Chicas de barrio

Chavalas es el debut en la dirección de Carol Rodríguez Colás, que le ha valido el premio del público en el Festival de Málaga. El guión, firmado por Marina Rodríguez Colás -hermana de la directora-, cuenta la historia de Marta, una joven fotógrafa que se ve obligada a volver a su barrio, Cornellà, lo que supone la lógica sensación de fracaso y retroceso vital, pero, también, el reencuentro con tres amigas de su adolescencia: Desi, Bea y Soraya. El conflicto esencial del argumento es la incomodidad de Marta, que aspira a moverse en ambientes artísticos e intelectuales, ante la vulgaridad y la falta de pretensiones de las personas con las que ha crecido, empezando por su familia. Este dilema, sin embargo, se plantea de una forma superficial, que no indaga en la insatisfacción de Marta, ni desarrolla el choque que tiene con su amiga Desi, quien aboga por una vida menos pretenciosa, más sencilla, y más feliz. 

Así, Chavalas se descubre como una feel good movie con tintes sociales, que prefiere hablar de la amistad y las raíces, descartando otros temas más complejos. Nada que objetar. Hay, sin embargo, un desequilibrio en la película, que no retrata demasiado bien los ambientes de las galerías de arte o de la revista en la que trabaja Marta, que además describe como hipócritas y marcados por el ‘postureo’; mientras que las hermanas Rodríguez saben muy bien captar la vida del barrio de su heroína, dibujan bien a sus amigas, retratan perfectamente a los vecinos, que, además, son mostrados claramente de una forma positiva, más auténtica y humana. Se nota que han vivido en esos ambientes y se decantan claramente por reivindicarlos. Rodríguez, además, se muestra algo plana tras la cámara en las escenas en interiores, mientras que su puesta en escena resulta más dinámica a pie de calle, utilizando de forma eficaz la arquitectura del barrio obrero como escenario para su historia, o presentando a una Barcelona moderna pero fría, inhumana, cuando Marta se ve obligada a deambular por ella sin rumbo, por sus líneas de metro, en busca de un lugar para quedarse. La película, sin embargo, es efectiva, sobre todo gracias a sus interpretaciones, que incluso llegan a emocionar: Vicky Luengo demuestra que es capaz de hacer creíble cualquier papel, y Carolina Yuste se luce en un rol a su medida, bien complementadas las dos por Elisabet Casanovas y Ángela Cervantes. Completan el reparto Cristina Plazas, como la madre de Marta, que brilla en todas sus escenas; Ana Fernández como el único personaje que humaniza el ‘otro bando’ y un José Mota que sorprende. 

Chavalas brilla en el costumbrismo, pero decae cuando su argumento transita por situaciones convencionales, subrayadas, además, con una inadecuada utilización de la música, y cuyo final, me parece, personalmente, contradictorio. Y una petición, también personal, a los cineastas españoles: no más escenas de amigas o amigos cantando un ‘temazo’ en una fiesta para demostrar alegría/desenfado/vergüenza ajena y un pasado compartido.