderle una trampa; o cómo Noho confiesa ante sus secuaces que siempre ha interpretado el papel de ‘peligroso matón’, pero que, en realidad, no se siente identificado con su vida. Barry se ocupa, en gran medida, de nuestros roles vitales y de cómo, la mayoría de las veces, no encajamos en ellos. El desenlace de la temporada sigue en la misma línea con escenas emocionalmente explosivas que desnudan la verdad de los personajes: Sally cambia el guión de su obra en el último minuto con consecuencias inesperadas; Barry demuestra una vez más su destreza para matar; Gene experimenta una revelación que puede marcar la tercera temporada.

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