En esta nueva entrega, Armand Gamache, el jefe de homicidios retirado, es el nuevo director de la Sûreté du Québec y se mete en un lío de mil demonios. Parece que haya perdido el buen juicio que le caracteriza. Sabedor de que va a cruzar una línea roja que puede dejar desnudo el estado del bienestar de su país. Está dispuesto a convertir el departamento que dirige en un espacio limpio de dejadez de funciones y mala gestión, habituales puertas por la que se cuela la corrupción.  

El policía de alto rango, que ha eliminado esas conductas de la academia de la Sûreté —se recomienda la lectura de la novela anterior Una ofensa mortalA Great Reckoning, Salamandra Black, 2022/2016) para entender mejor lo que ocurre en Casas de cristal/ Glass Houses (Salamandra Black 2023/2017)—, está determinado a obrar como hacen las agencias federales del país vecino: operar sin mayor ley que la de uno mismo. Todo será admitido si se gana de una vez por todas la guerra del tráfico de psicotrópicos. Un hombre tan capaz y racional es sometido a una prueba de estrés por parte de su creadora Louise Penny (Toronto, 1958), decidida a ponerlo a los pies de los caballos. Gamache deberá solventar un dilema titánico: limpiar las calles de la incipiente pandemia que supone el consumo de opioides sintéticos, ya muy extendida en Estados Unidos.

Don Winslow, uno de los autores norteamericanos más reconocidos del neo-noir ha dedicado una trilogía al narcotráfico. Según el escritor, buen conocedor de las políticas antidroga de Washington, como de la escena mexicana, no alberga muchas esperanzas, al respecto. No parece ser de la misma opinión la narradora canadiense, que navega por un lago helado, cuya capa de agua congelada es muy fina. Haciendo uso de liderazgo y su capacidad de persuasión, Gamache supera las reticencias de su equipo de confianza. Parece olvidar que los principios fundamentales de cualquier democracia, que merezca llamarse como tal, van en sentido contrario. 

El papel de la juez cuando sospecha del alto funcionario durante el juicio, pues la maquinación urdida entre Gamache y el fiscal parece una intuición próxima a la evidencia, roza lo inaudito. Si se admite —como pasa en muchas series de televisión— que la realidad es un elemento que se puede obviar a la hora de narrar una ficción sin mayores ataduras, entonces los pensamientos del nuevo arquitecto de la seguridad de los ciudadanos de Quebec fluyen correctamente. El relato tiene momentos brillantes, aunque deja entrever la niebla de sostener al personaje durante trece entregas, que empieza a dar algunas señales de flaqueza. Tal vez sea una confusión, pues ya se han editado cinco volúmenes más. Uno de los escenarios donde transcurre la acción es Three Pines, que está mutando hacia el terror sin solución de continuidad. Los desajustes de la planificación policial hacen que se tiña de sangre el pueblo mejor escondido de cualquier mapa quebequés y parezca un remedo del Chicago de hace un siglo. La ensalada de tiros en el bistró deja vajillas y cristalerías reducidas a esquirlas. Algunos se despiden de la vida. 

El rastro de la astucia, el saber escuchar, la capacidad de liderazgo, el humanismo del carismático personaje, que un día decidió retirarse a ese minúsculo punto, queda diluido en una pequeña comunidad que empieza a no reconocerlo. Incluso Henry, el perro fiel, viejo y enfermo de Armand Gamache duda de su dueño. Algo parecido, pero observado desde otro ángulo, es el Gamache televisivo convertido en un hijo de la novela británica de misterio, en su versión más adulterada. Ni el buen actor que es Alfred Molina consigue salvar el entuerto. A pesar de que las imágenes finales indican que se pretendía una segunda temporada, la serie ha sido cancelada.

Armand Gamache ni es un héroe de Marvel, ni un caballero sin espada como los malévolos congresistas norteamericanos que, en los años cincuenta, auspiciaron la caza de brujas. El entramado jurídico, supervisado por la política, lo salvará de la quema. Como decía, o se supone que decía, aquel, «algo huele a podrido en Dinamarca». O sea, en la Sûreté du Québec. Y, también, en Three Pines, un recóndito lugar tan idílico como criminal, en que se discute de todo, siempre ante buenas viandas, platillos humeantes y estupenda repostería. Sin embargo, se empiezan a acumular los cadáveres. Así y todo, esperamos una nueva entrega, pues, no es menos cierto, que Louise Penny es una escritora nata.