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Atlanta: This is America

Autor: | @JorgeABertran

La principal fuerza creativa detrás de Atlanta, una serie cuya calidad y ambición se ha visto recompensada por varios premios Emmy y Globos de Oro, es el guionista y actor Donald GloverCommunity, Spider-Man: Homecoming– conocido también por su faceta musical como Childish Gambino. Estamos ante una ficción de autor: Glover escribe, protagoniza e incluso dirige algunos episodios. Le acompañan estrechos colaboradores, como su hermano Stephen Glover, rapero y guionista, o el realizador Hiro Murai, junto al que ha hecho mucho ruido gracias al videoclip This is America. Esta conexión musical hace que no sea de extrañar que Atlanta tenga una estética y una banda sonora muy cuidadas, lo primero que llama la atención sobre esta serie. Lo segundo, es que sea una comedia, que podemos calificar de atípica: su humor es poco complaciente -nada de risas enlatadas-. Por último, apuntemos un tercer factor definitorio, como la voluntad de meterse en temas sociales incómodos. Pero, además, esta ficción se permite el lujo de introducir fugas surrealistas en su relato, que denotan una ambición artística. Atlanta no parece hecha para grandes audiencias y se centra decididamente en la comunidad afroamericana estadounidense, pero ojo, no como un target comercial, sino con la intención de afrontar, desde un punto de vista crítico, los problemas más complejos -no necesariamente los más obvios- de esta minoría racial. Y aun así, los conflictos existenciales de los personajes, la crítica feroz al sistema capitalista y al estado de las cosas, el que vivamos en una cultura globalizada en la que los referentes son los mismos para todos, hace que esta serie tenga un alcance universal. En su segunda temporada Atlanta es todavía más arriesgada y por tanto interesante, proponiendo episodios autoconclusivos que dinamitan la continuidad narrativa que esperamos de las series actuales y permitiéndose una mayor libertad en cada capítulo.

Atlanta propone a dos protagonistas afroamericanos, que viven en un barrio de clase media-baja en la ciudad que da título a la serie. Ambos sobreviven ciertamente marginados, no por el simple hecho de ser negros -que también- sino por su situación económica, derivada, en gran parte, de su pertenencia a una minoría que lo tiene muy difícil para progresar. Alfred ‘Paper Boi’ Miles (Brian Tyree Henry) se define como un tío que “le da miedo a la gente en los cajeros automáticos” por lo que tiene claro que su única forma de sobrevivir es dedicarse a las actividades que marca el estereotipo para los afroamericanos: el rap o vender drogas. Alfred, al que de vez en cuando veremos en un sofá situado en mitad de un descampado -lo que nos lleva al Baltimore de The Wire utiliza el dinero de sus trapicheos para tener una casa, y para dedicar su ocio a los videojuegos y a fumar porros; pero, además, con los beneficios de la droga puede pagarse los ensayos y las sesiones de estudio para grabar su música. Alfred está siempre al borde de atravesar la frontera que le separa de un mundo diferente: hacia abajo está la cárcel (o la muerte) por vender drogas; pero hacia arriba, hay dinero, fama y privilegios, gracias a su carrera musical. Es interesante cómo ambos mundos se comunican: su participación en un tiroteo en el primer episodio, hace crecer su fama.

La situación del primo de Alfred, Earn -el propio Donald Glover– es bastante peor. El auténtico protagonista de esta serie vive al límite de la pobreza. Earn es el que permite la identificación con el espectador, ya que en apariencia es un joven “normal”, con una familia corriente, que pudo estudiar una carrera universitaria -la abandonó- y que tiene una exmujer y una hija pequeña. Pero la estrechez económica que sufre Earn hace que se tornen borrosas las fronteras de su mundo “normal” con los submundos del crimen. Ya hemos dicho que, en el primer capítulo de la primera temporada, titulado The Big Bang, Earn entra en contacto con la violencia callejera -está clara la proliferación de las armas en la serie, todo el mundo tiene una- y se ve envuelto en un tiroteo junto a su primo, aunque su perspectiva sobre esto sea casi irreal: la escena tiene la textura de un sueño o de una alucinación. Tras el tiroteo, Earn pasa el siguiente episodio, Streets on Lock, en comisaría. Curiosamente, su primo, el autor del disparo, sale antes en libertad, porque tiene dinero para pagar la fianza, y porque, a diferencia de Earn, “ya está en el sistema”, se entiende que porque ha cometido delitos previamente. Atlanta juega a llevar al límite la situación de los menos favorecidos en el sistema capitalista, utilizando situaciones tan cotidianas como originales: cuando le impiden a Earn comprar un menú infantil -que es más barato- en una cadena de comida rápida; cuando, para conseguir dinero, acude a las tiendas de segunda mano, en The Streissand Effect; o cuando aprovecha una confusión para hacerse pasar por un representante de famosos con carrera. Earn se mueve, también, entre dos mundos: lo mismo asiste a una fiesta de ricos, que persigue a un empresario de la noche para cobrarle por un bolo de ‘Paper Boi’.

Pero como he dicho antes, el aspecto más sorprendente, diferente y ambicioso de la serie, son esas fugas surrealistas que aparecen de vez en cuando en los episodios. En el comentado primer episodio, el montaje narrativo juega con la idea de que el tiroteo pueda ser un sueño, una alucinación o incluso una premonición. Pero hay más momentos que se apartan de lo cotidiano: el detenido desequilibrado en la comisaría de policía que bebe agua del WC; el delincuente que corre por el bosque mientras un narco le dispara con un rifle de mira telescópica en Go for Broke; la diana con el dibujo de un perro que utiliza Darius (Lakeith Stanfield) en una práctica de tiro; el que Justin Bieber sea de raza negra (Austin Crute) en Nobody Beats the Biebs; el niño de mirada inquietante que aparece en la clase de Vanessa, con la cara pintada de blanco; el hombre de traje que le ofrece a Earn un bocadillo de nutella y que luego aparece como una especie de consultor espiritual en la parodia de un anuncio de televisión. Precisamente, el episodio –B.A.N– sorprende al ser una parodia de la emisión de una cadena de televisión para espectadores afroamericanos, anuncios incluidos. Prescinde de un argumento narrativo, recrea un programa de entrevistas, ‘Montague’, en el que se abordan los prejuicios de la comunidad afroamericana con respecto al colectivo LGTBI, con un humor paródico similar al de Saturday Night Live.

Por otro lado, uno de los mejores episodios de la primera temporada, Value, hace a un lado a los primos protagonistas y se centra en Vanessa (Zazie Beetz), madre casi soltera, educadora en un instituto público, que se reúne con una vieja amiga en un restaurante de lujo. Hay una gran diferencia económica entre ambas: Vanessa está atrapada en un trabajo mal pagado, con una hija y un ex fracasado -Earn- mientras su amiga vuela a Nueva York y a París en aviones privados. Pero la causa del éxito de esta, es que se dedica a la prostitución de lujo. Más tarde, por fumarse un porro, Vanessa descubre la hipocresía del sistema en cuanto al consumo de drogas y a las posibilidades de éxito de un afroamericano en la educación pública.

Tras esto, la serie aborda, en The Club, la cultura los locales nocturnos, con sus vips, su corte de aprovechados, el juego de las apariencias, las chicas guapas como reclamo, una bartender sabia, y empresarios que no quieren pagar: aquí el tío es tan esquivo que incluso tiene una trampilla para eludir a sus acreedores.

Otro estupendo capítulo, Juneteenth, se refiere a la celebración de la emancipación afroamericana, y puede resumir el espíritu de la serie. Earn y Vanessa asisten a una fiesta que ofrece una adinerada pareja interracial. Ella es una vieja amiga de Vanessa. Él, de raza blanca, admira la cultura afroamericana con una condescendencia que recuerda a la película Déjame salir (2017). Vanessa quiere hacer contactos para encontrar trabajo y mejorar su situación y le pide a Earn que finja de cara a sus anfitriones. Atlanta nos habla en gran medida de la cultura del éxito y del juego de las apariencias. Desde una mirada crítica propone que estamos obligados a crear un personaje para acceder a ciertos círculos, sociales, económicos e incluso artísticos (o criminales). Los protagonistas de Atlanta, sin embargo, siempre acaban fracasando en este juego, porque su verdadera esencia se revela por accidente o por un impulso autodestructivo. Esto es un mecanismo habitual en la comedia: el protagonista intenta algo que acaba saliendo mal y eso nos hace reír, pero aquí ese fracaso, además de humorístico, tiene que ver con la integridad moral.

El último capítulo de la primera temporada, The Jacket, reincide en este tema. El argumento se centra en la búsqueda de una chaqueta perdida en una noche de juerga, de la que Earn no recuerda nada. Como un detective, el protagonista intenta la reconstrucción de lo ocurrido la noche anterior, por ejemplo, a través de los vídeos subidos a la efímera red social Snapchat. La obsesión de Earn por la prenda, que le lleva a actuar de forma inusual, tiene efectos cómicos. No entendemos la importancia de la chaqueta, cuyo valor Alfred cree adivinar -y resolver- en lo más parecido a un momento emotivo de toda la serie. Pero la verdadera razón es diferente, y desvela una decisión vital de Earn que habla, de nuevo, de integridad y de evitar atajos, como vender drogas o vivir a costa de Vanessa.

La segunda temporada de Atlanta, con el subtítulo de Robbin Season, reincide en los temas de la primera entrega: en el episodio inicial, Alligator Man, el prólogo nos coloca de nuevo en el submundo criminal. Earn, prácticamente un sintecho, se enfrenta a una serie de situaciones que rozan el absurdo, pero que también son realistas: interactúa con personajes excéntricos que viven al borde de la criminalidad, y se enfrenta a temas como la violencia doméstica, las drogas y las armas, siempre abordados, eso sí, sin carga moral. Todo esto lleva al inevitable encontronazo con la policía. Pero también aparecen en la historia una leyenda urbana, la de Florida Man, en clave de humor (negro) y la posible presencia de un cocodrilo dentro de una vivienda, elementos que aportan un tono surrealista. 7/10En la segunda entrega, Sportin Waves, la doble faceta de Alfred provoca contrastes: primero le vemos como vendedor de drogas, siendo robado por su proveedor. Luego asiste a una moderna empresa tecnológica con aires de Silicon Valley, interesada por su música como ‘Paper Boi’. Alfred mira con la misma cara de desaprobación al camello que le roba faltando a una suerte de ética profesional entre criminales y a los millennials que, en aras de lo cool, han prescindido de las unidades de lectura de cd y son incapaces de escuchar el nuevo trabajo del rapero. Un nuevo personaje, Tracy (Khris Davis), se burla del capitalismo aprovechándose de sus propias reglas: tarjetas-regalo y políticas de no persecución a los que roban en las tiendas. Pero todo esto solo sirve para un consumismo sin sentido. La verdadera intención de Tracy es vestir como los blancos e impresionarles. Tracy intenta “entrar en el sistema” mediante una entrevista de trabajo, pero fracasa y culpa de ello al racismo. Paradójico. 7/10

Money Bag Shawty cambia las reglas del juego: Earn consigue dinero, por fin, como representante de ‘Paper Boi’, pero, significativamente, su nueva capacidad económica no le convierte automáticamente en un ganador. La sociedad sigue sin respetarle como cuando no tenía un solo céntimo. El argumento expresa estas ideas a través de un billete de 100 dólares que Earn no consigue que nadie acepte, por ser demasiado grande, supuestamente falso, o por ser él afroamericano. Alfred es el encargado de verbalizar la moraleja de la historia, refiriéndose de nuevo al juego de las apariencias y a la hipocresía social. Lo importante no es tener dinero, sino comportarse como alguien que se cree mejor que los demás. 7/10
Helen, dirigido por Amy Seimetz y escrito por Taofik Kolade, parece una entrega algo más convencional de la serie -aunque no por ello de menor calidad- que juega, otra vez, con las cuestiones raciales y las apariencias. El escenario es una fiesta alemana, el Oktoberfest, al que Vanessa lleva a Earn. Ella está en su mundo -al parecer vivió un tiempo en Alemania- y le pide a él que participe. Hay extrañas reglas sociales, máscaras y juegos en los que Earn, como afroamericano, se siente incómodo. Pero el peso del conflicto aquí es de pareja y no de identidad racial. El guión habla de los peajes que debemos pagar para compartir la vida con otra persona, pero la serie ya ha establecido que Earn no es un personaje dispuesto a transigir. 8/10

Barbershop le da el protagonismo a Alfred, y el planteamiento es tan sencillo como que el rapero decide cortarse el pelo. Escrito por Stefani Robinson y dirigido por Donald Glover, el capítulo se siente como un ejercicio de comedia pura, en el que una situación lleva a la otra para desesperación de Alfred, dejando de lado la carga social de la serie, más allá de que Bibby (Robert Powell), el barbero y personaje central del argumento, sea un afroamericano con tres trabajos para mantener a su hijo, y esté metido en varios negocios ilegales, chanchullos y estafas. 7/10
En el mismo sentido, Teddy Perkins propone un argumento aislado, una historia autoconclusiva, centrada en Darius, al que vemos, sorprendentemente, conduciendo un camión de mudanza. Se dirige a la mansión de Teddy Perkins, ficticio artista musical, personaje de caracterización chanante, atrapado en su propio Xanadú, que reúne elementos biográficos de artistas como Michael Jackson: un padre abusivo, el blanqueamiento de su piel -buscad en Google “Sammy Sosa Hat”- y una vida adulta excéntrica. Este personaje, interpretado por el mismo Donald Glover bajo el citado maquillaje chanante, introduce a Darius en una historia que hace pensar en El crepúsculo de los dioses (1950) y sobre todo en ¿Qué fue de Baby Jane? (1962). 10/10

Champagne Papi tiene una premisa cotidiana -una noche de chicas- en un escenario extraordinario, la mansión del famoso rapero Drake, personaje principal de un episodio en el que cada una de las amigas de Vanessa vive su propio ‘descenso a los infiernos’ tras tomarse una droga sintética con forma de osito de gominola -conocida como ‘la Bomba’-. Así, Van se pierde en la mansión del cantante; Candice (Adriyan Rae) se pira a otra fiesta; Tami (Danielle Deadwyler) se raya con una pareja interracial; y Nadine (Gail Bean) alucina y se pone filosófica con Darius. Pero sobre todo el episodio habla de las redes sociales y critica la falsedad de esa vida que nos fabricamos en Instagram (sobre todo cuando crees que tu expareja está mirando). 7/10

Woods reincide en ese mismo tema, cuando Ciara (Angela Wildflower) intenta que Alfred, como ‘Paper Boi’, participe en el juego de la fama en las redes sociales: monetizar, promocionar y conseguir cosas gratis. Cuando Alfred expresa que prefiere mantenerse ‘real’ se embarca en una aventura terrorífica, dirigida por Hiro Murai, en la que su fama se convierte en una pesadilla y acaba perdido en el bosque que da título al episodio. 8/10
Sorprendente y lleno de emociones es North of the Border, con un sentido de la comedia similar al de Jo, ¡Qué noche! (Martin Scorsese, 1985). Todo va mal, a pesar de partir de una premisa lógica: Earn convence a un reticente Alfred para actuar en una gala benéfica universitaria. A partir de ahí, todo es raro: se hospedan en la casa de una instagramer fanática de ‘Paper Boi’; Tracy se toma su papel de guardaespaldas demasiado en serio; en la gala en cuestión artistas y espectadores van en pijama; etc. Más cosas pasan en una noche loca que acaba con una nota de mal rollo en esta mini-película dirigida, de nuevo, por Hiro Murai, que vuelve a demostrar su capacidad para crear atmósferas extrañas. 9/10

Fubu retrocede a la infancia de Earn y Alfred para hablar seriamente del acoso escolar. Dirigido por Donald Glover, lo mejor del episodio es cómo refleja el terror constante que se puede sentir en un instituto y cómo ese universo adolescente está totalmente desconectado del de los adultos. La premisa es brillante: dos niños acuden a clase con camisetas prácticamente iguales, y pequeñas diferencias entre ambas hacen pensar al resto de los chavales que una de las prendas es una falsificación. Descubrir al poseedor de dicha camiseta y castigarle se convierte en la obsesión de esa pequeña -y represora- sociedad paralela. 10/10

Por último, Crabs in a Barrel reflexiona con humor pesimista sobre la discriminación racial: los afroamericanos tienen menos oportunidades que, por ejemplo, los judíos. El propio Alfred no se fía de un letrado negro y pide a Earn uno hebreo. La hija de Earn, al destacar en el colegio, obtiene la oportunidad de estudiar en un centro escolar de calidad, en un colegio de blancos. Pero atención a la mirada crítica del episodio sobre el varón afroamericano: los empleados de mudanza que no dan palo al agua, o cómo Alfred y Darius parecen incapaces de estar a tiempo en el aeropuerto o de tener el pasaporte vigente. Darius lo dice claramente: los negros no tienen derecho a fallar. El incidente que está a punto de sufrir Earn en el aeropuerto, habla de cómo su origen social persigue a los afroamericanos: la pistola dorada de Alligator Man, del primer capítulo, aparece en el peor momento. La moraleja es dura: los afroamericanos deben esforzarse más -y ser capaces de cualquier cosa- para salir adelante. 8/10

 

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