Se puede colocar Casa ajena -Ganadora del premio NHK en el Festival de Sundance- en esa última tendencia de obras que abordan el problema de la desigualdad social desde la perspectiva del cine fantástico. Como las recientes Atlantique (2019) y Zombi Child (2019) -a las que podemos sumar el cine de Jordan Peele– esta película, disponible en Netflix, habla de temas sociales como la inmigración y la búsqueda de un futuro mejor lejos de la guerra y el hambre. 

Los protagonistas son una pareja de refugiados de Sudán del Sur que piden asilo en Reino Unido, donde serán recibidos con sospecha y hostilidad. Bol (Sope Dirisu) y Rial -una imponente Wunmi Mosaku, para mí una actriz destinada a ser una gran estrella- huyen del horror de otras realidades, pero también de sus raíces, de su cultura, de su religión y de sus mitos. También huyen de la culpa. Y en su nuevo país se enfrentan a terrores igualmente amenazadores: el racismo, la xenofobía, el rechazo al recién llegado. El debutante Reemi Weeks -escribe y dirige- explora estos temas y al mismo tiempo se sirve de las constantes del género de las casas encantadas para fabricar momentos de terror que son al mismo tiempo poéticos. 

Sin necesidad de diferenciar lo fantástico de lo real -con guiños a Lovecraft- lo que ocurre en la imaginación de los protagonistas traspasa las fronteras de lo racional para comunicarse con ellos. Los fantasmas siempre llevan mensajes del pasado y en esta película, es todo un pueblo el que intentan comunicarse y reivindicarse. O quizás estamos ante los fantasmas de los propios personajes, que piden venganza contra ellos mismos. El drama al que se enfrenta todo inmigrante es el de dejar atrás lo que fue, para intentar integrarse en su nueva vida. La idea de convertir este concepto en una película de terror, es simplemente preciosa.