El final de Oak Street
Barrio Jurásico Se dice que hay películas que no dejan poso, pero en un momento en el que (casi) todo el cine comercial parece necesitado de un mensaje…
Barrio Jurásico Se dice que hay películas que no dejan poso, pero en un momento en el que (casi) todo el cine comercial parece necesitado de un mensaje…
Las corrientes (2026) comienza con dos acciones contradictorias, que se muestran al espectador de forma visual y sin diálogos: la protagonista, Catalina -Cata para unos, Lina para otros-, recibe un premio y luego se deja caer en el agua de un río. Este extraño comportamiento es el que resume la película y el que marca el tono del relato de la directora y guionista argentina Milagros Mumenthaler. Siempre veremos a Catalina -estupenda e hipnótica Isabel Aimé Gonzalez Sola, que parece una joven Isabelle Adjani- desde fuera y como espectadores tendremos que interpretar lo que ocurre dentro de ella. ¿Por qué una mujer se deja caer a un río?
Con Posesión infernal (1981), un joven Sam Raimi intentaba reducir una película de terror a su esencia más pura: los sustos. En su ópera prima, hecha con poquísimos recursos, la historia es prácticamente inexistente y los personajes no tienen el más mínimo desarrollo. Nada de eso importa, porque Raimi pensaba, como espectador, que el público solo está deseando llegar a los momentos terroríficos. Más de 40 años después, esa película hecha entre amigos se ha convertido en una rentable franquicia manejada por Raimi, por el productor Rob Tapert y por el actor Bruce Campbell, con series, remakes y secuelas que funcionan muy bien en la taquilla. Además de ser productos muy dignos.
A diferencia de Superman, que siempre era un señor de traje, periodista de profesión, enamorado en secreto de Lois Lane, Spider-Man pronto dejó al instituto para irse a la universidad, y en el camino, como cualquier mortal, dejó detrás varias relaciones con diferentes chicas, desde Betty Brant hasta Mary Jane Watson. Spider-Man empezó siendo un tímido adolescente, pero acabaría convirtiéndose, cómic a cómic, en un joven independiente tratando de convertirse en adulto. Marvel Comics introducía así el paso del tiempo en sus historias y sus personajes crecían y maduraban con sus lectores. Quizás por eso, Tom Holland ha podido dejar de ser un chaval de instituto en Spider-Man: Brand New Day (2026) sin que haya la necesidad de buscar a un nuevo actor, algo tremendamente conveniente porque se trata de una estrella y uno de los actores más taquilleros, sino el que más.
¿Hay algo que conecte para siempre a dos personas tras romperse una relación? Después de la estupenda A Ghost Story (2017), el director y guionista estadounidense David Lowery reincide en la idea de utilizar como metáfora la figura sobrenatural del fantasma para hablar de la pérdida y de la ausencia del otro en Mother Mary (2026), cinta interesante y arriesgada.
Si hacemos caso al experto David J. Skal, el irlandés Bram Stoker no se inspiró más que mínimamente en el héroe nacional rumano Vlad Tepes, conocido como el empalador, para escribir su famosa novela Drácula en 1897. Sin embargo, la relación entre el personaje histórico y el ficticio vampiro transilvano ha servido como coartada para darle un giro novedoso a varias películas -principalmente a partir de Drácula, de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola- y, sobre todo, para propulsar la industria turística local de Rumanía, con mucho oportunismo y no demasiada vergüenza. Esto último lo aprovecha el director rumano Radu Jude para pergeñar su propia versión de Drácula (2026) que, más que una reinterpretación del texto clásico, es un nuevo ensayo cinematográfico del autor, en el que mezcla ficción, documental e imágenes generadas por IA, todo con el único fin de poner en solfa la sociedad actual.
La criptozoología siempre me ha parecido fascinante y aunque soy consciente de que las posibilidades de que haya un dinosaurio o una serpiente marina en el Lago Ness en Escocia son ínfimas, soy de los que prefiere creer. O al menos dejar volar la imaginación. Por eso una película como Rufus (2026) tiene de entrada mi simpatía, y como padre de un par de niños de vacaciones con demasiado tiempo libre, mi agradecimiento. Lo he escrito muchas veces aquí, en Indienauta: hay que llevar a los niños al cine, sacarlos de vez en cuando de las pequeñas pantallas de la tele, tablets, móviles y ordenadores para que participen de la experiencia de ver una película en una sala, en pantalla grande, compartiendo con otros espectadores. Una experiencia cultural que debe comenzar cuanto antes y que seguramente enriquecerá sus vidas con recuerdos imperecederos.
Muy lejos del cine histórico clásico está Magallanes (2026). Dos nombres de los artífices de esta película deberían ser suficientes para ilustrar por qué no estamos ante un biopic al uso de un personaje histórico o ante el relato aventurero de una gesta marítima tan celebrada como la primera vuelta al mundo -aunque aquí, Juan Sebastián Elcano, no aparece-. El primero es el del director y guionista filipino Lav Díaz -también se encarga aquí de la fotografía y el montaje-, cineasta independiente cuyo éxito y prestigio tiene más que ver con los festivales de cine que con la taquilla. El otro es nada menos que Albert Serra, cineasta rebelde, transgresor y arriesgado, que aparece acreditado aquí como productor.
En el programa Días de cine que se emite en la 2 de TVE, que es el mejor ejemplo de lo que debería ser la televisión pública, se le pregunta regularmente a directores y directoras, productores, actores y actrices, por sus películas favoritas. También se les pregunta por la película que es considerada una obra maestra pero que a ellos no les gusta. A ojo, un porcentaje bastante alto señala 2001: Una odisea del espacio (1968). Grandes artistas y técnicos del cine español confiesan que la cinta de Stanley Kubrick puede ser una obra maestra, pero ellos no entran, se aburren, no conectan, no la entienden. Permítame el lector hacer una apuesta: todos ellos han visto esa película, rodada con cámaras Super Panavision 70 y en película de 70 mm, en un televisor doméstico. Y si la revolucionaria película de ciencia ficción ya era un reto para los espectadores de 1968 en una gran pantalla de cine, en un televisor puede convertirse en un visionado imposible.
Ana Serret Ituarte elige lo más cercano como el escenario de sus personajes en Apuntes para una ficción consentida (2026). Su propia ciudad natal, Madrid, sus calles, sus comercios y sus edificios sirven como telón de fondo para las cosas que le pasan a todo el mundo cada día. Y aunque es un cliché decirlo, en su película, la ciudad es un personaje más -y la directora le da una importancia tremenda a los paisajes en su película, gracias a la fotografía de Almudena Sánchez-.