Con una coartada de ciencia ficción ecologista, George Clooney plantea en Cielo de medianoche un drama sobre la paternidad extendida a la responsabilidad generacional que tenemos con respecto a nuestros descendientes. Clooney interpreta a un científico en un mundo que se acaba, en el año 2049, probablemente tras un desastre ecológico. No se ha quedado de brazos cruzados su personaje, Augustine, que ha encontrado la salvación para la humanidad: viajar a otro planeta habitable. Tema recurrente en la ciencia ficción clásica, el del ‘arca’ que parte de un mundo agotado para que el ser humano sobreviva como especie, la historia se basa en una novela firmada por Lily Brooks-Dalton y se esfuerza en presentar emociones humanas, aunque estemos ante una trama de supervivencia.

Dos tramas se van alternando para contarnos esta historia, y en ambas aparece el hombre enfrentado a un ambiente hostil para la vida. Primero, el personaje de Clooney, en el ártico, busca la forma de comunicarse con una nave espacial cuya misión es encontrar el planeta que albergará a la futura humanidad. En dicha nave nos encontramos a una tripulación espacial encarnada por Felicity Jones, David Oyelowo, Kyle Chandler o Demián Bichir. Más o menos tienen los roles que hemos visto en decenas de películas y la peripecia que viven no está lejos de la de una película protagonizada por el propio Clooney, como Gravity (2013). Y ese es el principal lastre de esta película disponible en Netflix: que no aporta nada nuevo. Su ritmo pausado, además, permite a espectador adelantarse fácilmente a los acontecimientos. Eso sí, está estupendamente planificada por Clooney, con buenas interpretaciones y un buen uso de la narrativa cinematogáfica -no hay demasiados diálogos-.

Este film es un estupendo producto, quizás, demasiado centrado en sus mensajes. El más importante, el esfuerzo que debemos hacer para comunicarnos si queremos salvar el planeta. Luego está el subtexto sobre madurar y hacernos responsables de los que heredarán el mundo, que Clooney propone como el auténtico sentido de la vida, incluso cuando la muerte es inevitable.