Los escenarios del neo-noir ya no solo son las calles y los barrios de las grandes ciudades, en las que el crimen está institucionalizado. Los ciclos económicos han creado nuevas realidades en el campo o en lugares que antes eran grandes polos de producción, como podían ser plantas siderúrgicas, de automoción, o minas de carbón, etc. Y ahora, páramos de sueños rotos,  sin futuro alguno. Muchos de los lugareños son hillbillies –que cuando se aplica en según qué contexto, suele tomar un sesgo despectivo–, los pobladores de las zonas rurales, especialmente, de las montañas, en este caso los Apalaches, en Pensilvania, que curiosamente hace frontera con el estado de New York. Los policías, los maleantes y algunos comerciantes forman parte de la escena. Para casi todos la idea de escapar es una consigna. Escapar de ellos mismos.  

El personaje de Tom Bouman, Henry Farrell, un simple agente municipal a tiempo parcial, pide refuerzos a su superior, el sheriff del condado le responde. «Ya han superado el presupuesto de horas extras de este trimestre. Estamos igual de jodidos que siempre, Henry», en Huesos en el valle, 2021, (Dry Bones in the Valley, 2014), que ha sido galardonado con el Edgar Prize, a la mejor primera novela. Y en Caza al amanecer, 2022, (Fateful mornings, 2017) pierde a su ayudante. Ante sus vecinos del pequeño pueblo de Wild Thyme, esa baja administrativa se observa como una debilidad. Como se puede apreciar hasta en el paraíso del capitalismo van cortos de cash flow para según qué cosas.   

Farrell se siente más a gusto en medio de la naturaleza que cuando toca ocuparse de sus tareas en el garaje que hace de comisaría. Pero es el trabajo que ha encontrado al volver de la guerra de Somalia, en el cuerno de África. El agente pasa de ser un hombre solitario con algunos amigos, a ser un hombre solo. Además, la sombra de su matrimonio, a pesar de que es viudo, vuela cada vez que percibe la atracción de una mujer. En Caza al amanecer afirma de sí mismo que «si yo fuera otra persona, habría tenido más que decir». El oficial, tres años antes, en la primera entrega, opinaba que «no podría sentarme a una mesa enfrente de alguien para tomarme un café en una cafetería y hablar de la vida, sin más. Aunque no me gustasen los caballos y me dieran miedo, preferiría el paseo a caballo a una conversación». Pero, esas desconexiones con la comunidad no le impiden hacer su trabajo, pues piensa mucho, y habla poco. No deja de ser una excelente compañía… para el lector. El agente debe hacer frente a la desaparición de Penny Pellings adicta a la heroína. El instinto de Farrell indica que el sospechoso más obvio para el pueblo, Kevin O’Keeffe, no es el responsable. 

La trama, como cabe esperar, se complica. El autor, que en 2020, devolvió al ruedo a Henry Farrell en The Bramble and the Rose, tiene la habilidad de decantarse por un tono casi bucólico, cercano a la poesía, en especial, cuando describe la naturaleza, antes que por la truculencia, cosa que contrasta con la génesis de los hechos violentos que narra, atravesados por la codicia y la estupidez humana. El autor construye a Farrell como un hombre, sumido en un conflicto interno, y no como un simple servidor público, solo ante el peligro.  

En su tiempo libre, se gana la vida como ayudante de contratista, construyendo graneros, para su íntimo amigo Ed, que construye con las mejores maderas que le ofrecen los bosques circundantes. Y concibe sus proyectos como si fuesen catedrales. Será por ello que le cuesta un mundo entregar a tiempo los encargos que recibe. Mientras alza vigas de maderas nobles, Farrell se sustrae del trabajo matinal, en el que debe poner orden entre personajes desprovistos de una caricia o un abrazo fraternal, machos, derrotados por su propia testosterona, empujados a súbitos estados de violencia. Algunos mueren, otros huyen. La supuesta ley y el orden consecuente que debe administrar, no siempre funcionan. De todos modos, Henry Farrell impregna el cuadro general, con una parsimonia que le permite reconducir voluntades contrapuestas en su manera de actuar. 

Caza al amanecer supone un country noir de pura cepa, tranquilo, reflexivo en que la violencia estalla como explota la primavera después de un duro invierno o como las tonalidades amarillas y naranjas que anuncian con furor el otoño; así como, el final del sol estival. Nunca pasa nada hasta que ocurre. Tom Bouman sabe cómo abrirse paso con la vista, mientras navega entre las sombras.